Otra educación sentimental (II)

LUGARES COMUNES

Otra educación sentimental (II)

  • Los jóvenes del taller literario de la Brigada se reunían en estos jardines de la UNEAC. UNEAC
    Los jóvenes del taller literario de la Brigada se reunían en estos jardines de la UNEAC. UNEAC

Ahora bien, ¿cuál era el contexto de aquellos recordados días de la brigada? Todo esto ocurría en medio de lo que se ha dado en llamar el «quinquenio gris», que muchos, con razón, han dicho que más que un «quinquenio gris» fue un «decenio negro». Tomo fragmentos de la valoración del crítico y periodista Pedro de la Hoz, uno de mis colegas de aquellos tempranos setenta, que cito en extenso por su sintaxis de «escribidor» veterano y su puntualidad como testigo de aquella época:

[ …] Los jóvenes que entonces llegamos a pertenecer a la Brigada, lo hicimos en medio de los rescoldos todavía ígneos de un proceso traumático: la secuela del caso Padilla, los contraproducentes resultados del Congreso Nacional de Educación y Cultura, el anquilosamiento del Consejo Nacional de Cultura, una nueva ola de depuraciones en los predios de la universidad habanera y las arremetidas de El Caimán Barbudo contra todo lo que consideraba «diversionismo ideológico» en la que lo mismo clasificaba el volumen de cuentos del Chino Heras, Los pasos sobre la hierba, que las indagaciones martianas de Iván Schulman y Manuel Pedro González.

[…] Sábado tras sábado sesionaba el taller literario de la Brigada en la sede de la UNEAC. No era un taller al uso, en el que todo el que llegaba mostraba sus creaciones para una discusión abierta y punto. Cada uno de los brigadistas entregaba con antelación un manojo de poemas o dos o tres cuentos —llegado el caso también escenas de alguna obra teatral— a un «tutor» (un escritor con kilometraje recorrido), que las desmenuzaba en la sesión sabatina en un ejercicio de análisis que rebasaba las márgenes del texto.

[…] Si no llegué a ser el poeta que hubiera querido ser, les debo e ellos y a todos la preparación conceptual, el crecimiento intelectual y el aguzamiento del sentido crítico que me han acompañado, pienso yo, en el ejercicio de otros campos de la escritura. Creo desde entonces que el periodismo, sí es, tiene que ser también literatura).

Para muchos de nosotros y para mi propia experiencia, ese «decenio negro», sin renunciar a la justicia de su exorcismo, tuvo luces, porque en esos jardines de la UNEAC coincidimos en los ásperos setenta con varios escritores cubanos de valía. Estoy evocando un momento en que, como es sabido, un grupo de destacados autores que nos habían antecedido no estaban siendo publicados y,sin embargo, muchos de ellos seguían interactuando con esta promoción de jóvenes. Es decir, tuvimos un diálogo ejemplar. Y en muchos casos, aunque parezca paradójico, conocimos primero a la persona que a su obra, lo que incentivó nuestra avidez de lectores. Buscábamos—esto fue realmente una experiencia generacional— los libros prohibidos, «malditos», o simplemente olvidados. Nos fuimos acercando a todo lo humanamente legible,devorando los libros de poesía cubana y de poesía latinoamericana, de poesía universal, y cuento, novela, ensayo, todo la que teníamos al alcance y más allá. La Editorial Casa de las Américas indiscutiblemente iluminaba áreas importantes de la poesía latinoamericana y de la generación que nos antecedía.Perseguíamos los libros que en esos momentos eran considerados incluso tabú y habían desaparecido de las librerías habaneras, lo cual asumíamos en términos de desafío y de actitud contestaría frente a las circunstancias creadas por un discurso dogmático, prejuiciado, de marginación de importantes escritores cubanos.

Promediábamos veinte años, algunos todavía eran adolescentes,pero sentíamos el deseo ineludible de acercarnos a lo mejor de la poesía cubana,no solo los clásicos, sino de la que estaba emergiendo de aquella candente actualidad.

Para ilustrar esto rememoro los libros de Lina de Feria y Wichy Nogueras, que fueron los primeros premios David; la fotocopia muy manoseada que alguien facilitó de Lenguaje de mudos, edición que la mano de los inquisidores había convertido en pulpa, mientras otro libro que circuló entre nosotros, ora fragmentariamente en una antología, ora completo a través de manuscritos fue El libro rojo, de Guillermo Rodríguez Rivera. Estas eran lecturas que compartíamos entre todo ese grupo.

Tal vez ofrezca una idea del «espíritu de la época» que allí nos animaba, el reencuentro epistolar —para mí sorprendente— que sostuve treinta años después con Gabriela, la hija de uno de mis buenos amigos de entonces, el argentino Imar Miguel Lamonega, contertulio habitual de H y 17, y que de regreso a su patria fuera asesinado por la dictadura militar argentina. Como recuerdo de todos los que nos reuníamos en esos sábados felices, y sobre todo de los ausentes—Imar, Sigifredo, Bladimir Zamora, Freddy Artiles, Branly, Eguren, Collazo, Pancho de Oraá, Marré—, reproduzco unos fragmentos de la crónica que Gabriela me solicitó en relación con su padre:

[…] Recuerdo al amigo, cuando nos reuníamos todos los sábados en la UNEAC, con la Brigada Hermanos Saíz de escritores noveles […].Cuando se fue le hicimos una despedida en la hoy Sala Martínez Villena de la UNEAC. Para esa ocasión escribí un poema, algo circunstancial, puramente afectivo y sin mayor valor literario, del que solo recuerdo unos versos, que al cabo del tiempo le he querido dar un sentido evocatorio de aquella amistad.

[…]Todos vimos como un gran gesto revolucionario y de desprendimiento de su parte el renunciar a la vida cómoda, a su trabajo, al bienestar y a los numerosos amigos, en  una sociedad que le era tan afín y lo había acogido como a uno de los suyos, por ir a defender sus ideales donde consideró más falta hacía, y hacia donde lo llevaba el deber de hombre de bien.

Esta recapitulación de aquella experiencia, que fue enlace natural de lo que se llamó en su momento grupo, brigada, asociación, en sus diferentes etapas, y cumplido indistintamente cincuenta, cuarenta o veinticinco años, está indisolublemente ligada a esa génesis de diferentes promociones y creadores, que alguna vez fueron jóvenes, y tuvieron en sus luces y sombras, herejías y prejuicios, sueños y ambiciones no siempre realizadas, pero no por ello menos importantes en su impronta seminal, lo que fue, para muchos de nosotros, una aventura muy personal de “otra educación sentimental”.

                                                                  El Vedado, septiembre 2016.