Como si con este gesto se rompiera un hechizo maligno, una suerte de fatalidad que a Virgilio Piñera lo persigue incluso más allá de las fechas que marcan su nacimiento y su muerte, el coloquio internacional que se le dedicó al centenario que él protagoniza ha sido una feliz conjunción de voces, ideas, proyectos y criterios alrededor de una de las figuras más inquietantes de nuestra tradición cultural moderna. Si es cierto, como nos aseguran los testimonios de algunos de sus fieles, que Virgilio profetizó que su primer siglo sería celebrado por todo lo alto, y que entonces se vería que tuvo razón en tantas cosas, su predicamento se ha cumplido honrosamente, del modo en que él mismo acaso lo hubiera disfrutado más, en una Habana a la que regresa con este hecho y con muchos más que lo tendrán, a lo largo del año, para decirlo a su modo “en el candelero”.
Organizado por la Comisión creada a efecto de este centenario, que preside el dramaturgo, poeta, narrador y discípulo piñeriano Antón Arrufat, el coloquio tuvo el apoyo de diversas instituciones, como el Ministerio de Cultura, el Consejo Nacional de las Artes Escénicas, el Instituto Cubano del Libro, la UNEAC y la Asociación Hermanos Saíz. La colaboración entre dichas entidades permitió que sin movilizar los grandes recursos de los cuales carecemos, y que un acontecimiento de esta magnitud normalmente necesitaría, el simposio se desarrollara dignamente, en un ambiente sobrio donde los estallidos y las polémicas que siempre va a activar el vivísimo fantasma piñeriano, fueron los golpes de color y teatralidad que resultaban ineludibles, para salvar a la cita de una formalidad extrema y de un encartonamiento que Piñera hubiera sido el primero en denunciar. El diálogo entre profesores, académicos, traductores, escritores, especialistas, actores, directores, investigadores de distintos ámbitos tuvo en Piñera su rosa de los vientos, y es de ahí que emana el interés que por estos días pobló la extremadamente fría Aula Magna del Colegio San Gerónimo, cedido por la Oficina del Historiador como cuartel de mando de estas jornadas en las que no solo se escucharon las ponencias, sino en los que además se promovieron libros, revistas, funciones teatrales. La circunstancia de Piñera por todas partes fue la atmósfera de estos diálogos, que por encima de estrecheces y obstáculos al parecer infranqueables, se organizó como un corpus que nos deja ver, provechosamente, cómo leemos a Piñera desde la Isla y cómo otros leen a la Isla a través de Piñera. La isla en peso que el vislumbró, pero que ahora mismo se explica lúcida e implacablemente a través de los versos en los que nos avisó de “la eterna miseria que es el acto de recordar”.
Si el español Luis Antonio de Villena nos dejó esperando por sus palabras, no faltaron a la cita personalidades que, por la valía de sus obras, y por la lucidez de sus lecturas piñerianas, lograron que el coloquio no quedara por debajo de sus muy altas expectativas. Ante un público interesado y curioso, leyeron sus ponencias varios de los nombres que hoy mismo son ya referentes seguros en la reapropiación de lo piñeriano. De Estados Unidos vino Thomas Anderson, autor de Everything in its place, libro que analiza la biografía de Piñera desde una postura integral que para el lector inglés resultará imprescindible. Su trabajo, acerca de las cartas que Piñera cruzó con su amigo Humberto Rodríguez Tomeu, y que se conservan en la Universidad de Princeton, nos dejó saber de documentos que, de llegar a difundirse, traerán noticias de un Virgilio apenas entrevisto, en su diálogo con la cultura, el cuerpo, la política, la amistad y muchas otras cosas que nos ayudarán a definirlo en estos nuevos tiempos. Julio Ortega, el gran escritor peruano radicado en los Estados Unidos, hizo un análisis concentrado y útil acerca del expresionismo y la melancolía en la poética piñeriana, muy a tono con el interés que la obra lírica de este autor viene reconquistando. Ortega, una presencia de lujo en cualquier evento de la lengua, fue el encargado de abrir la ronda de ponencias, y presentó además un conjunto de sus ensayos que acaba de editar la Casa de las Américas.
Nancy Calomarde, de Argentina, rastreó las huellas de Piñera en la literatura de su país, en la cual él participó activamente, como traductor, narrador, promotor y crítico, en las décadas del 40 y el 50. Pilar Cabrera, de Estados Unidos, nos acercó al valor de la imagen fotográfica en la escritura piñeriana, con una ponencia que por lo inusitado del tema, consiguió no poco interés. También de Argentina, Ana Eichenbronner habló del valor del cuerpo y su desmembramiento, una de las principales recurrencias piñerianas, en la narrativa de nuestro autor.
