Ahora mismo estaba yo acordándome de aquella guarachita en la cual a Venancio le hacían saber cuánto habían cambiado los tiempos.
Sí, cambian los tiempos. Y –sobre todo-- los criterios sobre qué está bien y qué no lo está. ¿Me pedían ustedes, comadres y compadres, un ejemplo al respecto? Ah, pues dígase que cierto día de 1911 San Cristóbal de La Habana amanece escandalizada, estupefacta. Sí, queridos amigos, porque ha sucedido un hecho inaudito, capaz de ponerle los pelos de punta a cualquiera. Los pacatos, las beatonas, los mojigatos, los santurrones, los timoratos… en fin, todos aquellos que están intoxicados con una altísima dosis de moralina, andan rasgándose las vestiduras en su desesperada indignación.
¿Qué ha ocurrido en la capital cubana, que puede desencadenar tan histérica respuesta? Muy sencillo: Pepilla, actriz del llamado género chico, ha tenido el cínico descoco, la desvergüenza infinita, el desfachatado impudor, de salir a escena ataviada con una saya-pantalón.
Maratón constructivo
Este año de 1911, hasta el cual hoy hemos movido nuestras libérrimas coordenadas –acompañados por la imaginación, esa “loca de la casa” –, resulta digno de recuerdo en lo referente a la arquitectura y el urbanismo del asentamiento que, seguramente con toda la razón del mundo, se ha dado en llamar “capital de todos los cubanos”: la ciudad de San Cristóbal de La Habana.
Dígase que hace exactamente ciento un años se funda el hoy nombrado Pogolotti, inicialmente denominado Redención, primer barrio obrero de La Habana. Este nombre definitivo lo toma para honrar al italiano cuyos desvelos hicieron posible tal proyecto: Dino Pogolotti, ascendiente de Graziela, muy conocida escritora cubana.
En lo que al impulso edificador se refiere, tampoco podemos obviar al centro de altos estudios capitalinos. Recuérdese que la universidad radicó inicialmente en el entorno viejo habanero, pero que durante la primera ocupación yanqui se mueve hasta la loma conocida como de Aróstegui, próxima al área vedadense. Allí, durante la Colonia, se encontraba el polvorín nombrado La Pirotecnia, y no por gusto una de las calles aledañas se llama Ronda, pues por ese paraje la hacían las patrullas encargadas de velar ese emplazamiento militar. Pero vayamos a lo nuestro: al finalizar la construcción del Aula Magna, precisamente en 1911, concluye la edificación de los principales objetos de obra de la universidad habanera.
Por entonces, el ferrocarril le entrega un obsequio a San Cristóbal de La Habana. Sí, la ciudad capitalina ve hermoseado su paisaje arquitectónico cuando se inaugura la Terminal de Trenes. Allí se despliega, majestuosamente, toda la sobria elegancia del neoclasicismo. Ah, pero cuando uno se complace observando las líneas escuetamente exquisitas de aquella edificación, ni de lejos puede imaginar que fueron precedidas por una escandalosa historia de nuestra política, y que hasta sangre se derramó como antecedente del fino inmueble.
Claro, me estoy refiriendo al llamado “chivo del Arsenal”. Me explico: se trata del canje de los terrenos de la estación ferroviaria Villanueva por los del Arsenal, estos últimos propiedad del estado. La transacción constituyó un negocio desvergonzado, pues la parte estatal salía perdiendo unos cuatro millones de pesos. La triquiñuela se evidencia cuando se comprueba la desmesurada suma que cobraron los tasadores, para que estuviesen prestos a favorecer el turbio asunto.
Y la sangre sí llegó al río. Sucede que dos mambises, congresistas ambos, el general de brigada Severo Sánchez Figueras y el coronel Silverio Moleón, militaban en bandos opuestos en cuanto a la aprobación del canje. Y bastó con que se encontraran en la habanera esquina de O`Really y San Ignacio para que dirimiesen a tiro limpio sus diferencias. A pesar de haber sido baleado repetidamente, el general Sánchez Figueras, mientras gritaba “¡Yo sí como plomo!”, daba muerte al coronel Moleón.
De todas maneras, la elegantísima terminal habanera de trenes, a pesar de su accidentado ayer, sigue engalanando aquel rincón de La Habana primigenia.
Con bellas artes topamos
Generosa fue la entrega que, en materia de artes y letras, nos legó aquel año 1911, hasta el cual hoy hemos movido nuestras irrefrenables coordenadas.
El periodista gallego Álvaro de la Iglesia, quien amó más a nuestra patria que algunos aquí nacidos, comienza a publicar sus Tradiciones Cubanas, pinceladas exquisitas donde el estricto dato histórico se sazona con la delicia de la anécdota. (Son páginas que mucho recomendamos a quien no las haya recorrido, pues constituyen una convocatoria a la reflexión y a la sonrisa, simultáneamente).
También en 1911, José Antonio Ramos publica Liberta, obra que él llamó “novela escénica en cuatro jornadas”. Escribió el prólogo nada menos que Jacinto Benavente, crítico y dramaturgo español que iba a recibir el Premio Nobel, y cuyo ataque a los oportunistas y opulentos halló su clímax en Los intereses creados.
Es sabido que el teatro bufo tuvo siempre una especie de vocación periodística, noticiosa, presta a inmiscuirse en lo último que en el mundo hubiese ocurrido. Y en aquel año de 1911 ese dueto de estrellas que formaron Federico Villoch y Jorge Anckermann --en el libreto y la música respectivamente-- entregaron la pieza La revolución china.
