Aniversario 108 del nacimiento de Bola de Nieve

Bola de Nieve –Ignacio Jacinto Villa y Fernández—, nació el 11 de septiembre de 1911, a las 6 y 30 de la mañana, en la calle Máximo Gómez 32, Guanabacoa. Lo inscriben en el Registro Civil el 12 de octubre del mismo año.

El pueblo de Guanabacoa es rico en tradiciones folclóricas, cuenta entre sus frutos con tres de los grandes de la canción, la música y el espectáculo cubanos: Ernesto Lecuona, Rita Montaner y Bola de Nieve. Tres de los clásicos de la música popular de nuestro país que fueron contemporáneos.

En los inicios del siglo XX, en Guanabacoa se efectuaban muchas fiestas de santería, sonaban danzones, habaneras, criollas, guarachas, rumbas, congas toques de Yemayá; era el centro de potencias ñáñigas.

El Bola asimiló la memoria ancestral de sus antecesores, su épica, sus historias, sus relatos, fábulas, cuentos y la mitología. Todo eso el artista lo adaptó a sus actuaciones.

No fue un cantor tradicional, estándar, de esos que cantan por cantar. Sus presentaciones iniciales fueron como un divertimento, como una parodia con esa gracia juvenil. Pero, pronto descubrió que era algo efectivo; el público mismo lo animó a continuar por ese rumbo.

Entonces, poco a poco aprovecha esos dotes para exponer en sus ejecuciones la dramatización en sus canciones en ella exponía esa tragedia de los negros esclavos discriminados. Lo observamos en muchas de sus interpretaciones de Emilio Grenet: Vito Manué, Yambambó, Quirino con su tres, con textos del Poeta Nacional Nicolás Guillén. Las canciones (tango-congo) de Eliseo Grenet Negro bembón, Epabílate, Mamá Inés.

Todo eso lo hacía el Bola con un candor y una gracia sorprendentes, con una interiorización única de algo que no era estudiado, sino vivido y sentido. Desde luego, presentar canciones en una fiesta, en un guateque no es lo mismo que presentarse en un escenario emblemático internacionalmente. Todo lleva un adiestramiento, un estudio, una preparación.

El secreto de su trabajo escénico requería un trabajo cotidiano y una férrea disciplina, auténtico logro de magia y poesía, al trabajar desde adentro la intención de cada obra con un concepto bien pensado “stanislavskiano” para producir una dramaturgia al decir de Ramón Fajardo.

Toda esa actuación la hacía con sus ejecuciones al piano, en el que no era un dechado de la alta escuela; pero de un oficio a toda prueba, influido por la pianística de Ernesto Lecuona y María Cervantes. Además, Bola tenía su asesor y entrenador Rafaelito López a quien conocí en el edificio donde residía María Álvarez Ríos.

Eso, unido a ese histrionismo introducido por las antiguas fábulas de abuelos africanos, impregnado de una risa pícara y contagiosa, expresión de sus manos y gestos faciales. Con todo ello trasmitía la tragedia de nuestros antepasados y los asuntos más arrabaleros de la vida urbana.

Todas esas interpretaciones las hacía con su propia voz que no era de tenor, ni de barítono o de bajo: “voz de persona que es la única que me falta para hacer un la, para expresarme y emocionar a los que escuchan. Soy un intérprete. No soy exactamente un cantante, sino alguien que dice las canciones, que les otorga un sentimiento especial, una significación propia, utilizando la música para subrayar la interpretación”.

Bola se consideraba un intérprete expresionista, lo que en Francia se llama un disseur, en el que importa, sobre todo, la sensibilidad, la manera de decir y lo que se dice. “En fin, que no soy un juglar, un decimista o un genio, no creo en la improvisación: tengo que estudiar, ensayar. Hace falta mucha dedicación, disciplinar el propio sentimiento para encontrar la canción”.

En una entrevista que le hizo el colega Ciro Bianchi al Bola un año antes del fallecimiento del músico, este gran artista nos regaló algunas de sus consideraciones en torno a su quehacer.

Bola declara que “escojo las canciones que interpreto por placer. Cuando me gusta una canción la estudio hasta averiguar todos los rincones que pueda tener en su letra y en su música. Tengo voz de manguero, de vendedor de durazno, de ciruela, sentado al piano. Cuando interpreto una canción ajena la hago mía. Yo soy la canción que canto; sea cual fuere su compositor. Por eso, cuando no siento profundamente una canción, prefiero no cantarla, no la puedo trasmitir, no le puedo dar nada a quien me escucha. Yo entiendo por arte dar las cosas como uno las siente, poniendo al servicio del autor la propia sensibilidad, y establecer esa corriente que hace que el público ría o llore, o guarde silencio Siempre he dicho que yo no canto sino que expreso lo que las canciones o pregones o poemas musicalizados tienen dentro. Cultivo la expresión más que la impresión. No me interesa impresionar. Lo que me interesa es tocar la sensibilidad del que escucha”.    

Bola tenía su concepto y su estilo propio, "yo no hago concesiones al gusto del público. Si no le agrada lo que canto, insisto hasta que le guste y si todavía se niega, pues me voy…hasta que encuentre quien le agrade, porque esa es mi verdad”.

En resumen, para pararse bonito y cantar con la voz de Bola de Nieve en los encumbrados salones del Carnegie Hall, de Manhattan, Nueva York, había que tener algunos dotes especiales. Algo distinto, algo magistral debía de tener el cantor.

Se presenta en el Carnegie Hall de Nueva York, tuvo que salir nueve veces al escenario. El New York Times lo calificó como una verdadera revelación, por su personalidad artística. Fue comparado con el francés Maurice Chevalier, Paul Robeson y Luis Armstrong. En 1956 hace presentaciones en el cabaret Montmartre donde es elogiado por Edith Piaf, “Nadie canta La vie en rose como el Bola”.

Demostró sus dotes en las giras por toda América: EE.UU., más adelante por Europa y llega hasta Moscú y Pekín, dos mundos bien diferentes al mundo occidental. Triunfa en 1964 en México en el Restaurante Cardini y en La Habana en el Restaurante Monseigneur (1964-1965). Un virtuoso que nació en Guanabacoa y desde allí triunfó en el gran mundo. Fue apreciado por artistas, embajadores, presidentes. Llegó a la cima, demostrando que el arte es muy perseverante.

Bola falleció en la madrugada del 2 de octubre de 1971, hace 48 años, a partir de entonces comenzó la inmortalidad, cada día crece su admiración. Su trono quedó vacío, nadie parece que lo llenará. Eso lo podemos comprobar en el libro de Ramón Fajardo Estrada Déjame que te cuente de Bola, un estudio magistral del gran chansonier cubano.

Imagenes: 
Bola tenía su concepto y su estilo propio. Foto: Internet