La relación Lezama-Piñera sedujo a varios de los ponentes. Alfredo Alonso Estenoz, Alfredo René Gutiérrez, Víctor Fowler, César A. Salgado, Pablo Argüelles, Manuel Fuentes Vázquez, Lucila Navarrete y Cira Romero fueron algunos de ellos, aunque no dejaron de aproximarse a las relaciones que con el polaco Witold Gombrowicz y con Jorge Luis Borges el cubano alcanzó a tener, siempre desde la posición del agitador, del eterno inconformista, que le granjeara tanta fama como broncas, problemas y batallas en las que esgrimió el arma poderosa de su palabra acerada. Su trato con Guillermo Cabrera Infante fue abordado por Elizabeth Miranda, mientras que Carlos Velazco procuraba su huella en los libros de Reynaldo Arenas y Abilio Estévez. Alan West-Durán acercó los extremos de las obras de Piñera y el cineasta alemán Werner Herzog para iluminar desde la poética de Virgilio varias de las actitudes humanas que el realizador de Nosferatu y Cobra verde desplegó en sus mejores filmes y documentales: un texto que nos impulsa a sacar a Piñera del coto cerrado en el que cierta crítica, ciertos biógrafos y lectores cómodos aspiran a dejarlo, a pesar de lo piñeriano, en tanto actitud, aptitud, filosofía y credo, haya rebasado hace mucho esos marcos para influir a pintores, coreógrafos, músicos, dejando ver así la dimensión mucho mayor de su legado. Andrew Bennet y Yisliany Plasencia dieron fe, en sus intervenciones, de cómo Piñera los ha guiado en la procuración de sus trabajos académicos: uno sobre el teatro del absurdo, del cual Virgilio es nombre clave entre nosotros, y ella acerca de la dicotomía de lo trágico y lo cómico en su producción dramatúrgica.
Daniela Jaimes-Borges, de Venezuela; Christian Frías Rangel, Alberto Abreu y mi propio trabajo presentado al evento, dedicado al análisis en la poética del miedo que marca una gran zona del quehacer literario de Piñera, desplazaron el interés hacia los proyectos mayores que hoy descubrimos en el intenso tramado que es la obra toda de Virgilio. Leerlo desde la posibilidad que está brindando ahora mismo el centenario, esto es, como un conjunto de textos en los que descubrimos, de libro en libro, de qué manera se moldea, desarrolla, interrumpe, se modula o se expande una idea, de un género a otro, de una década a otra en la vida del autor, nos concede la gracia de una lectura más ambiciosa, que debe ser el eco principal de este centenario, no destinado a quedarse en la mera pompa o el saludo oficial. Varias de esas intervenciones ocasionaron alguna polémica, o cruce de criterios, lo cual en este tipo de eventos ha de ser siempre bienvenido. Creo, eso sí, que la oportunidad de que voces jóvenes ahonden en esta materia, debe ser un estímulo a entender como eso, como acto que desate nuevas interpretaciones y no tenga que acomodarse a lo predecible.
En mi caso, la mención a Dos viejos pánicos como parte esencial, desde el apartado del teatro, provocó una respuesta de Antón Arrufat que trató de convencer acerca de que el tema de la obra no era el miedo, y que ahí no era tan pausible la ilación entre un momento muy concreto de la vida piñeriana y lo que esa obra, por encima del tiempo, hoy nos dice. Lo cierto es que mi referencia brota de lo que el propio Piñera dijo en una entrevista a raíz de haber ganado el Premio Casa con esta obra, concebida como respuesta inmediata a La noche de los asesinos, la célebre pieza de José Triana. En ese diálogo, Piñera, a diferencia de lo que sospecha Arrufat, habla del miedo pánico, concepto traído desde los orígenes de la cultura, sin referirse a Alejandro Jodorowski ni otros nombres de la vanguardia que conocía sin duda, pero cuyos nombres no tiene que evocar para explicar al lector la médula de su argumento. Dice ahí Piñera, hablando del tema de Dos viejos pánicos:
“Se trata del miedo pánico (miedo total) de dos viejos. Tota y Tabo le tienen miedo a la vida. Es un miedo primigenio: no quieren comprometerse por miedo a las consecuencias de sus actos. Cuando se rehúsa asumir la vida y las consecuencias de vivirla, entonces solo queda el juego…, jugar a que se vive. Y es eso lo que ellos hacen. Tratan de matar en ese juego de que están posesionados, pero sólo consiguen jugar. Al final de la pieza, tratan de regresar a la infancia pura para, desde ella, empezar la vida, pero el círculo se ha cerrado, y los vemos darse las buenas noches en espera del nuevo día, tan incierto y pleno de miedo como todos ésos ya vividos por ellos”.
