Nicolás Guillén y la Poesía negra de América. Cuarenta años de una antología (II)

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Nicolás Guillén y la Poesía negra de América. Cuarenta años de una antología (II)

  • Guillén refleja en sus obras el territorio del idioma, el mestizaje hasta alcanzar la plenitud de la expresión latinoamericana.
    Guillén refleja en sus obras el territorio del idioma, el mestizaje hasta alcanzar la plenitud de la expresión latinoamericana.

En los ciento treinta de la abolición de la esclavitud en Cuba

Nicolás Guillén fraguó a lo largo de su vida una doble condición: era el máximo exponente de una escritura mestiza, capaz de unir las tendencias estéticas en boga en la Europa de las vanguardias con su visión caribeña, isleña y profundamente cubana, al mismo tiempo que fue un indagador infatigable de la musicalidad, las formas, los sonidos del idioma… su empeño por buscar el sincretismo entre vanguardias europeas y el simbolismo africano o caribeño, en su sentido más pleno, en el contexto de las nuevas narraciones, sobre la modernidad y la incorporación a dichos relatos, de capítulos antes considerados, de manera reduccionista, periféricos… ocupa hoy un espacio singular y paradójico en el arte y la historia del siglo xx, como ejemplo de las múltiples circulaciones de formas e ideas surgidas en el contexto de las vanguardias, los intercambios y movimientos culturales internacionales y trasnacionales, que constituyeron el modernismo en el sentido amplio, mucho antes de que se plantease la globalización en la década de 1990.

“A los hijos de español e india nos llamaban mestizos, por decir que somos mezclados de ambas naciones; fue impuesto por los primeros españoles y por su significación me lo llamo yo a boca llena y me honro con él", escribió el Inca Garcilaso –quien nos legara la divisa “Con la espada y con la pluma”–, y de cuyo fallecimiento se cumplieron cuatro siglos el pasado mes de abril, y que pese a ser el primero de los grandes escritores latinoamericanos, bastaría citar sus obras ejemplares, Los comentarios reales y La Florida del Inca, ese aniversario, entre los cuatrocientos de Cervantes y Shakespeare, ha sido casi inadvertido en sus propias tierras.

A propósito de los cuatro siglos del fallecimiento de Cervantes y Shakespeare, son de conocimiento universal los referentes en su obra a los patrones discriminatorios de las sociedades colonialistas. En el ejemplo de “La Tempestad” tan socorrido, tanto José Enrique Rodó, Aimé Cesaire, culminando en Roberto Fernández Retamar, han abordado este drama del conquistado y colonizado, representado por la rebeldía de Calibán –un “salvaje y deforme esclavo” en el estereotipo colonialista–, cuando se reivindica en la lengua del conquistador. De esos estudios surgió un entramado de metáforas sobre la identidad de los pueblos originarios o emergentes de América, como expresión de una contra-conquista desplegada contra las clases hegemónicas.

En cuanto a Cervantes, es conocido que durante su estancia en Sevilla aconteció un drama de infidelidades, con la singularidad de tener a un mulato como protagonista, lo que conmocionó a la sociedad de la época, y claro está tuvo el peor de los desenlaces para el personaje de “la otra raza”. Cervantes recrea esta anécdota para un pasaje de su última obra, Los trabajos de Persiles y Segismunda, pero conciliador cambia el final trágico, demasiado cruento para un soldado como él.

Hace un siglo y a tres décadas del cese “oficial” de la esclavitud en la Mayor de las Antillas, el intelectual cubano Felipe Pichardo Moya, desarrolla de forma paternalista la imagen de “el buen salvaje”, oportunamente comentado, al incluirlo, por los compiladores de Poesía negra…1:

…aparecía idealizado o más bien mitificado y con ciertas características exageradas. Este ser irreal perdura en la literatura a través del modernismo, que en lugar de buscar al negro que ha sido siempre su vecino, se ocupa de un africano imaginario, ingenuo, exótico y que vive absolutamente guiado por sus instintos.

Por la calleja solitaria /se arrastra la comparsa como una culebra colosal.

Van agarrados por los hombros con un temblor epilepsial. /…y los cuerpos se descoyuntan en una furia demoniaca /al impulso irresistible de los palitos y el timbal. /…Es ‘Él’ que viene: todos callan: /…Lleva su cetro entre las manos y murmura con voz opaca /un misterioso sortilegio que solo él puede rezar como un rezo de ritual /que evoca la gloria del trono donde él reinara cuando niño /allá en su selva ecuatorial, entre las tribus de guerreros y de sagrados sacerdotes /que lo adoraban al pasar...

Felipe Pichardo Moya: “La comparsa”, 1916”

Pichardo Moya le dedica este poema a don Fernando Ortiz. Es el mismo año que el ilustre polígrafo da a conocer Los negros esclavos, volumen imprescindible tanto en la obra del llamado “Tercer Descubridor” como en los estudios de su época, patrimonio que hoy celebramos.

