Siempre he pensado que la vida es como un río tumultuoso, con rápidos y cascadas, y también con refugios de agua mansa, y que usted no puede, como decía la vieja canción, “torcer el destino como débil varilla de estaño”. Esto es, uno puede tratar de maniobrar en la vida, pero nunca tendrá el rumbo, nunca el timón, es como si uno fuera por el río impetuoso en un bote sin gobierno y ni tan siguiera con una vara o un remo para tratar de contener el torrente.
No estoy defendiendo la posición de dejarse llevar por la vida, el hombre siempre debe pelear contra las circunstancias, ponerse metas que consigue con su esfuerzo cuando son objetivas y realistas, pero siempre estará en constante controversia con los acontecimientos, y por eso estoy en desacuerdo con la idea generalizada y aceptada por muchos del vencedor y el perdedor en la vida. Creo que a veces uno es vencedor, y entonces hay que aprovechar, “vivir el momento feliz” como también dice el viejo bolero; y cuando le toca la parte de perder, hay que luchar por salir del bache, tener mente positiva, pensar en los buenos momentos que has vivido, y tratar de encarrilar de nuevo la nave sin gobierno hacia el remanso, y entonces disfrutar, disfrutar hasta que llegue de nuevo el torrente y te desboque, o el fin definitivo, y entonces habría que ver. Me niego a pensar que todo acaba cuando se pudre el cuerpo, y como nadie hasta hoy ha podido demostrar lo contrario, porque soy un agnóstico convicto y confeso, moriré con la duda agradable de que algo me espera en el “más allá”.
Y toda esta reflexión surge gracias a un recuerdo.
Ahora mismo estoy solo en casa, son las seis de la tarde y el calor muerde, ando ligero de ropa y he tomado un café acabado de hacer, entonces, por esas cosas de la vida, recordé una información que leí en la mañana sobre Azherbaizhan, su capital Bakú, y la cantidad de cubanos que estudiaron ingeniería geofísica allí, así como la colonia de azeríes que hoy residen en Cuba, y ahí mismo irrumpió el recuerdo y luego el deseo de contarlo.
Sucede que al triunfo de la Revolución estaba cursando el cuarto año de bachillerato, que cuando aquello era casi una “carrera”. Al terminar el Bachillerato en Ciencias se me dio la oportunidad de matricular en la Universidad Central de las Villas, y por embullo con otros compañeros, matriculé la carrera de Ingeniería Eléctrica. Empecé el curso y no me fue bien. Ni la física ni las matemáticas me “entraban”, sin embargo disfrutaba con el estudio del marxismo a pesar de los manuales.
Esto hizo que al final del curso aprobara el primer año pero con la física desaprobada, y debía llevarla de arrastre. El profesor de física era Más Martín, una lumbrera que terminó sus días trabajando para la NASA, pero que hablaba masticando las palabras, nada se le entendía, y además, yo no le caía nada bien porque en cierta ocasión le eché a perder una práctica de balística cuando disparé el cañón antes de tiempo por pura jodedera de muchachos.
En fin, que decidí no seguir en la ingeniería. Sería muy largo contarles el berrinche de la familia. Tanto por los Comas como por los Paret nadie había llegado a la Universidad, y yo ahora lo botaba todo por la borda. Pero bueno, me impuse y así fue. Dejé pasar el curso haciendo cosas que me gustaban y pensando matricular en alguna carrera de letras cuando iniciara el próximo.
Pero dice el refrán que “el hombre supone y Dios dispone”, el caso es que estando en casa una noche tocan a la puerta, abro y era un oficial del Minint que quería hablar en privado conmigo. Pues hablamos y el asunto era que iba a venir a Caibarién una brigada de ingenieros soviéticos para trabajar en la prospección petrolífera de la zona, y como yo era estudiante de ingeniería, me proponían trabajar con ellos. Se sabía que en la década del 20 los americanos habían hecho una exploración en el terreno con la lógica confección de mapas geofísicos. Al terminar solo dejaron algunos cuadrados de concreto en ciertos cayos que tenían en el centro un medallón de bronce con el águila imperial de los yanquis.
Enseguida me gustó la idea. Era trabajar 22 días del mes en el mar, (siempre me ha gustado mucho la mar, como dicen los pescadores), y descansar ocho días en tierra. Pagaban un buen salario, 170 pesos en aquel entonces era una fortuna, yo tenía 17 años, mi papá manejaba un pequeño negocio del cual vivíamos, y entonces iba a correr una aventura extraordinaria, como realmente lo fue.
Empecé a trabajar con los ingenieros soviéticos que la mayoría eran rusos pero trabajaban en Bakú, que tenía en el Mar Negro cientos de pozos petroleros.
Al principio no teníamos traductor y era una locura, luego vino un ruso que no entendía la manera de hablar de los cubanos. Solo uno de aquellos “rusos” empezó aprender el español con una rapidez inaudita, por sus rasgos se veía que era árabe y un día en que me levanté temprano lo vi arrodillado frente a la salida del sol. Al darse cuenta se levantó con premura y me dijo en perfecto español: religión de mamá.
