homeIr atrás

 

¿QUIÉN SE OCULTA TRAS EL RACISMO?

Fecha de publicación 17/02/2010

 
Por Roberto Fernández García
El importante papel jugado por el negro africano y su descendiente, el negro criollo, en la formación de la nacionalidad cubana, es lo que me propongo abordar, tanto desde el ángulo histórico como cultural; así como la connotación de lo racial en el plano social, constitucional y jurídico en general; así como...

Por Roberto Fernández García

El importante papel jugado por el negro africano y su descendiente, el negro criollo, en la formación de la nacionalidad cubana, es lo que me propongo abordar, tanto desde el ángulo histórico como cultural; así como la connotación de lo racial en el plano social, constitucional y jurídico en general; así como ayudar, en la medida de mis posibilidades, a combatir los prejuicios que, en ese sentido, aun subsisten en nuestra sociedad; los que, con frecuencia, obstaculizan -y no pocas veces llegan a impedir- a muchos compatriotas negros el total disfrute de sus derechos constitucionales, con independencia de lo regulado al respecto por la ley, y las buenas intenciones del gobierno. También me parece importante alertar acerca de la manera en que los enemigos internos y externos tratan de utilizar en la actualidad el rezago del racismo contra nosotros mismos.

El esclavo africano, arrancado violentamente de su tierra y trasplantado a suelo extraño por manos hostiles -tan foráneas y ajenas a estos parajes como él mismo- a pesar de su condición social inferior en aquel sistema de explotación salvaje y trato inhumano pudo, supo y quiso prender, reverdecer, crecer, florecer y fructificar en lo que, sin duda alguna, era un verdadero valle de lágrimas; hasta llegar a convertirse, durante un largo y tortuoso proceso de acriollamiento -junto a los españoles que antes lo esclavizaron y a los chinos, llamados colonos, pero tan esclavos como los otros- en el componente negro de esa mezcla que hoy llamamos cubanía; ingrediente sin el cual, según mi opinión, podríamos haber sido cualquier otra cosa; pero jamás habría fraguado la nacionalidad cubana tal cual es en nuestros días.

Esa parte integrante del pueblo -tan importante como las demás- que siguió siendo semiesclava después de abolida la esclavitud, y discriminada a pesar de la proscripción de la discriminación racial en las dos constituciones prerrevolucionarias -como semiesclavos y discriminados éramos todos los pobres por más blancos y rubios que fuéramos- hoy goza, al menos legalmente, de los mismos derechos constitucionales que el resto de los cubanos; y la política oficial del gobierno y el estado se encamina en ese sentido. Pero, aunque nos duela reconocerlo, esos derechos teóricamente inviolables se violan a diario, a título personal, incluso por representantes de la autoridad estatal de distintos niveles y en diferentes esferas de la vida nacional; por lo cual resulta imprescindible hacer todo lo posible por impedir dichas violaciones, y así contribuir de alguna manera a erradicar esa peligrosa tendencia que pretende desconocer a uno de los componentes básicos de nuestra nacionalidad, la que, además, jugara un rol imposible de olvidar en nuestras gestas libertarias, con el cual ganó un lugar cimero en la Historia patria.

La discriminación racial en Cuba, y en toda América, comenzó con la llegada de los colonizadores europeos a finales del siglo XV, los que sometieron a la más humillante y generalizada esclavitud a la población aborigen, colocándola en las peores condiciones de trabajo esclavo y una existencia infrahumana, lo cual condujo, por lo menos en Cuba y el resto de Las Antillas, a la extinción casi total de la población autóctona en sólo unas pocas décadas, fuerza de trabajo que pronto los colonos españoles comenzaron a sustituir por esclavos africanos. Según el Dr. Julio Fernández Bulté en su libro Historia del Estado y el Derecho en Cuba, en dato que atribuye al Dr. Torres Cuevas, la primera autorización oficial para la introducción de negros esclavos en Cuba, la expidió la Corona española en el año 1501. Y poco tiempo después, con el fin de dar solución a la escasez de mano de obra esclava, dada la creciente despoblación de la Isla a causa de la alta mortalidad de sus pobladores originarios, desde 1526 se autorizó la entrada de 1000 esclavos negros anualmente; cifra que, en la medida en que se incrementó el cultivo de la caña y la producción azucarera, creció enormemente, hasta llegar el momento, allá por los finales del siglo XVIII y principios del XIX, en que la población negra de la Isla era superior a los blancos.

