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LA NACIENTE UNIÓN.

ROBERTO FERNÁNDEZ RETAMAR.

La Unión de Escritores y Artistas de Cuba nació del Congreso de Escritores y Artistas cubanos que se realizó en el Hotel Habana Libre, en agosto de 1961. Los que íbamos a tener responsabilidades en la dirección de aquélla habíamos participado vivamente en las sesiones a menudo aciclonadas (al menos esa fue mi experiencia) de dicho congreso. Para su preparación existía una comisión gestora cuyo presidente natural era Nicolás Guillén, siendo Alejo Carpentier y yo los vicepresidentes, y Pablo Armando Fernández el secretario. Cuando la Unión cumplió treinta y cinco años, se me pidieron unas palabras para un acto realizado en el Teatro Nacional. No quisiera repetir lo entonces dicho. Pero tampoco puedo tener dos memorias de los mismos hechos, de modo que el lector y la lectora de estas líneas deben perdonarme el que me repita un poco. En mi intervención en el congreso de marras expresé mi (nuestro) rechazo a «toda voluntad de limitar la rica variedad de formas y tendencias», toda «premeditada exclusión de quienes no comulgan con nuestras credos estéticos», a la vez que afirmé que no teníamos «ni la más remota intención de crear una especie de beatífica sociedad de recreo, hecha de sillones, hastío, dominó y atardeceres de humo y chismorreo», y por supuesto proclamé nuestro amor a una revolución entonces muy nueva, cuya esencial voluntad de justicia ya nos había ganado el corazón. En aquella ocasión, rendí homenaje a un querido y admirado compañero, el poeta Rolando Escardó, muerto en accidente mientras preparaba un encuentro que anunciaba al congreso; y en mis palabras de hace diez años, evoqué la memoria de otro valioso compañero, Pepe Rodríguez Feo, quien, habiendo sido millonario, fue luego alfabetizador, y al morir era bibliotecario de la Unión. Hoy son muchísimos los desaparecidos que debía mencionar, y en nombre de todos, por sus tránsitos relativamente recientes, lo haré con Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí, y Luis Suardíaz.

Hará pronto cuarenta y cinco años, terminado el congreso, contábamos con un hermoso local, que había sido la residencia del banquero Gelats (cuyo fantasma se decía que caminaba en las noches), y con buenos deseos, pero no con mucho más. Había que organizarlo todo. Por ejemplo, lo que entonces se llamaban las secciones, referidas a las distintas artes; y las filiales, en las provincias. También había que impulsar la faena editorial, y crear las publicaciones periódicas, que aparecerían al año siguiente: La Gaceta de Cuba y la revista Unión. Nicolás estaba a la cabeza de ambas: en La Gaceta, con la colaboración de Lisandro Otero (no olvidar que tanto Nicolás como Lisandro eran, y Lisandro sigue siéndolo, periodistas de raza), y en la revista, con las de Alejo y yo, a quienes pronto se sumó Rodríguez Feo.

No puedo en tan poco espacio intentar meter la historia inicial de la UNEAC: siglas que, entre paréntesis, no corresponden a «Unión Nacional, etc.». La ene está allí para hacer pronunciable las iniciales, que de lo contrario parecerían una arcada. Recuerdo que auspicié su uso, mientras Luis Martínez Pedro diseñó su sello. Ya existían a la sazón el ICAIC y el ICAP, y luego nacería una fauna letrosa de la que iba a burlarse Titón en Muerte de un burócrata. Voy a limitarme a evocar dos momentos. Uno, la conferencia que en 1962 ofreció en los locales de la UNEAC un tal Roger Garaudy, quien, a una pregunta mía sobre por qué era tan mala la pintura soviética del realismo socialista, respondió desfachatadamente que en la Rusia de principios de la Revolución de Octubre no había una rica tradición plástica. Cuando le mencioné nombres como los de Chagall, los futuristas, los constructivistas y muchos más, replicó airado que así hablaban en su país los contrarrevolucionarios, a lo que yo correspondí diciéndole que así hablaban en el mío los ignorantes. La noche se puso tensa. El otro momento fue la Crisis de Octubre de ese 1962. Con motivo de la situación tan amenazante que vivíamos, propuse a Nicolás crear un Taller para producir los escritores y artistas obras emergentes. Nicolás acogió con entusiasmo la propuesta y encabezó dicho Taller, el cual, entre no pocas cosas, contó con un pequeño periódico así llamado, dirigido, creo, por Félix Pita Rodríguez. Nicolás, Pablo Armando, Luis Marré y yo estuvimos entre los muchos que escribimos entonces poemas de ocasión, el más bello de los cuales fue uno breve hecho por Marré. Y aquí, querida compañera Ana Llerena, se me acaba el espacio.