De niño, rumbo a la casa de tía Chita, nos bajábamos en la entrada de Vieja Linda. Iba a Fornaris4 A, callecita que terminaba en el muro de lo que de antiguo fue un sanatorio antituberculoso. Tenía en ambos extremos dos grandes descampados, con sus pequeños matorrales, y los caminitos hechos al golpe incansable de los pies de los imberbes jugadores de beisbol. Jugábamos con el par de guantes y el solitario bate, o un palo pulido por el uso como sustituto, tesoro de sus privilegiados dueños, y pasaporte para ser primeros escogidos a la hora de conformar las «novenas». Estos juegos se extendían mientras la luz natural lo permitía, con pelota de trapo o aserrín, canjeada por botellas; o de cajetillas de Partagás, remedos de la esférica convencional, en sus variantes de pitén o cuatro esquinas. Allí tomó sus fundamentos mi pasión por la pelota. ¡Oh, pelota manigüera, yo te saludo!
Otro entretenimiento, que asumíamos con la pasión y la responsabilidad de las causas más nobles, era coleccionar postalitas de peloteros. Las intercambiábamos, las jugábamos a las bolas, a las cartas o las comprábamos, aunque ya en esa época iba desapareciendo su presencia en la quincalla del barrio.
Esos cartones con la imagen de los peloteros de modas, y de muchos de las Grandes Ligas, que descubríamos en ellas, llevaban los records que servían de documentación irrebatible para la polémica barriotera.
Esa fue una tradición de varias generaciones. Un amigo y coterráneo de la familia, el pintor y escritor Julio Girona, cuenta de esa aventura en su infancia, a principio de los años veinte, en su Manzanillo natal:
Coleccionaba postalitas de jugadores de pelota de las Grandes Ligas de los Estados Unidos. Venían en cajas de cigarros. Tenía a Walter Johnson, el pitcher de los Senadores de Washington; al famoso ChristMatherson, el lanzador estrella de los Gigantes de Nueva York; a Babe Ruh, mi preferido, y muchos más.
En la pizarra del diario La Tribuna seguíamos la serie mundial de béisbol. Alguien escribía con tiza las jugadas.
A Julito, como a todo criollo, lo acompañó siempre el deporte nacional. Cuando era aún adolescente, su familia se mudó a La Habana, y vivían frente a un café que se llenaba de aficionados a la pelota, por la cercanía al Almendares Park, donde se jugaba la liga profesional. Tuvo amigos y conocidos beisbolistas. Uno de ellos, que le sirvió en alguna ocasión de chofer, había sido jugador en los Cuban Stars, y veterano de la guerra civil española. Ambos tenían una amistad compartida con Nicolás Guillén: ¿ese mulato pelotero y chofer no sería aquel Basilio Cueira, que Nicolás perpetuara en una crónica sobre las Brigadas Internacionales en España?
En el Manzanillo de Julito y mis ancestros maternos, Pedro Arturo Codina Boeras, mi pariente por partida doble, comandante de la Cruz Roja y director del Instituto de Segunda Enseñanza de la ciudad, fue en 1953 de los más decididos activistas para darle un estadio de pelota a la localidad. Aquel estadio sería antecesor del campo deportivo construido en otro terreno después del 59 por obra de la Revolución, el hoy Wilfredo Pagés.
Para la portada de mi libro sobre beisbol y cultura, con la complicidad profesional de su diseñador Johann E. Trujillo, escogí una foto cortesía de mi prima Ana Rita, tomada de un recorte de prensa de mediados del pasado siglo, y que evoca nostálgica una imagen de los años 20, donde se pueden ver tres mozalbetes de completo uniforme, con los atributos de guantes y bates correspondientes a unos players “consumados”, los peinados, sin ser a “lo Valentino” propios de la época, y sus miradas toda ingenuidad e ilusión. En la nota que les acompaña se puede leer:
Dijo Vargas Vila que acordarse, renacer sobre las playas muertas del pasado, era vivir. Aquí aparecen de izquierda a derecha, cuando la juventud les sonreía, luciendo con orgullo los trajes y equipos de Base-Ball, Augusto Ramírez Batle, Juanito Codina (fallecido en La Habana el año pasado), y Porfirio (Nino) Alard, personas muy conocidas y apreciadas en Manzanillo. Hoy Ramírez y Alard son sexagenarios.
El del medio, sentado, es mi tío abuelo, el padre de Ana Rita. Las manos y el guante sobre la pierna, donde se destacan los bombaches. Y en el rostro de imberbe pelotero, todo la vida por delante.