Valga la polémica para hacernos releer a Piñera, al autor que en las mañanas de los años 30, como Arrufat apuntó en ese sitio, se sentaba cerca del balcón de Gervasio 121 para concebir sus Cuentos fríos. Allí, ahora, una tarja indica tal acto suyo, tal manera de imaginar, en La Habana, una frialdad tan ardiente y tan insólita. Esa frialdad rebasa nuestras fronteras, como demostraron los abordajes de las traductoras Tove Bakke, de Finlandia, y Katherine Eaton, de Inglaterra. El humor piñeriano, su manera de calar en la realidad para arrancarnos una amarga carcajada, hizo decir a la lituana Milda Zilinskaite que Virgilio, también, podía ser su compatriota.
Entre las ponencias más aplaudidas se contó la de Dainerys Machado, que traza una cartografía minuciosa para dejarnos ver cómo reaparece, lentamente, el nombre de Piñera en la prensa cubana posterior a su muerte, hasta estos días de su rehabilitación. David Leyva procuró el análisis de una de las obsesiones de Piñera, Francois Rabelais, para mostrarnos la pródiga tensión entre ambos autores. Una pieza como Los siervos, negada por el autor a inicios de la Revolución tras haberla editado en Ciclón, en 1955, inspiró los textos de Mayerín Bello y Jaime Gómez Triana, quien demostró el eco de Alfred Jarry en esa obra que acaba de ser reeditada tal cual en la Órbita que el sello Unión ha puesto a la venta, compilada por el propio David Leyva. A manera de continuidad del repaso que Vivian Martínez Tabares hizo de la cronología piñeriana en nuestras tablas, el diálogo que se sostuvo con los directores Nelda Castillo, Carlos Celdrán, Raúl Martín y Abelardo Estorino junto a la coreógrafa Lilliam Padrón que trajo su versión para Danza Espiral de Aire frío, complementó esos párrafos con testimonios en los cuales, más allá de la anécdota, emergió un rostro de Piñera que lo confirma como un nombre siempre atrayente y difícil, retador impenitente, para los protagonistas del mundo de las tablas en el que ya, no solo como autor, sino además como personaje, no dejará que le arrebaten su lugar cimero.
Como atractivo especial, estuvieron las funciones de La boca, a cargo de El Taller, sobre texto de Tomás González inspirado en la figura de Piñera, la ya mencionada coreografía a partir de Aire frío, y Los siervos, en la versión de Raúl Martín para su Teatro de la Luna. Mucho se extrañó la puesta que, también sobre Aire frío, ha mostrado con éxito desde inicios del año Carlos Celdrán con Argos Teatro. Una pena no verla aquí, donde hubiera esplendido ante tantas pupilas ansiosas. Pero también es cosa de Piñera que no siempre se pueda tenerlo todo.
Lo que sí se tuvo en estas cuatro jornadas fue el gozo de intercambiar, con inteligencia, criterios alrededor de un nombre crucial e imborrable. Un acto de justicia, de ética, es ya la memoria de este coloquio, en el que se restituye el nombre de Piñera a un espacio donde él explica alegrías y agonías sin temor, sin tener que pedir permiso, como jamás le gustó hacer, ni teniendo que esperar a que recelos y sospechas le dejaran libre el paso. La revista Matanzas, con su excelente número preparado al efecto, lo demuestra sin ambages, y hay que felicitar nuevamente a Alfredo Zaldívar y a su eficaz equipo por una entrega que ratifica las altas cotas de sus desempeños. Al final de los cuatro días, que corrieron entre el 19 y el 22 de junio, Antón Arrufat dijo las palabras de clausura del coloquio, que no fueron en verdad de despedida, porque el eco y el peso de Piñera volverá a convocarnos. Tener en el público a amigos tan fieles de Virgilio como Ana María Muñoz Bachs o Mercedes Ibarra, sobrina de Yonny Ibáñez, alentó y estimuló a los miembros de esta suerte de Internacional Piñera, que a pesar de tanto, no dudará en cruzar aguas, diferencias, opiniones, mapas, crisis, para volver a La Habana que él tuvo por suya y venir a repetir sus gestos, sus manías, sus palabras, ante el espejo mismo del país que lo inspiró. Que eso, y no otra cosa, es lo que nos dice la grandeza verdadera de un escritor.