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¿DÓNDE ESTÁN LOS ENEMIGOS DE CUBA?

Fecha de publicación 21/12/2009

 
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Por: Delio G. Orozco González.
Historiador.
Vice-Presidente UNEAC.
Manzanillo, Cuba.

Ante el agobio de un sinnúmero de obligaciones personales, existenciales y también profesionales; dedicarle tiempo a la sinrazón puede parecer un contrasentido; sin embargo, el cumplimiento del deber radica en hacer en cada instante y lugar lo que cada circunstancia demanda (sentido del momento histórico según Fidel Castro), y levantar la voz, también el alma ante la injusticia para decir lo que se siente, expresar lo que se piensa y solidarizarse con los compañeros en el momento que más lo necesitan, es imperativo moral y obligación práctica, mas no sólo para el hoy; sino, para el mañana por lo que importa para la cultura y el arte cubanos; también para la nación.

Cuando en el telecentro Golfovisión de Manzanillo, perteneciente igual que el de Bayamo a la actual provincia de Granma, le dijeron a Ramón Cabrera Figueredo -creador del audiovisual y también de boca-, que estaba prohibida la exhibición de filmes cubanos, no puede menos que hacerme una pregunta que comparto con ustedes y en esta breve reflexión, honrada hasta la médula, trato de responder: ¿dónde están los enemigos de Cuba?

La isla es el fin, no el medio; el medio es la revolución, y en mi sincera y no comprable ni vendible opinión, es el medio que más ha hecho hasta ahora por el país; ambos tiene muchos y variados enemigos, dentro y fuera, conscientes e inconscientes. «Enemigos blandos» son aquellos que desde dentro y de modo inconsciente -la más de las veces, estimo yo-, matan la fe, dinamitan el espíritu público, quiebran la esperanza y alejan la utopía, por cuanto físicamente viven en Cuba y militan con la revolución; empero, intelectual, emocional y en la práctica diaria comulgan contra ella, en tanto el resultado de su praxis deviene desacierto real y laceración en más de un sentido; lamentablemente, de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno. Estos enemigos son los más, y la clasificación de «blandos» también les viene porque de seguro saldrían al ruedo sin temor ninguno a coger el toro por las astas -junto a muchos de nosotros-, si por desgracia la corrida se plantease; los menos -al igual que algunos de nosotros-, buscarían refugio en las paredes de la barrera. No obstante, la rudeza de los errores cometidos por estos «enemigos blandos» puede llegar a ser dramática; no se olvide que por dinero se mata pero no se muere, se muere por ideales, y si el daño inflingido por ellos llegase a ser sostenido y no revertido, logrando erosionar de tal modo las ideas que sostienen el empeño nacional, la experiencia de lo sucedido allende el mar, a 9550 kilómetros del Caribe, nos hablan de un amargo acontecer que la mayoría de los habitantes del verde caimán no queremos compartir.

Una relación sistémica de causales conducen a funcionarios, administrativos y políticos a obrar contra la ínsula y su revolución, o dar lugar a lo que Joel James llamó «el contra sí»: en primer lugar, ignorancia «sobre el estado del arte» de los temas que vetan, acorralan o menosprecian y aquí el llamado del Che en su fundacional ensayo El socialismo y el hombre en Cuba, a elevar el nivel intelectual de los funcionarios sigue siendo una asignatura pendiente en muchas de las estructuras de poder intermedias; segundo, la falta de una sistémica cultura del debate impide el natural intercambio entre actores sociales y estructuras de poder; necesitadas estas últimas como nunca antes de recibir, en una realidad tan diversa, polisémica y multiforme como la actual, las resonancias definitivamente esenciales que, proveniente de la masas esenciales del pueblo y en este caso de su vanguardia intelectual, les permita, de modo creador, situarse al frente de la conducción nacional; tercero, la persistencia estereotipada del funcionario socialista, el cual, por su condición (relaciones, puesto, influencias, beneficios y estructura de mando), cree no equivocarse y servir ciegamente al país si cumple con las orientaciones emanadas desde «arriba», aún a todas luces desacertadas; y en cuarto lugar, quizás consecuencia o corolario, la creencia altamente tóxica y destructiva de que la libertad individual, la diversidad, la honradez intelectual y novedad creadora, resultan enemigos de Cuba y su revolución y no su baluarte espiritual más firme.

Llegados a este punto y con el objeto de restarle significación al aforismo de Enrique José Varona, quien decía que todo el mundo prevé catástrofes pero nadie ofrece soluciones; habría que empezar por buscar una salida honorable al conflicto, cuestión esta que pasa -antes que todo-, por la restitución incondicional de Juan Ramírez Martínez y Alexander Delgado Sosa a sus puestos de guionista y director respectivamente en el telecentro bayamés.

Deglutir y sacar experiencias de estos infelices acontecimientos, es obligación ineludible de todo político cubano contemporáneo y ello significa iniciar, de forma definitiva y permanente, un sostenido diálogo que derive en aprendizaje continuo entre las estructuras de poder en la provincia Granma, los telecentros de Bayamo y Manzanillo y la UNEAC, como garantía básica para evitar la repetición de lo sucedido; además de que su ejecución sistémica devendrá ejercicio potenciador de buenas prácticas gubernativas, no sólo para esta parte de Cuba; sino, en todo la ínsula.

La selección de regentes para telecentros debiera contemplar, como condición ineludible, la suficiencia probada de los candidatos en el mundo del audiovisual y la TV; no perdamos de vista que nadie da lo que no tiene ni ama lo que no conoce.

Finalmente, la preparación y superación de cuadros, funcionarios y administrativos, especialmente los vinculados al mundo de los audiovisuales, debería contemplar no sólo cursos técnicos; sino, los más importante según nuestra experiencia: aquellos que demuestren que la cultura cubana ha sido y es un proceso de fundación y refundación constante; donde la búsqueda constante de la libertad, ora individual, ora colectiva, se yergue en su núcleo duro; donde se explique de modo tácito aquel aforismo de Pascal que fijaba de modo inapelable que la unidad que no contempla la diversidad conduce a la tiranía; un curso constante que explane y demuestre en la práctica diaria que revolución es cambio, es transformación, es asombro y no sólo para unos pocos; sino, para todos, porque sólo entre todos será posible construir una nación en la cual la dignidad humana sea algo más que aspiración y postulado constitucional; sea -como quería Martí-, fórmula del amor triunfante.
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