En el Caribe, en ciertas regiones del Brasil, de Colombia y de Centroamérica, desde los más blancos hasta los más negros “traen el ritmo por dentro”, quieran o no aceptarlo. Se entiende entonces que los principales poetas del negrismo puedan ser Nicolás Guillén, mulato, Emilio Ballagas y Luis Palés Matos, blancos, Regino Pedroso, mestizo de chino y negra; la sensibilidad especial en estas regiones puede ser, y en efecto es, adquirida por cualquier persona que viva en un ambiente impregnado de ella.2

La síntesis de la obra guilleniana, su poesía, su prosa (crónicas, artículos, ensayos), su epistolario y su propia vida, se interrelacionan armónicamente como las partes de un todo, de su vocación cubana, antillana y universal, de donde sobresale su esencia latinoamericana como resumen y expresión acabada de una trayectoria vital, ideológica y literaria. No en balde la gran mayoría de los estudiosos, coinciden en que indiscutiblemente el poeta avanza desde el territorio del idioma, el mestizaje y la confrontación ideológica, hasta la plenitud de la expresión latinoamericana. Es una de las coordenadas de lo que Julio Cortázar aprecia –en un contexto general– como expresión de rebeldía en la cartografía literaria de nuestra región:

…mi visión de la literatura latinoamericana de nuestros días será la de alguien para quien un libro es solamente una de las múltiples modalidades que asumen nuestros pueblos para expresarse, para interrogarse, para buscarse en el torbellino de una historia sin piedad, de un drama en el que el subdesarrollo, la dependencia y la opresión se coaligan para callar las voces que nacen aquí y allá…3

Y uno de los aspectos a desarrollar de los orígenes comunes, son los vasos comunicantes que hacen: “A pesar de las diferencias y de los contrastes telúricos, desde los días de la colonia la reacción del hispanoamericano ante el mundo tiene una identidad y un parentesco mucho mayor del que se supone”.4

Este panorama poético de González y Mansour es integrador, orgánico, a diferencia de otros textos académicos que a veces tienden a ver parcelas de la poesía negra, o caribeña, o social, y olvidan que todo esto se fragua en una suma poética e ideológica que es su condición continental.

En el caso del autor que nos ocupa, aquí el idioma es un vector que el poeta domina, otro español, “la lengua perdida”, como bien la nombrara Ezequiel Martínez Estrada. En su polémico y apasionado ensayo: “La poesía afrocubana de Nicolás Guillén” (definición con la que el mismo Nicolás estaría en desacuerdo), Martínez Estrada señala que uno de los aportes más importantes del poeta a la lírica del continente es la singularidad en el uso del idioma. “Guillén trae la cultura arcaica de los pueblos ágrafos y las modulaciones de sentimientos que no necesitan obligatoriamente de la palabra [...] el polen de las culturas ágrafas africanas, que por corrientes subterráneas pueden remontar al lecho del Ganges o del Anáhuac y el Tauantinsuyu de las civilizaciones americanas”.5 Al hablar de “la lengua de los vencidos” en el poema, le está reconociendo un uso instrumental de connotaciones no solo filológicas o poéticas, sino sobre todo sociales e históricas, como una pertenencia de rebeldía al “pequeño género humano” del ideario bolivariano. El poeta insurrecto se nutre de esas raíces que se cruzan entre España y África, pero a su vez se independiza tomando de cada cual lo que le es imprescindible: “no es dialectal, pero tampoco se entrega, en lo más noble y grande de su mensaje, al avasallamiento de la lengua de los vencedores. Pertenece al pueblo vencido”.6

El mestizaje es la piedra angular de esa transculturación que se ha dado también en llamar, en lectura más política, integración latinoamericana y caribeña, pero que en la historia subterránea de los pueblos tiene fuerza como el sincretismo religioso, que viene desde la magia tribal, pasando por la santería del barracón y el cimarronaje, hasta el cristianismo oficial de las clases dominantes, en sus variantes católicas o protestantes.

Recipiente de las principales corrientes migratorias del continente, ya sean europeas, asiáticas, y africanas, estas literaturas son portadoras en su cultura del eclecticismo propio de su formación mestiza. Una de las claves fundamentales en los escritos de Guillén es la búsqueda de esa identidad, de encontrarse y reconocerse, más allá de la historia, la filosofía o la religión.

…En las regiones americanas de lengua española y portuguesa,

también se destaca en la poesía la intuición y el instinto del negro

como una sensibilidad particular frente a la vida y el arte.

Tu vientre sabe más que tu cabeza /y tanto como tus muslos. Esa /es la fuerte gracia negra /de tu cuerpo desnudo.

Nicolás Guillén: “Madrigal”7.


1 Mónica Mansour. Ob. cit. p. 19.

2 Mónica Mansour. Ob. cit. p. 27

3 Julio Cortázar. Clases de literatura. Berkeley, 1980 (Alfaguara, México, 2015, p. 281).

4 Mariano Picón-Salas: De la conquista a la Independencia, Fondo de Cultura Económica, México, 1975, p.17.

5 Nancy Morejón: Recopilación de textos sobre Nicolás Guillén, serie Valoración Múltiple, Casa de las Américas, La Habana, 1974, pp. 74-78.

6  Ídem.

7 Mónica Mansour. Ob. cit. pp. 26-27.