Fue así que, desde época muy temprana, se extendió y desarrolló el lucrativo negocio conocido como la trata de esclavos, en el cual estuvieron involucradas, desde sus inicios, las principales potencias económicas de entonces, a saber, España, Portugal, Inglaterra, Francia y Holanda, la mayoría de las cuales encontrara en esa forma de horrible comercio humano, la principal vía para engrosar sus arcas y rebasar triunfalmente desde etapa muy precoz, la fase de la acumulación originaria de capitales, la que permitiría el ulterior ascenso indetenible de la clase burguesa en Europa Occidental y en el apéndice anglosajón de las Trece Colonias Británicas de Norteamérica.

Al mismo tiempo, la trata negrera y la explotación de mano de obra esclava jugarían un rol decisivo en el enriquecimiento de las principales familias criollas que luego integrarían la oligarquía nacional, la que llegaría a ser aliada natural de todos los gobiernos entreguistas que existieran a lo largo de los primeros cincuenta y siete años de vida republicana en Cuba, y subordinada incondicional de la metrópoli neocolonial.

Durante más de tres siglos y medio –según el Dr. Fernández Bulté en la referida obra, citando al historiador W. E. B. Du Bois- la cantidad de africanos capturados en el interior del continente para ser trasladados a América, incluyendo a los que murieron durante las razzias de captura, el traslado a través de la selva hasta los puntos de concentración y embarque en la costa africana, y la ulterior travesía por del Atlántico hasta el Nuevo Mundo, se calcula en unos sesenta millones de personas, jóvenes, adolescentes y niños; cifra que, para algunos historiadores, aun parece modesta.

Durante aquellos más de trescientos cincuenta años de coloniaje y gestación del criollismo, poco a poco el esclavo dejó de ser africano para hacerse, primero criollo y, finalmente cubano, en la misma medida en que tal proceso ocurriera con los descendientes de españoles y de otras minorías europeas y asiáticas; con la característica de que el negro –esclavo o liberto- totalmente y desde siempre, fue parte integrante del pueblo, de la gente de abajo, de la más humilde escala social. Lo que se me ocurre definir como una especie de mestizaje no sólo racial, sino también socio-cultural, que lo convirtió en el componente indispensable de la cubanía, e ingrediente insustituible de la cultura nacional y la nacionalidad cubana.

El negro criollo soportó la afrenta de la esclavitud con la alegría y las tristezas propias de la tierra de sus ancestros. Las diversas culturas autóctonas entre la multitud de etnias que integraron la masa de esclavos en las nuevas y difíciles condiciones de existencia, pronto se fusionaron para dar nacimiento a una mezcla cultural que también absorbió numerosos elementos de la cultura peninsular, como fueron el canario y el gallego, igualmente pobres y, como ellos, desarraigados de su terruño por la fuerza, para aplatanarse en esta Isla y unir su suerte futura a la nueva nacionalidad que se gestaba, de la cual formarían parte los descendientes de ambas vertientes raciales, al hacerse parte de las capas explotadas, en los campos y en los barrios pobres, ya fuera como jornaleros en las colonias cañeras, u obreros de la industria azucarera; estibadores portuarios o en los almacenes de azúcar, peones ferroviarios o de la construcción, dando origen así a algo nuevo en el terreno cultural, el que incluyó tanto lo folklórico, como lo musical, lo danzario, lo lingüístico, lo estético, lo tradicional y lo religioso. La condición de ser el más explotado y humillado de la última escala social -unido al proceso de transculturación que transformó en algo nuevo y diferente al descendiente de africano oriundo de la Isla- situó al negro criollo en el centro de las luchas del naciente pueblo cubano contra el coloniaje, lo que se vio alimentado por su natural y ancestral ansia de libertad, su fortaleza física y su capacidad innata para soportar el sacrificio y el dolor, cualidades que, desde tiempos remotos, lo habían hecho fuerte ante las adversidades. Así fue como también, el negro criollo se convirtió en protagonista de nuestras gestas libertarias, desde los primeros atisbos del abolicionismo y el independentismo, en cuanto dichas corrientes aparecieron y tomaron fuerza en la Isla, hasta el estallido de las guerras contra el poder colonial español, en las cuales su participación fue decisiva.