En lo que al arte pictórico se refiere, en ese año Romañach, cultivador del paisaje y el retrato, pinta La criadita.
Simultáneamente, el futuro novelista Alejo Carpentier, con siete años de edad, está interpretando al piano a Chopin y Debussy.
Gonzalo Roig estrena la criolla-bolero Quiéreme mucho, con letra de Ramón Gollury y Agustín Rodríguez.
Mientras, en el Teatro Politeama Grande, ubicado en la capitalina Manzana de Gómez, debuta --con sólo dieciséis años-- una muchachita de Guanajay, quien interpreta Mercedes, de Manuel Corona. Ella se llama, para todos los tiempos, María Teresa Vera.
Un año deportivo
Por aquella época de hace un siglo y un año, a la cual hoy nos hemos trasladado, ese caballero del deporte, José Raúl Capablanca, acaba de propinarle una tremendísima, soberana paliza al campeón estadounidense, Frank Marshall. El resultado fue aplastante, pues nuestro compatriota sale triunfador en ocho partidas, mientras que su oponente sólo lo logra en una ocasión. En buena lid, a Capablanca le hubiese correspondido el título de campeón de los Estados Unidos, pero no se lo confieren, pues él nunca quiso adoptar la ciudadanía de ese país. Ante su brillante desempeño, resulta obligado que lo inviten a participar en el fortísimo torneo internacional de San Sebastián. Capablanca se enseñoreará de la justa, donde sólo pierde una partida.
Sin salirnos del tema deportivo, pero en este caso refiriéndonos más al cultivo del músculo que al de las neuronas, dígase que por entonces los peloteros cubanos Armando Marsans y Rafael Almeida se están desempeñando en las Ligas Mayores. Los Phillips de Filadelfia vienen a jugar durante dos semanas en Cuba, para enfrentarse a los Rojos del Habana y a los Azules del Almendares.
Y, en aquel ya remoto año de 1911, allá por la cintura de la Isla, en Sagua la Grande, viene al mundo Conrado Marrero, una de las superglorias, de las cúspides indiscutibles en el deporte cubano.
Llorados adioses
En aquel año de 1911 dicen adiós a este mundo tridimensional un ramillete de cubanos ilustrísimos. Mueren José Joaquín Palma, Enrique Piñeyro, Brindis de Salas, Ramón Meza.
El poeta José Joaquín Palma fue ayudante y el hombre de confianza del Padre de la Patria. Regidor del ayuntamiento en Bayamo libre, allí luchó por la abolición de la esclavitud. Fue director del primer órgano periodístico mambí: El Cubano Libre. Dirigió la Biblioteca Nacional de Guatemala, y escribió el himno nacional de ese país centroamericano. Rubén Darío –con fervorosa admiración-- lo llamó “Benvenuto del verso”.
Por su parte, Enrique Piñeyro se distinguió en la crítica literaria, el periodismo, la docencia y la abogacía. Tuvo un destacado papel dentro de la emigración independentista, y sobre él pesaba una condena a muerte decretada por el poder colonial.
El violinista habanero Claudio José Domingo Brindis de Salas Garrido, a pesar de haber transitado durante su vida de triunfo en triunfo, murió rodeado por la miseria, en Buenos Aires. Por sus maravillosas ejecuciones musicales, se le llamó “El Rey de las Octavas” y “El Paganini Negro”. Un crítico comentó que el violín había sido hecho para él.
También fallece, en aquel lejano 1911, Ramón Meza, crítico, pedagogo, orador y, por encima de todo, novelista. Su obra Mi tío el empleado desenmascaró sin misericordia las lacras coloniales, con sus canallescos cínicos ennoblecidos, siempre empapados de arribismo e inmoralidad. José Martí dijo que esta novela parecía teatro de títeres… de fúnebres títeres.
Y… ¿qué más sucedía en Cuba?
Los catalanes de Guantánamo andan entusiasmadísimos, fundando la organización Blok Nacionalista Cathalonia.
Incluyendo a los recién inaugurados Jobabo y el coloso Delicias, 172 centrales azucareros logran una zafra cercana al millón y medio de toneladas.
Los veteranos están escenificando una muy justificada tángana, porque entre los nombrados para ejercer cargos públicos hacen mayoría sus antiguos enemigos bajo la Colonia: guerrilleros y traidores.
También por entonces, fijan el jornal mínimo de los trabajadores estatales en un peso con veinticinco centavos, y sale al mercado la cerveza Polar.
La habanera refinería Belot está vendiendo un combustible iluminante cuyo nombre comercial se convertirá entre nosotros en sinónimo de queroseno: “Luz Brillante”.
Se constituye el Colegio Médico de Cuba.
Traen los restos de Félix Varela a la tierra que tanto amó. Las autoridades eclesiásticas y las universitarias se disputan el protagonismo en el hecho. Las segundas acusan a las primeras de haber impedido la ascensión del presbítero independentista en la jerarquía de la Iglesia, y de dejarlo morir hambriento y con la sotana rota.
Nacen el líder sindical comunista Lázaro Peña; el crítico, profesor y diplomático José Antonio Portuondo; el teatrólogo y escritor costumbrista Eduardo Robreño. Y a la música cubana le llegan Bola de Nieve, Antonio Arcaño, Eduardo Saborit, Armando Romeu González, Arsenio Rodríguez. Y también El Guayabero, quizás para que nunca dejásemos morir a la sonrisa.