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AYER Y HOY: MIRANDO A CUBA

SÍ EXISTIÓ LA DAMA DE LAS CAMELIAS

Por: Argelio Santiesteban
Marie Duplessis, La Dama de las Camelias.
En el pueblucho de Nonant-le-Pin --Baja Normandía-- viene al mundo Rose-Alphonsine Plessis, cuando transcurría 1824.

Su padre, mercachifle ambulante, era hijo natural de una prostituta y de un sacerdote que jamás lo reconoció.

Rose pasó la infancia en su aldea natal, inmersa en la miseria y amenazada por el violento alcoholismo de su padre, quien empezó a ofrecerla a los hombres por unas monedillas, con lo cual la hacía debutar en el mundo de la prostitución, cuando contaba solamente doce años. A los quince llegó a París, en un circo de gitanos, a los cuales había sido vendida por el padre.

En la Ciudad Luz se produjo el milagro: su enloquecedora belleza de mujer menuda conquistó al conde Antoine Alfred Agénor de Guiche, futuro duque de Gramont, quien sería ministro de Napoleón III.

LA CORTESANA SIENTA PLAZA
En su nueva situación, Rose decidió cambiarse el nombre por el de Marie Duplessis, que además agregaba un aristocrático Du al apellido. Su amante pagó un tutor personal que le enseñó a escribir correctamente y a pronunciar el francés sin acento normando, a la vez que la instruía en el piano, la danza, la literatura, la historia y el protocolo. Pero el protector tuvo que abandonarla, presionado por su familia, que no quería verse relacionada con una cortesana.

Ah, pero ya Marie dominaba la vida social parisina, y comenzó una larga nómina de compañeros de lecho, pudientes y encumbrados, que cazaba en el famoso Jockey Club de París, del cual era socia. Hasta se dio el caso de que siete acaudalados amantes tuvieran sendos roperos en la casa de la meretriz. Y, al ser tan solicitada, podía tomarse la libertad de dilapidar 100 mil francos anuales, sin incluir gastos en ropa, carruajes, servidumbre y viajes. Logró costearse sus caprichos, incluida una compulsiva manía de jugadora.

¿A qué atribuir la arrolladora popularidad de la muchacha? Quizás estas palabras, de la actriz Judith Bernat, nos den la clave del misterio: “Maravillosamente delicada y llena de gracia, el rostro era un óvalo angelical y los ojos mostraban una acariciadora melancolía. Su encanto era incomparable”.

Pero el gran éxito de quien fue la infeliz niña normanda prostituida por su padre aún estaba por llegar, cuando dejase atónito al París de su tiempo.

EL GRAN SALTO DE LA CORTESANA
En 1841 Marie conoció a François Charles Edouard Perregaux, conde de Perregaux, quien con el tiempo, para escándalo de la sociedad parisina, llegó a casarse con ella, convirtiéndola en una condesa-prostituta. Tan empeñado en satisfacer sus caprichos que casi llega a la ruina, el conde comenzó por comprarle una lujosa mansión en Bougival, cerca de París.

Aunque ya minada por una tuberculosis galopante, no habían concluido los devaneos de Marie, quien fue la protegida del conde Gustav Ernst von Stackelberg, embajador de Rusia en Francia. El ruso la instaló regiamente, y en su salón Marie se rodeó de escritores y artistas, como Alexandre Dumas padre, Alfred de Musset, Eugène Sue, Honore de Balzac, Theophile Gautier y Charles Dickens. Salía en un coche tirado por caballos purasangres traídos de Inglaterra, para visitar algún teatro, donde se sentaba en su palco con un ramo de camelias blancas en el regazo.

AMORES POSTREROS: DUMAS Y LISZT
Marie estaba enferma hasta la consunción, y desesperadamente ensayó todas las posibilidades que prometieran una cura, incluyendo el mesmerismo. Pero todavía le restaban dos episodios en su agitada vida amorosa.

En de 1844 comenzó a tratar a un joven, casi un adolescente, totalmente desconocido, hijo bastardo de cierto escritor famoso con una lavandera. El muchacho la iba a inmortalizar como la Margarita Gautier que haría sollozar a varias generaciones de románticos.

Con Alexandre Dumas hijo mantuvo una relación tempestuosa que no llegó al año, marcada por los celos de él, quien, a pesar de que coincidieran sus iniciales con las del amante de la Gautier –Armand Duval--, distó mucho del estereotipo idealizado que nos entregó en la novela. El romance tuvo su fin con una nota de Dumas que declaraba: “Querida Marie, no soy lo bastante rico para amarte como quisiera ni lo suficiente pobre para ser amado como quisieras tú”. Pero todo parece indicar –señalan algunos biógrafos-- que su alejamiento no se debió a quintaesenciadas razones, sino al temor a contagiarse de un mal entonces incurable.

Después, en el lobby de un teatro, Marie se presenta por sí misma, sin depender de intermediarios, a cierto músico que la atrae. Era el compositor húngaro Franz Liszt, quien acababa de romper su vínculo amoroso con la condesa Marie d'Agoult, escritora bajo el pseudónimo de Daniel Stern.

Se desató una relación apasionada, pero fugaz. Liszt admitiría que aquella cortesana –a quien llamaba Mariette-- fue la primera mujer a quien amó verdaderamente.

El húngaro partió hacia los conciertos de su gira inmediata, no sin antes prometerle a su Mariette que juntos emprenderían un viaje a Turquía. Nunca más la vio: la Parca se interpuso, y Liszt jamás se perdonó no haber estado junto a ella en su agonía.

LA GRAN CORTESANA DICE ADIÓS
“La divina Marie”, la cortesana mejor pagada de París, murió a las once, en una noche de 1847, en su piso del Boulevard de la Madeleine, número 11.

Bajó a una fosa del cementerio Montmartre y Dickens, quien fue testigo presencial, escribiría: “Uno podía haber creído que Marie era Juana de Arco u otra heroína nacional. Tan profunda fue la unánime tristeza”. No obstante, unas semanas después eran subastadas todas las pertenencias, incluido su loro, para pagar deudas colosales que dejaba la difunta.

En el sepulcro, hasta hoy, los enamorados depositan flores, recordando a la mujer eternizada por Dumas como la Margarita Gautier de La Dama de las Camelias, y convertida en Violetta Valery por Verdi en La Traviata. Y allí parece escucharse lo dicho por Lizt: “Marie Duplessis era una excepción: tenía un buen corazón. Fue sin duda la más absoluta y perfecta encarnación de la Mujer que jamás haya existido. Y ahora está muerta y no sé qué extraño acorde de elegía vibra en mi corazón en recuerdo suyo”.

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