De esa manera, estuvo presente aquel sábado día 10 de octubre de 1868 en el ingenio Demajagua, junto a Carlos Manuel De Céspedes y sus principales colaboradores, cuando el Padre de la Patria lanzara el grito de independencia o muerte y diera el ejemplo de voluntad abolicionista a sus seguidores, otorgando la libertad a los propios esclavos; decisión que el mismo hiciera extensiva a toda la Cuba insurrecta, cuando rubricara, en la madrugada del domingo 11, la histórica Declaración de Independencia, en la cual afirmara: “…nosotros creemos que todos los hombres son iguales…”, igualdad que tomara forma jurídica al ser recogida en el Decreto del Ayuntamiento Libre de Bayamo el 27 de diciembre de aquel propio año, la cual manifestaba: “Cuba libre es incompatible con Cuba esclavista, y la abolición de las instituciones españolas debe comprender, y comprende por necesidad y por razón de la más alta justicia, la de la esclavitud, como la más inicua de todas.”; abolición que fuera posteriormente refrendada el día 10 de abril de 1869 al aprobarse en el pueblo camagüeyano de Guáimaro, la primera Constitución de la República de Cuba en Armas, quedando así establecida la voluntad constitucional del pueblo de Cuba, en cuanto a la igualdad de derechos de todos los ciuidadanos, sin distinción de razas; lo cual quedaría sellado con la sangre de los cubanos todos, durante diez largos años de sacrificios y heroísmo sin par.

En el ideario y la práctica martianos, también queda clara la posición del Apóstol de nuestra independencia con respecto a la igualdad plena de los cubanos, lo cual se pone de manifiesto intrínsecamente, entre otros documentos, en las Bases del Partido Revolucionario Cubano, cuando en la IV base expresa el propósito de: “…fundar en el ejercicio franco y cordial de las capacidades legítimas del hombre, un pueblo nuevo y sincera democracia…” O en aquellos vibrantes versos de su adolescencia que nos hacen temblar de indignación y emoción cuando dice: “Rojo, como en el desierto,/ Salió el sol al horizonte/ Y alumbró a un esclavo muerto/ Colgado a un ceibo del monte./ Un niño lo vio, y tembló/ De pasión por los que gimen,/ Y al pie del muerto juró/ Lavar con su sangre el crimen.”

Fue durante aquellos años de sacrificios y luchas contra el poder colonial español, cuando se fraguó, al calor de las batallas, en las largas marchas y a la luz de las hogueras en las noches de vivaqueo, la hermandad entre negros y blancos; esa mancomunión que sólo nace, crece y se fortalece entre los hombres de voluntad de acero, que comparten hombro con hombro las grandes privaciones, los horrores, los esfuerzos comunes y el heroísmo cotidiano de la guerra por una causa justa.

Sin embargo, a pesar de la decisiva participación de la población negra en las tres guerras contra España, en los años de estreno de la supuesta independencia, democracia y vida republicana, la situación real de este segmento de la población cubana fue mucho peor que la del resto. La discriminación racial aumentó y, con la misma, la consiguiente marginación social, el desempleo, el analfabetismo, etc., al mantenerse intacta la conciencia esclavista y discriminatoria heredada de la larga etapa colonial, sin que ninguno de los gobiernos republicanos tomara medida alguna, tanto en lo económico, lo social como en lo jurídico, que permitiera el reconocimiento del negro como ser humano y patriota, y le otorgaran los derechos que tales condiciones reclaman.

