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XX «CIERREN LA TROCHA Y PREPAREN EL COCUYÉ»

Por: Norberto Codina
Hay lugares que la memoria privilegia entre múltiples experiencias. Eso nos recuerda Ciro Bianchi, en sus sabrosas crónicas dominicales, verdadera cartografía del fabulario criollo, cuando evoca al popular barrio sede del gran templo del beisbol cubano:

En el Cerro […] vivió Alfredo González Suazo, que heredó de su padre, famoso árbitro de beisbol, el sobrenombre de Sirique. Era propietario de un taller de tornería, en Santa Rosa, entre Cruz del Padre e Infanta, y allí, todos los domingos, a partir de la una de la tarde, congregó durante años a los más famosos trovadores cubanos. Fue la Peña de Sirique, a la que se dedicaron no pocos reportajes y artículos e incluso un documental cinematográfico de Héctor Veitía.

Lo que fue la peña como síntesis de pelota y tradición musical cubana, es decir como tertulia criolla y rellolla, se resume en el siguiente pasaje de Alfredo Santana Alonso en su libro El inmortal del beisbol. Martín Dihigo. Santana nos cita el testimonio del propio Sirique, él mismo viejo trovador y ex jugador de pelota:

Dihigo era un admirador de la trova cubana, eran muchas las figuras populares de nuestra pelota que asistían dominicalmente a las peñas trovadorescas que se organizaban en mi taller. Allí voces y guitarras se mezclaban con las anécdotas jocosas y picantes de nuestros viejos peloteros que iban allí, buscando escuchar una canción de antaño en las voces de Manano, Luisito Pla o yo, o tal vez, el trío de Goyo. En la trova las figuras del diamante se deleitaban oyendo las guitarras de Nené Enrizo, Oviedo, y el famoso Albino Peña, pero lo que más animaba la peña, eran los cuentos del Inmortal. Siempre tenía un chiste en sus labios y muchas veces lo oímos decir: «Oye, Sirique, yo te he ponchado una tonga de veces», a lo que yo le contestaba cantándole a dúo con Nené Enrizo sus números predilectos Tocina y Virginia y La Timidez.

En 1977, el segundo latinoamericano en entrar al Hall de la Fama de las Grandes Ligas fue el cubano Martin Dihigo. El primero había sido el puertorriqueño Roberto Clemente. El Inmortal es tal vez el único jugador que aparece en el salón de la fama de cuatro países, México, Venezuela, Estados Unidos y Cuba.

De mis visitas al Estadio del Cerro, tengo el recuerdo persistente de aquel domingo de 1967 en que amanecí en sus gradas, armado con un pan con bisté, con el ritmo de Pacho Alonso y sus Bocucos, animando a la tropa de Roberto Ledo en medio de una afición cismáticamente dividida, para ser testigo de la hazaña del cobrero, Manuel Alarcón, cuando cumplió su promesa: «Cierren la Trocha y preparen el Cocuyé», que terminaba con cuatro temporadas de supremacía industrialista.

El memorable comentarista Rubén Rodríguez —al que se le adjudican algunas frases populares en la narración deportiva— reseñó así ese desafío en la prensa de la época:
La jornada dominical, donde se decidió el campeonato, fue pletórica de emociones. Una concurrencia monumental congestionó el Latino para presenciar el choque decisivo. Nutridas excursiones de Oriente y de toda la Isla asistieron al encuentro donde se derrumbó la dinastía industrialista que se había impuesto en cuatro torneos consecutivos. Fue Manuel Alarcón el héroe de la jornada al darles a los Orientales este resonante triunfo.

Esos varios campeonatos azules al hilo, mucho debieron a Ramón Carneado, alguien a quien se sigue recordando como un maestro en las estrategias como mentor. Se dice del manager industrialista, quien emigrara tiempo después, que testamentó, y fue cumplida su voluntad, que sus cenizas fueran esparcidas sobre un campo del deporte que tanto amó.

Conversando con Arnaldo Raxach, considerado por muchos el mejor coach de tercera del último medio siglo en Cuba, lúcido en sus ochenta ya cumplidos, me hablaba del privilegio de haber trabajado con el ecuánime Carneado y el apasionado Ledo, pues ellos tres fueron de los que dejaron su impronta en el mítico diamante del Cerro.

El poeta Fayad Jamís contaba que, en su niñez, cuando vivía en Cepero y Moreno, cerca de donde años después se construiría el Gran Estadio, «uno de mis recuerdos —tal vez el único recuerdo de infancia— es de cuando veía pasar a Kid Chocolate por la esquina» de la sería a mediados de los cuarenta concurrida barriada beisbolera, y recordada también como lugar de nacimiento del Kid.

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