Hace unos días caminaba por El Vedado con mi amigo Argelio Santiesteban y de buenas a primeras saltó un recuerdo y decidí jugarle una broma.
Argelio es una gran estudioso de la Biblia, y yo prácticamente crecí dentro de una Iglesia Bautista, religión que profesaba toda la familia por parte de los Paret, incluso tuve un tío, que fue mi preceptor por mucho tiempo, que era pastor de la Iglesia Bautista de Santo Domingo primero, y de Guanabacoa después. Por ello también he estudiado mucho la Biblia que ahora es un eficaz libro de referencias que uso a menudo.
Entonces de buenas a primeras le pregunto al socio: ¿A qué tú no sabes cuál es el versículo más corto de Biblia?
Argelio, rápido como un rayo me respondió: “Y Jesús lloró”
Y exactamente ese es el versículo más corto de la Biblia en la Antigua Versión de Casiodoro de Reina (1569) y revisada por Cipriano de Valera en 1602.
Argelio nunca supo que luego de aquel momento, y en la tranquilidad de mi casa, recordé una historia que se me ha ocurrido contarles.
El por qué Argelio conoce de esta curiosidad bíblica, es una pregunta que algún día debo hacerle, pero el por qué yo la conozco sí es harina de otro costal.
Resulta que cuando tenía cuatro o cinco años a mamá se le ocurrió que empezara en una escuelita de barrio para aprender a leer y escribir. La maestra era una mujer muy vieja y de muy mal genio, que cumplía al pie de la letra aquella sentencia, creo que romana, que dice “la letra con sangre entra”.
En fin que empezaron a enseñarme las letras en una cartilla que había que leer: Cristo (mostraba una pequeña imagen de Cristo crucificado), A, B, C, etc. y eso lo aprendí enseguida. Y ahí fue que, armada de un lápiz y una libreta, la vieja Chicha, que así se llamaba la maestra, trató de enseñarme a escribir. Y cuando agarré el lápiz lo hice con la mano izquierda, es decir, era zurdo, como luego se demostró que era mi hermano David. Pero la vieja no entendía de zurderas, primero armó todo un discurso diciendo que esa no era la mano para escribir, y luego, al yo insistir con la zurda, agarró una vara de guayabo y empezó a golpearme tanto la desdichada mano zurda como la espalda. Por supuesto que agarré el lápiz con la derecha y empecé a tratar de hacer los primeros garabatos.
Pero al otro día, al despertar, mamá cayó en la cuenta de que estaba tartamudeando. Y aquello fue in crescendo. Cada día era peor y entonces se encendía la cólera y las cosas no marchaban. Al fin se dieron cuenta en casa de que la escuelita y la gaguera tenían que ver, y me sacaron de las garras de la vieja, y entonces vinimos a La Habana a la consulta de un logopeda, el Dr. Cabanas, que le explicó a la familia que la tartamudez era consecuencia del cambio de la mano directora, que no había otro problema, y que hiciera unos ejercicios fonéticos que al final nunca hice porque todos se burlaban cuando los oían. Hoy, a los años, aún mantengo algún remanente de aquella obsesión de la maestra Chicha, pero ya no me afecta como cuando niño.
Pero bueno, quizás ustedes se preguntarán: ¿y dónde entra el versículo más corto de la Biblia en esta historia?, y van a ver cómo entra y por qué sin contar la historia de la escuelita de barrio, no podría contar la del versículo.
El caso es que todos los sábados por la noche en la Iglesia Bautista había como una academia para estudiar la Biblia que se llamaba la Unión, y por supuesto, que mi hermano y yo íbamos junto a toda la familia. Entonces estábamos en aulas, unas para los niños y otras para los adultos, y en la nuestra, a alguien se le ocurrió que al pasar la lista, en lugar de decir el clásico AQUÍ o PRESENTE, dijéramos un versículo bíblico. Para mi, la idea fue aterradora, trataba de hablar lo menos posible y repetir cosas aprendidas previamente era fatal porque me trababa, todavía improvisando hablaba más claro, pero repitiendo cosas aprendidas era la debacle. Por eso me di a la tarea de buscar el versículo más corto de la Biblia, y luego de varios días de búsqueda lo encontré.
“Y Jesús lloró” esta ubicado en el Evangelio según San Juan capítulo 11 versículo 35.
A partir de entonces la Unión dejó de darme dolores de cabeza.