Otra educación sentimental (I)

LUGARES COMUNES

Otra educación sentimental (I)

  • La Brigada Hermanos Saíz surgió organización colateral de la UNEAC.
    La Brigada Hermanos Saíz surgió organización colateral de la UNEAC.

                         Para Sigifredo, Bladimir y Freddy, in memorian

Va a hacerse cincuenta y cinco años, el 15 de mayo de 1962, la recién surgida revista La Gaceta de Cuba, entonces un tabloide de carácter quincenal que tenía justo un mes de vida, publicó este suelto sin firma:

Grupo Hermanos Saíz de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba

La Unión de Escritores y Artistas de Cuba se halla organizando el Grupo Hermanos Saíz, en cuyas realizaciones tiene fundadas esperanzas. Tratase de una organización colateral de la UNEAC que será integrada por aquellos escritores y artistas que, por su juventud o por causas diversas que no son ajenas a la condición semi-colonial de la Cuba prerrevolucionaria, no han podido todavía desarrollar una profesionalidad literaria o artística; a pesar de lo cual no creemos que deben hallarse alejados de nuestra UNEAC. Integrarán pues este Grupo, en cierta forma, candidatos a miembros de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. No se trata, por lo tanto, de un organismo necesariamente juvenil como ha sido interpretado por algunos: en él deben encontrarse cuantos, aun sin una obra suficientemente madura como para ya ser miembros de la UNEAC, han dado pruebas de cierta calidad en su trabajo. Confiamos en que de este Grupo Hermanos Saíz habrán de salir los futuros grandes creadores de nuestra patria socialista. Invitamos a los creadores que así lo deseen a solicitar su ingreso, en el local de la UNEAC, Calles H y 17, El Vedado.

El poeta y periodista Félix Contreras, apostando a la memoria después de medio siglo, recuerda, a partir de una pregunta que le hice, a varios contertulios de aquel grupo inicial al que perteneció:

En ese momento fundacional estábamos Rafael Escobar Linares (cuentista y nuestro primer presidente), Sigifredo Álvarez Conesa, Rolen Hernández, Iván Gerardo Campanioni, Froilán Escobar, Guillermo Rodríguez Rivera, Wichy Nogueras, Helio Orovio, Manolito Ballagas. Éramos muchos más pero el tiempo, la memoria, los huracanes, los han borrado.

Cierto que pudieran haber sido varias las ausencias, sobre todo de jóvenes que radicaban en provincia y tenían una relación más intermitente, aunque no menos legítima, con la organización. La UNEAC publicó por esos años una antología de veintiocho poetas de la Brigada en la que se pueden encontrar los nombres de algunos de los fundadores que Félix menciona.

Diez años después, en el otoño de 1971, uno de aquellos integrantes del grupo original, Sigifredo Álvarez Conesa, con el apoyo de la institución que presidía Nicolás Guillén, comenzó a organizar unos encuentros que tenían lugar el último día de la semana.

Aquellas tertulias de los sábados en la casona de H y 17, las que frecuenté casi ininterrumpidamente desde las primeras sesiones hasta finales de esa década, me permitieron conocer, y en muchos casos establecer una amistad perdurable, con toda una galería de escritores en ciernes y de figuras ya establecidas de nuestras letras, como Eliseo Diego, Félix Pita Rodríguez, Onelio Jorge Cardoso, Roberto Branly, Miguel Collazo, Guillermo Prieto, Gustavo Eguren, Luis Marré, Roberto Fernández Retamar, Fayad Jamís, los hermanos Francisco y Pedro de Oraá, entre otros.

Las reuniones tenían como animador principal al poeta Álvarez Conesa, recordado amigo ya fallecido. Y junto a él, en la promoción de esa convocatoria literaria estuvieron, entre otros, el entonces conocido poeta, también desaparecido, Adolfo Suárez, y alguien que se iniciaba en esas lides, Osvaldo Fundora, cuya dedicación en esta etapa inicial me consta.

Esos encuentros fueron el espacio natural donde compartí varios de mis primeros textos, y conocí los de mis compañeros de generación en lecturas iniciáticas. Asistíamos además a talleres inolvidables protagonizados por escritores destacados, como el propio Eliseo, cuyo conocimiento y amistad fue para mí tan importante como su poesía, y una evocación que siempre me acompaña; y el chileno Gonzalo Rojas, que nos impartió un seminario de poesía que incluía filias y fobias. Entre las primeras, los surrealistas y su admirado Rubén Darío. Veinticinco años después, Gonzalo y yo evocaríamos, en la lluviosa Bogotá, cómo permanecieron en la nostalgia estas tertulias, donde quedaron amigos, lecturas y libros compartidos. Aún me parece oír la semicadencia de su acento característico al leernos sus poemas favoritos, como los de Darío Dichoso el árbol /que es apenas sensitivo… o los versos que recién había escrito como el que dedicará a Guillén: Pobre tú /pobre yo /y la palabra…/pobre

De esa galería de escritores antes mencionado a raíz de su muerte evoqué a Marré, alguien que siempre veíamos presto a la conversación, tanto de apreciables temas literarios como de la más rampante cotidianidad. El poeta era en esas fechas editor de La Gaceta de Cuba, donde fue durante dieciocho años su jefe de redacción. Allí publiqué en el ya lejano 1972 mis primeros versos, sin barruntar remotamente lo importante que sería la revista en mi futuro profesional.

Eran entonces frecuentes los encuentros con Luis, y los contextos varios, ya fueran las citas de la brigada Hermanos Saíz, la oficina de la redacción de la revista, o la periferia de la inenarrable “Chapuza”, aquella peña de ajedrez donde todo era permitido, y estaba “legalizado” virar jugadas o hacerlas por votación, y donde “la logia de sapos” y/o “la lógica de los sapos” era un conjunto de pintores, escritores, periodistas, músicos, diletantes, o ajedrecistas “de verdad” e incluso los descendientes del inmortal Capablanca (como su hijo y su nieto Capita, con el que sigo coincidiendo hoy en día), que participaban como un atípico coro griego en el destino de la partida.

En septiembre de 2016 se cumplieron cuarenta y cinco años de que me acercara a aquel grupo de jóvenes escritores que se reunían en los jardines de la UNEAC, en su gran mayoría con la voluntad y la vocación de ser poetas—un “padecimiento” propio de la juventud, aunque después tomaron rumbos diferentes. De ahí surgieron, no obstante, algunos poetas, narradores, ensayistas, periodistas, promotores destacados que han marcado el transcurrir de la cultura cubana en las décadas subsiguientes. Aquel era el ardor original de esa perturbadora inquietud que tiene cualquier adolescente, cualquier joven, de volcar sus irreverencias en la escritura; pero indiscutiblemente la convocatoria de vernos allí fue un evento importante que hizo que un joven de veinte años se decidiera a asumir como algo natural, a resultas de “otra educación sentimental”, el ejercicio de la literatura.