Era Iscander Iscanderov, mi jefe inmediato. Aún conservo una vieja foto de su hijo tocando una armónica y otra de él en la Playa Militar de Caibarién tratando de enamorar a una cubana. Iscander era buena gente, y aunque cierta vez quiso echarme la culpa de un mal trabajo ejecutado por él, aprovechando que de ruso no sabía ni una papa, al final siempre lo perdoné.
Supe del suceso cuando Mijailoski, el jefe principal me lo dijo, luego de echarle una gran refriega al azerí.
Miajiloski era un pan de azúcar conmigo. Quizás porque solo tenía 17 años, porque poseía mas nivel que los demás cubanos que nos acompañaban, porque en las noches hacía guardias que no me tocaban con los compañeros del G 2 que nos protegían, y porque siempre estaba dispuesto a hacer lo que mandaran, el caso es que me tuvo una gran simpatía, al punto que cuando veía que estaba algo amoscado, inventaba alguna necesidad y me mandaba en un barco a Caibarién a buscarla, y entonces pasaba un par de días en el pueblo, y veía a la novia, a los amigos, a papá y mamá.
Otro ruso era Petrovich, también ingeniero.
Petrovich era un hombre muy serio, muy pocas veces lo vi sonreír. Una vez se acercó y me pidió que le enseñara a decir todas las “malas palabras” que yo conocía. Imagínense. No tenía la certeza de por qué y para qué este hombre quería solo aprender las “malas palabras” del “cubano”, pero bueno, me desbordé a hablar y el ruso solo apuntaba. Entonces cuando se las aprendió todas y las hablaba con soltura, comenzó a reprender a todo el cubano que las dijera, y aquello era una cosa de lo más curiosa, porque andábamos con una tripulación de pescadores, muy conocedores de la zona, pero que no tenían otro léxico que aquel personal repleto de frases soeces.
Mi trabajo consistía en confeccionar unos mapas geológicos conocidos como perfiles longitudinales. En ellos anotaba la lectura de los dos gravimétricos, uno para aguas profundas y otro para aguas bajas, que medían la fuerza de gravedad relativa con relación a un punto en la costa tomado como gravedad absoluta, y ello permitía tener una idea de cómo debía ser un corte longitudinal de la corteza terrestre en el lugar en que trabajábamos, y ver como oscilaban en anticlinales y sinclinales las capas que conformaban la corteza.
Varias, quizás muchas veces Petrovich se acercaba y me ayudaba, encontraba y hacía que rectificara errores, y todo ello con una amabilidad extraña para su carácter seco y casi hosco. Evidentemente que era también un particular gesto de simpatía.
Y una tarde, ya cuando casi terminábamos el trabajo en el mar y los ingenieros volverían a su lejana tierra, Petrovich me llevó a un lado y en un español bastante entendible contó que vivía en Bakú, que no tenía hijos, que su esposa era una importante bailarina de ballet del Bolshoi Teatre, y que quería que fuera con él a Bakú a estudiar Ingeniería Geofísica. Que no iba como becado, sino que iría a vivir con él y la esposa en su casa, como si fuera el hijo que les faltaba.
De entrada me gustó la idea. Eran tiempos de juventud en que las aventuras parecen escenas de películas y uno se enreda en ellas sin pensarlo mucho, y además, era muy atractivo lo que me proponía el ruso, no obstante, le pedí un tiempo para pensarlo.
Entonces, al finalizar la jornada del mes llegué a la casa y sin meditarlo lo solté todo por la borda. Papá no dijo media palabra, a mi hermano le pareció bien, pero mamá, que siempre era la que me protegía y apoyaba en todo, metió el grito en el cielo y empezó a sollozar desconsoladamente. Era mucho el miedo que le tenía al comunismo ruso, mucho había oído y mucho se empezaba a oír de aquellos seres extraños que el pueblo los bautizó con el sobrenombre de “bolos”.
La calmé, acariciándole y secándole las lágrimas le dije que no iba, que no se preocupara. Por otra parte la Ingeniería Geofísica se parecía, por lo menos en el nombre primero, a la Ingeniería Eléctrica, y con esta última no había hecho un buen matrimonio.
Al otro día busqué a Petrovich y le dije que no iba, le di muchas explicaciones, pero él evidentemente que no entendió ninguna. Sin decir palabra me dio la mano, luego un abrazo y se despidió. Nunca más lo vi. Nunca más he sabido algo de aquella extraña tropa. Pero hoy leyendo la noticia de los cientos de cubanos que estudiaron Ingeniería Geofísica en Bakú, pensé que yo hubiera sido uno de ellos, y entonces seguramente otra sería mi historia, y quizás no hubiera podido, en e+sta tarde solitaria y calurosa, escribirles esta para ustedes.
Nada, cosas de las posibilidades que uno aprovecha o no.