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En esa ya lejana y recordada infancia, Rafael Acosta de Arriba (el más antiguo de mis amigos) y yo, compartimos el aula de primaria y varias pasiones, y como toda pasión que se respete, llenas de imposibles. Por ejemplo, ser partidarios en el beisbol de los Tigres de Marianao (que ganaron cuatro campeonatos en cuarenta años), cuando la república (y la escuela) se dividían entre almendaristas y habanistas.
Mi simpatía por el equipo de «la ciudad que progresa» no se debía ni a su récord, que como se ve fue pobre, aunque dos de esos títulos (56-57, 57-58) los ganaron los años previos a que me declarara su partidario y aún se disfrutaba esa aura, ni a esos lares marianenses donde nunca viví, si no a una gorra naranja que me regalaron, mis lecturas de los tigres de Salgari (Blake y Saroyan no estaban en el horizonte), y sobre todo mi primer ídolo de la infancia, una estrella del diamante llamada Orestes Miñoso, que lo hacía todo bien en el terreno. No sabe el poeta tunero Carlos Esquivel, que nunca lo vio jugar, cuánta evocación encierran estos versos de su poema dedicado al Minnie: «Yo envejezco con la patria que no / quiere envejecer / y a veces, / pero no pongo los años».
Por ese azar que nos brinda la alegría de vivir, en mi primera visita a Chicago en el año 96, conocí personalmente a Miñoso, gracias a la complicidad de un amigo de mi barrio, Juan Pedro Torriente, que sabía de mi temprana simpatía por la estrella marianense. Pero ese fue sólo un encuentro fugaz, que me dejó con el interés del reencuentro. Y este se produjo dos años después, siempre en su Chicago adoptivo, gracias a otro amigo, el fraterno Félix Masud, cuyo padre de igual nombre fue popular masajista de los Tigres, y compañero muy cercano del jugador de los White Sox. En ese encuentro se estableció una amistad que se renovó en mis sucesivas visitas a la ciudad de los vientos, y que después se ha mantenido, con sus grandes intermitencias, por la vía generosa de Félix. Casi medio siglo después de haberlo admirado en su juego, sobre todo por la TV , me vi compartiendo con él comidas («asere, ya está el arrocendo»), partidos de dominó, como buen criollo negado a perder, o de beisbol, en el Slugeers Club, frente al mítico terreno de los Cachorros, allí donde se tejió la leyenda de Babe Ruth y su señal hacia el center field (anunciando por donde metería el mítico jonrón), sucesos que nunca fueron captados en fotografía, ni en cine. Pero los artistas han hecho numerosas obras pictóricas para perpetuar aquel hecho de la Serie Mundial de 1932, en el Wrigley Field. Pinturas hiperrealistas que nos convencen que un episodio tan hermoso tiene que ser verdad. O valdría la pena que lo fuera, y aquí volvemos a recordar a Will Cuppy, celebrando la imaginación.
Muchas y amenas conversaciones hemos tenido con el hijo ilustre del pueblo matancero de Perico. Le llevamos desde su patria las memorias que de él se conservan y no se habían borrado, o el destino de algunos de sus amigos (Celeste Mendoza, Moraima Secada, Rubén Rodríguez, Asdrúbal Baró o Juanito Izaguirre), y le hemos facilitado el trasiego de cartas o encargos para su hermana mayor, que seguía viviendo en su antigua casa, «cerca de Columbia». Él me regalaba fotos y pelotas dedicadas para cuanto amigo le pedía, o un pulóver con su monograma, o una gorra con la serie de su retiro, y que tiene inscrita ese récord insólito que figura en el libro oficial del Big Show, de haber jugado pelota como profesional en seis décadas: «Baseball´s 6 decades placer —first at bat 5-4-49 —last at bat 6-30-93».
NOTAS:
«Cuando yo vivía en Chicago también llevé a mi amigo Norberto Codina de visita allí, a la Universidad del mismo nombre a ver el monumento que representa un hongo, un puño o una calavera según desde el ángulo que se le observe. Pero que marca el sitio donde Fermi “logró” la primera reacción nuclear en cadena y sostenida. Lo cual como sabemos, es el fundamento del buen y del mal uso de la energía nuclear. Un experimento que, según explican, en aquel momento desató el dilema entre los que estaban a favor del “desarrollo” tecnológico y los que se oponían a su realización, por temor a desencadenar una reacción “en cadena” que destruiría la esencia misma de todo el Universo.
«Los sucesos de estos días (la carrera armamentista y los accidentes en las plantas nucleares), demuestran que aquella duda todavía está por disipar».
En 1936 «se realizó la primera transmisión de un juego de pelota de grandes ligas, en español. Fue a través de la NBC-Radio, onda corta», con la narración del mítico argentino criado en Nueva York, Buck Canel (muchos piensan hoy en día que era puertorriqueño o de otro país de tradición beisbolera), popular por la frase que alargaba al empezar el pitcher sus movimientos: «¡Ahííívieeenela bolaaa!», y el cubano Rafael Cañitas Cañizares.
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