Dicha situación empeoró en la misma medida en que la oligarquía nacional copiara el ejemplo de la cultura importada de los Estados Unidos, llegando al extremo de desconocer los méritos históricos de prestigiosos generales y altos oficiales del Ejército Libertador durante las guerras de independencia contra España, como fue entre otros el caso del General Quintín Banderas, situación que llegó a empeorarse de manera tal, que llegara a provocar el enfrentamiento de numerosos luchadores negros a lo largo y ancho de todo el país, alcanzando su momento más álgido con la organización, a finales de 1911, del Movimiento de los Independientes de Color, liderado por Evaristo Estenoz y del cual formaran parte altos oficiales del mambisado, como lo fueron el coronel Ivonet y el General Fournier; movimiento que, a principios de 1912, diera lugar a un levantamiento armado que se generalizó por las provincias de Pinar del Río, La Habana, Las Villas y Oriente, el que terminara con una masacre nacional, no sólo dirigida contra los involucrados en el alzamiento en las provincias donde el mismo se escenificó, sino que se extendió con mayor o menor intensidad, saña y crueldad, contra la población negra en general de todo el país, sirviendo el supuesto proceso de pacificación como pretexto para reprimir al sector más explotado y oprimido durante toda la Historia de Cuba, represión que tuvo el carácter de una macabra advertencia para los muchísimos negros veteranos de las guerras de independencia y sus descendientes, que mantenían vivos los ancestrales sueños de libertad que alentaron a sus antepasados a tomar las armas junto a Céspedes, Agramonte y Martí, y produjera hombres de la talla de los Maceo, Guillermo Moncada y Flor Crombet, entre muchísimos otros.

Ya en plena república, la Constitución de 1940, bajo la constante presión de la clase obrera y los comunistas cubanos, todos bajo el liderazgo de Lázaro Peña y Blas Roca, y gracias a la presencia en la Asamblea Constituyente de varios representantes de dichos sectores y del propio mambisado, se logró que la Carta Magna, que entonces fuera redactada, proscribiera la discriminación racial; aun cuando, a la larga, dicho texto constitucional se convirtiera, de hecho, en letra muerta, dada la falta de voluntad política por parte de los gobiernos de turno para promulgar la necesaria legislación complementaria que posibilitara hacer cumplir los preceptos constitucionales refrendados en la flamante Ley de Leyes.

En tanto, la vida de la población negra y la de todos los trabajadores en general -también pobres, explotados y discriminados por los ricos- en realidad apenas se diferenciaba, por lo que en la mayoría de las regiones del país, durante aquellos años duros de la república de chambelona y plan de machete, continuó y se fortaleció la hermandad entre blancos y negros, no sólo por sufrir ambas partes la misma situación económica y discriminatoria, sino también porque esos lazos de fraternal camaradería y solidaridad se robustecieron en la lucha contra los regímenes entreguistas que se sucedieron entonces; lazos que también se fortalecieron en lo cultural, dada la capacidad y gracia innata del negro para las manifestaciones artísticas, máxime formando parte de una cultura popular en la que lo africano había aportado el componente principal durante siglos, en medio de una sociedad de exclusión en la cual la cultura elitista de la refinada clase dominante siempre estuvo lejos del alcance de los pobres, con independencia del color de la piel. En aquellos años terribles de la república neocolonial, se destacaron importantes líderes y luchadores negros, tanto sindicales como comunistas y revolucionarios en general, como fueron Jesús Menéndez, Aracelio Iglesias, Gerardo Abreu Fontán y otros muchos, que dieron sus vidas enfrentado las injusticias sociales en beneficio de todos los cubanos, sin distinción de razas.

