Margaret, la vecina de Línea 53

LUGARES COMUNES

Margaret, la vecina de Línea 53

  • Cortesía de Chris Felver.
    Cortesía de Chris Felver.

Viví treinta y siete años en Línea y N, a la orilla del mar y las gasolineras. Casi todo lo más importante que me ha acontecido en la vida, incluyendo el campeonato de beisbol ganado por los Orientales de Manuel Alarcón, Gisela, el nacimiento de mi hija, o mi inicio en La Gaceta…ocurrió allí.

En ese entorno conocí a personas que me son entrañables hasta hoy. En uno de los edificios vecinos visité durante años, incluyendo sistemáticas “pegadas de gorra”, a la escritora norteamericana Margaret Randall, y a su compañero de entonces, mi “medio compatriota” Antonio Castro, con el que ella en un tiempo zapateó media Isla participando en un sinfín de eventos culturales.

En ese cálido apartamento compartí con una galería ejemplar de escritores —algunos de los cuales hoy son canónicos—, guerrilleros, fotógrafos, editores y trovadores, comandantes sandinistas, profesores de Oxford, y otros muchos con los que su hospitalidad nos permitía participar en un clima que nos regaló otra “educación sentimental”.

De esa variopinta de visitantes quiero evocar a Arnaldo Orfila, el editor de raza que divulgó numerosos títulos imprescindibles en aquellas celebradas publicaciones de Siglo XXI, sello editorial que tuvo una merecida leyenda sediciosa. No es casual que fuera uno de los primeros en dar a conocer El diario del Ché en Bolivia. Como recordó Elena Poniatowska en una entrevista reciente1, ser asociada con la editorial podía provocar “años de seguimiento”, fruto de la represión y la paranoia ideológica de la derecha. En Orfila tuvo la Randall un decidido cómplice para sus primeros libros.

Margaret era una mujer con una experiencia de vida que por singular no dejó de serme próxima: “(…) una persona que nos ayudó a transformarnos, a terminar, por otros modos, esa educación sentimental (…) llegó a nosotros con una historia tremenda: fue cercana al movimiento beat en Nueva York, pasó a México, donde fundó y dirigió El Corno Emplumado, una de las más notables revistas de poesía de los 60; se opuso a la matanza de Tlatelolco y tuvo que dejar México y venir a vivir a Cuba”2. Hace justo un lustro publicamos en La Gaceta una entrevista de Mirta Yañez, “Margaret Randall: toda una época”3, título que resume plenamente el espíritu de mis palabras.

El Corno…, fundado por ella junto el intelectual mexicano Sergio Mondragón, constituye en la ecuménica experiencia que ejerció como revistera, la forja profesional de la Margaret compiladora, antologadora, traductora, exploradora de discursos literarios, experiencia marcada por la herejía de la época, y su acercamiento y primeras curadurías de literatura y arte cubano, incluyendo un “subversivo” número 23 de la revista dedicado a la expresión cultural de la Cuba revolucionaria, que como “gratificación” provocó la cancelación de quinientas suscripciones por la Unión Panamericana4.

Por las manos de otra vecina de Línea 53, Silvia Gil —bibliotecaria a tiempo completo—, han pasado decenas de miles de revistas y libros, por eso retomo este comentario suyo a la común amiga, a propósito de la moda de poner en los años sesenta “nombres enloquecidos” a las revistas culturales latinoamericanas donde se enlazaban, con extraños atributos, animales, “famas y cronopios”, y otros etcéteras. A propósito de un ejemplo ilustre como es El Corno Emplumado, Silvia describe en pocas palabras el espíritu de esa década en muchos sentidos “prodigiosa”, y el por qué de esos nombres tan sonoros: “Eran el ‘eco contemporáneo’ de grupos de jóvenes inquietos y talentosos quienes, de un confín a otro del continente, estaban decididos a cambiar el mundo y creían que la literatura y el arte eran sus armas”5. Definitivamente Cuba era —en esos seminales sesenta—, la vanguardia y catalizador de todo ese proceso revolucionario en el continente.

Después de un peregrinaje de veintitrés años por México, Cuba y Nicaragua, cuando regresa a su patria, el gobierno de Ronald Reagan considera, según consta en la acusación, que su actividad intelectual se había desarrollado como una amenaza “en contra del bienestar y la felicidad de los Estados Unidos”, y emprende un juicio para deportarla que implicó cinco difíciles años de duro batallar y donde contó, entre otros, con la solidaridad de intelectuales sobresalientes como Norman Mailer, Arthur Miller, William Styron y Alice Walker.

Hay una anécdota del proceso contada por la encausada que pese a lo festiva y disparatada no deja de mostrar su esencia peligrosa y reaccionaria: “En 1967 me invitan a Cuba por primera vez, cuando la Casa de las Américas organizó el Encuentro con Rubén Darío. Muchos años después, en 1986, cuando me hicieron un juicio en los Estados Unidos para deportarme de mi propio país, la abogada del gobierno me acusó de haber ‘ido a Cuba a encontrarme con Rubén Darío’!!”6.

