Nicolás Guillén y la Poesía negra de América. Cuarenta años de una antología (I)

LUGARES COMUNES

Nicolás Guillén y la Poesía negra de América. Cuarenta años de una antología (I)

  • En 1886 se decreta por las autoridades coloniales el fin “oficial” de la esclavitud en Cuba, uno de los últimos escenarios de esa “tardía” abolición.
    En 1886 se decreta por las autoridades coloniales el fin “oficial” de la esclavitud en Cuba, uno de los últimos escenarios de esa “tardía” abolición.

En los ciento treinta de la abolición de la esclavitud en Cuba

 Me has enseñado el uso de la palabra,
y lo que aproveché de ella es que puedo maldecirte.
¡Así te hiriese la peste roja por haberme enseñado tu aborrecible lenguaje!
Calíban a Próspero (William Shakespeare, La Tempestad, 1611).

En 1976, por el prestigioso sello de Biblioteca Era, se publica la antología Poesía negra de América, realizada por José Luis González y Mónica Mansour, considerada por algunos una de las más completas sobre el tema en la región, un aporte contemporáneo a la visibilidad y conocimiento de “la realidad material y espiritual del negro en todas las literaturas americanas”, tanto en lengua portuguesa, francesa, inglesa como española, cuyo capítulo tiene como su figura más significativa a Nicolás Guillén. Más que una antología, el citado volumen podía considerarse un panorama de la poesía de esa temática –una muestra característica de diferentes épocas y generaciones–, riguroso pero amplio, pues incluye ciento veintisiete poetas de veintitrés países, siendo los de mayor presencia Estados Unidos, Cuba, Haití y Brasil.

Aquí encontramos desarrollados en una expresión plena, lo que a tenor de estas escrituras, que en su momento se consideraron marginales, se reconocen como…

…las marcas geográficas que revelan un lugar de enunciación indígena o afrodescendiente, en que el autor expresa su pertenencia a colectivos condicionados por una subalternidad particular, caracterizada por la experiencia de colonización y de racialización”.1

Identificar la importancia de Guillén en el contexto de la poesía que refleja la presencia de la diáspora africana en toda América, incluyendo su relación con algunos de sus principales exponentes, quienes fueran a su vez amigos e interlocutores naturales del poeta cubano como Langston Hugues, Andrés Eloy Blanco, Miguel Otero Silva, Nicomedes Santa Cruz, Luis Palés Matos, Jacques Romain, se encuentra en los presupuestos de los apuntes que compartimos.

Acercamiento que expresamos en su más amplio contexto histórico y cultural –teniendo como eje a Nicolás Guillén–, y como merecido reconocimiento a una representativa antología que cumple cuarenta años de haber sido publicada.

En su ensayo introductorio Mónica Mansour, autora de un estudio que fue el antecedente natural de esta antología, me refiero a La poesía negrista (Ediciones Era, México, 1973), traza las coordenadas que legitiman este panorama poético: “Entre fines del siglo xviii y principios del xix se logró la mayor parte –con la excepción de Cuba y Puerto Rico– de las independencias de los países americanos. A raíz de ellas o en los casos de independencia tardía, se logró también la abolición de la esclavitud”.2

En 1886 se decreta por las autoridades coloniales el fin “oficial” de la esclavitud en Cuba, uno de los últimos escenarios de esa “tardía” abolición, y una aún más relegada independencia. Proseguir la lucha por sus reivindicaciones y contra el racismo y la exclusión en el nuevo contexto, aún hasta nuestros días, y preservar su legado identitario, son coordenadas comunes en todo el continente para los descendientes de aquellos primeros esclavos. Al comentar sobre la diáspora africana en el Caribe, y en especial en la mayor de las Antillas, la reconocida académica María del Carmen Barcia, se detiene en sus herencias múltiples y enriquecedoras:

Memorias truncas, rotas por la trata negrera, que conservaron sus esencias a lo largo de siglos, junto a otras que fueron construidas en sus otros agónicos o familiares espacios, unen los eslabones de la saga de los africanos en la isla de Cuba. De los barracones en África al barco negrero; de los carabelas a las familias consanguíneas, consensuales o legales; de las chozas, bohíos o barracones a las casas de santo; de los compadres y comadres hasta sus ahijados; de los cofrades reunidos en la casa cabildo a sus descendientes presentes en ramas y familias religiosas: así se fue entretejiendo y conservando a lo largo de siglos una memoria que hoy se expresa sin ambages en los espacios públicos.

Las emigraciones forzadas o voluntarias tienden a sublimar su pasado y a cultivar sus memorias y también a trasculturarlas; sus eslabones forman parte de una cultura, en este caso la cubana, enriquecida por múltiples mestizajes”.3

La presencia africana en los diferentes contextos regionales, teniendo en la lengua y la cultura española, portuguesa, inglesa o francesa, sus códigos de comunicación hacen de esta poesía la síntesis americana, que como una gran corriente submarina nos integra al continente, haciendo el viaje inverso de las naves negreras. Sobre esta mixtura de civilizaciones, que sirve de antecedente a la literatura que hoy nos es familiar, se van gestando antecedentes de la relación de lo cubano y lo americano. La cultura, y en particular el baile, la música, la pintura y la poesía, han logrado atravesar las fronteras que aún lo político, económico o ideológico no han podido cruzar. El idioma es el cuerpo vivo y múltiple de cada territorio donde se funde el mestizaje y establece sus nuevas formas, desde una historia de origen diverso. Es esa lengua de todos, la poesía es una patria común aunque se diferencie en Brasil, Estados Unidos o en las Antillas menores.

En la poesía de Iberoamérica el mestizaje racial ha disuelto la necesidad de una poesía “negra” en la urgencia mayor de la lucha contra el imperialismo. Se trata de expresar el orgullo de una nacionalidad “mestiza” americana, como lo hizo Emilio Ballagas en la “Balada en blanco y negro”:

Aquí en jícara o taza bebo un sorbo /de rico mestizaje americano: /leche azuleante de profusas venas /y sangre anochecida, rio africano, /que al resplandor indígena del fuego /sus almas olorosas han mezclado”.4

Establecen las tensiones propias de la categoría de un nuevo canon, al oponerse a la legitimidad de las tradiciones representativas de las clases dominantes.

La memoria aparece en las escrituras de estos intelectuales como lo propio, lo legítimo, como una pertenencia colectiva que debe ser buscada y preservada, también en gran medida porque ha sido negada y proscrita.5

Recordando la cita de “La Tempestad”, el lenguaje se emplea de maneras tan diversas que generan el contrapunteo para registrar la heterogeneidad de la matriz cultural de las sociedades latinoamericanas que tiene uno de sus orígenes en la misma conquista y, concretamente, en la imposición de la letra escrita castellanizada a los pueblos originarios –conquistados y colonizados–, y a los africanos víctimas del desarraigo y la esclavitud . Juan Marinello al hablar del poder de la lengua gustaba recordar lo que Unamuno ya había precisado perspicazmente al decir “que la lengua española había dicho en América cosas que nunca dijo en España”.6 Al abordar el uso del idioma en el autor de Sóngoro cosongo, el ensayista lo define con esta bella y sugerente imagen: “precisaba alumbrar el oro novísimo por galerías perfectas, había que expresar lo negro antillano en un lenguaje asequible a negros y a blancos en el que no se escape por las duras mallas del castellano el acento de África en su variante americana. Nicolás Guillén dio con la difícil expresión”.7 Todo esto se suma a una tradición cosmopolita de pensamiento en América Latina que también se articula a otras líneas que han generado las condiciones para conceptualizar fenómenos como la diáspora y su comportamiento cultural y social, y así…

…construir una representación interna, vale decir elaborada por quien se asume parte del colectivo retratado, que no es ajeno a los procesos históricos de subordinación que se analizan.8


1 Claudia Zapata y Lucía Stecher. “Representación y memoria en escrituras indígenas y afrodescendientes contemporáneas” (Revista Casa, no, 280, julio-septiembre de 2015, p. 4).

2  Mónica Mansour “Introducción” (José Luis González y Mónica Mansour, Poesía negra de América, Ediciones Era, México, 1976), p. 17

3 María del Carmen Barcia. “La saga de los africanos en Cuba: memorias rotas, memorias construidas” (La Gaceta de Cuba, mayo-junio de 2016, pp. 4-10).

4 Mónica Mansour. Ob. cit. p. 42.

5 Claudia Zapata y Lucía Stecher. Ob. cit. p. 11.

6 Juan Marinello. Ensayos (Ed. Arte y Literatura, La Habana, 1977), p. 403.

7 Ibídem, p. 78.

8 Claudia Zapata y Lucía Stecher. Ob. cit. p. 17.