Por un legítimo derecho de querencia me apunto a celebrar, con el pretexto de su visita más reciente, a Margaret Randall, alguien cuyo hogar lo sentí siempre como prolongación de nuestra agitada dinámica intelectual. Fui de esos jóvenes que con ella compartimos algunos de sus encuentros y proyectos literarios; o los desencuentros que tanto la lastimaron —pero no pudieron derrotarla—, en la segunda mitad de los 70’. Como ella recuerda tercamente no dejamos de visitarla, de reunirnos en otros espacios como los sábados asiduos de la Brigada Hermanos Saíz en la casona de la UNEAC, o la cita en el perdurable “parque de los cabezones”, con el taller literario “Roque Dalton” de la facultad de letras.

Esos sucesos son antecedentes originales del panorama de poesía cubana7que acaba de presentar en Casa de las Américas, cómo igual fueron antecedentes naturales su selección de jóvenes poetas Estos cantos habitados —verso del entonces jovencísimo Ramón Fernández-Larrea—, volumen pensado hace cuarenta años, al que sumó poco después Rompiendo el silencio, nombre que ya de por sí reivindica el discurso de género y constituye una muestra significativa de poesía femenina —incluye veinticinco autoras—, donde lo mismo descubre la escritura de la polifacética artista que es Zaida del Río, que hace justicia a una entonces muy relegada señora llamada Dulce María Loynaz. Como reconoce alguien con tanta autoridad sobre el tema como su entrevistadora, con este libro —y otros anteriores—, “fue una pionera en eso de ayudarnos a romper los silencios en torno al género, la escritura femenina y otros tabúes”, además de que “el conjunto de su vasta obra la convierten en una autora, no sólo norteamericana, sino nuestra de nuestra América toda”8.

A través del oficio de la prosa y el verso, la experiencia del exilio, la sensibilidad y la exploración de la memoria, ella se reconoce en la realidad del otro o de la otra como en el espejo de distintas vidas semejantes y diferentes donde adquiere certidumbre de su realidad.

De esa voluntad de estilo dan fe numerosos libros de testimonio y entrevistas, como los que escribió sobre las mujeres, ya fueran cubanas, nicaragüenses o vietnamitas, los hippies, o personalidades como Haydée Santanmaría —que “…sigue siendo, para mí, una guía para mi vida. Su pasión, su valor, su honradez, su pureza…”9—. Su obra reciente sobre Haydée constituye, desplegando una evocación íntima, la reafirmación de su pertenencia a este espacio aglutinador que es Casa.

Pero donde tal vez tengamos su reflejo superior “de otra vida semejante”, es en Estar allí entonces10, testimonio legítimo y apasionado de su hijo Gregory Randall, donde Goyo desentraña con autenticidad –con sus luces y sombras-, lo que fue y es Cuba para él y los suyos, porque su edad es la misma que cumple el amor de su madre por esta Isla, y por quienes la acompañaron en esa decisiva etapa de su vida.

Por eso agradezco a Margaret el gesto de justica poética de que Only the roadd/ Solo el camino, la autora lo dedicara a Bladimir Zamora Céspedes –el amigo recién fallecido-, uno de aquellos jóvenes que éramos entonces, y que ambos recuerdan con fidelidad de nuestras animadas tertulias de los 70’.

Acompañarla durante tantos años en su vocación de amistad, de solidaridad, de trabajadora incansable, tan asociada a nuestra cultura, es compartir esa certidumbre de la realidad que persevera en estos recuerdos. Como en la milenaria sentencia de Heráclito -somos y no somos [los mismos]-, ella resume así en parte su existencia, “…mi vida ha sido una cadena de retornos, siempre a los espacios amados (…) prefiero pensar en la vida como una espiral. En ese sentido, los retornos nunca son al mismo lugar de antes, sino a ese lugar un tanto cambiado. O quizás es uno quien cambia”11.

Pasados los años para mi Margaret, siendo otra como ella confiesa, sigue presente como la misma vecina y amiga entrañable que conocí en Línea 53.


1 Jan Martínez Ahrens. “Elena Poniatowska descubre los informes secretos que elaboran sobre ella los agentes del régimen priísta” (El País digital, 21 de octubre de 2016).

2 Arturo Arango. Testimonio inédito.

3 Mirta Yañez. “Margaret Randall: toda una época”. (La Gaceta de Cuba, número cinco de 2011, pp. 44-47).

4 Mirta Yañez. Ob. cit.

5 Margaret Randall. “Recordando El Corno Emplumado” (Revista Casa, no. 280, julio-septiembre de 2015, p. 117).

6 Mirta Yañez. Ob. cit.

7 Margaret Randall. Only the roadd/ Solo el camino, antología bilingüe de ocho décadas de poesía cubana (Duke University Press, 2016).

8  Mirta Yañez. Ob. cit.

9 Mirta Yañez. Ob. cit.

10 Gregorio Randall. Estar allí entonces. Recuerdos de Cuba 1969-1983 (Ediciones Trilce, Montevideo, 2010).

11 Mirta Yañez. Ob. cit.