Las dos primeras décadas de la Revolución Cubana fueron de una febril actividad política, militar, económica y social, en la que participó todo el pueblo revolucionario de Cuba entera. La defensa de la Revolución frente a los intentos ingerencistas y los ataques por parte de los sucesivos gobiernos de los Estados Unidos; el combate contra las diversas organizaciones contrarrevolucionarias y las bandas de alzados en distintas regiones del país, la acción colectiva para frustrar los actos de sabotaje, atentados y terrorismo en general, la derrota de la invasión por Playa Girón y el haber corrido los mismos riesgos durante los días de la Crisis del Caribe; así como los esfuerzos mancomunados en el terreno de la producción, las zafras del pueblo y las movilizaciones estudiantiles para la recogida de café en la Sierra Maestra y la Campaña Nacional de Alfabetización; la construcción de fábricas, escuelas, hospitales y pueblos campesinos, fueron importantes factores que contribuyeron de manera decisiva a fortalecer la integración de la población cubana humilde, trabajadora y explotada; integración que ya existía desde hacía siglos. Aquella mancomunidad de ideas, de intereses y de esfuerzos por echar adelante las tareas de la Revolución y el bienestar colectivo, unió mucho más al pueblo en torno a la causa común, y lo identificó como uno solo, eliminando las diferencias raciales, sociales o de otra índole.

Digan lo que digan hoy los enemigos, los traidores, los resentidos y los papagayos leguleyescos pagados por el imperio y sus aliados sobre la existencia de discriminación racial en la Cuba de hoy por parte del gobierno; así como los discursos de esas voces traidoras, defensoras a ultranza de las supuestas bondades del constitucionalismo republicano prerrevolucionario, al cual algunos pretenden tomar como modelo de perfección, e intentan hacer resucitar como ideal para el hipotético caso de un nuevo proceso constituyente al estilo burgués en el país, con el cual sueñan para hacernos retroceder al pasado; vale la pena recordarles que, con independencia de las buenas intenciones que movieron a los constituyentitas de 1940, y sin tratar de negar el nivel de perfección técnico-jurídica de aquella Ley Fundamental, y su contenido progresista para la época, ni tampoco querer ocultar las deficiencias e insuficiencias de nuestra actual Ley de Leyes y su aplicación práctica, cuando único el pueblo todo de Cuba estuvo legalmente protegido contra cualquier forma de discriminación, ha sido con la Revolución de Fidel Castro, lo cual queda demostrado en el actual texto constitucional, el que expresa en su Artículo 41: “Todos los ciudadanos gozan de iguales derechos y están sujetos a iguales deberes.” Y el Artículo 42 amplía: “La discriminación por motivo de raza, color de la piel, sexo, origen nacional, creencias religiosas y cualquier otra lesiva a la dignidad humana, está proscrita y es sancionada por la ley”. Y amplía en el párrafo siguiente: “Las instituciones del estado educan a todos, desde la más temprana edad, en el principio de igualdad de los seres humanos.”

Por su parte, la Ley 62 /88, Código Penal, regula en su Capítulo VIII el delito contra el derecho de igualdad, y con relación al mismo establece en su Artículo 295:
1) “El que discrimine a otra persona, o promueva o incite a la discriminación, sea con manifestaciones o ánimo ofensivo a su sexo, raza, color de la piel u origen nacional o con acciones para obstaculizarle o impedirle, por motivos de raza, sexo, color u origen nacional, el ejercicio o disfrute de los derechos de igualdad establecidos en la Constitución, incurre en sanción de privación de libertad de seis meses a dos años, o multa de doscientas a quinientas cuotas o ambas.
2) En igual sanción incurre el que difunda ideas basadas en la superioridad u odio racial o cometa actos de violencia o incite a cometerlos contra cualquier raza o grupo de personas de otro color u origen étnico.”

No obstante lo dicho, no pretendo tapar el sol con un dedo, pues a pesar de lo refrendado en la Constitución con relación al derecho de igualdad para todos los cubanos, así como lo establecido en el Código Penal para los casos de violaciones del mismo, y de la voluntad política del gobierno y el estado -como habíamos anunciado antes- no hay duda de que se dan frecuentes casos en los cuales se pone de manifiesto la subsistencia de prejuicios raciales en no pocos miembros de la sociedad, al mismo tiempo que se violan muchos de estos derechos por parte de numerosos ciudadanos. Algunas de estas manifestaciones discriminatorias y violaciones de lo establecido al respecto en las leyes pueden apreciarse a diario en plena calle, y se producen con evidente brusquedad, maltrato y abuso de poder por parte de no pocos agentes de la autoridad. Son frecuentes los casos que tienen lugar en el medio laboral, sobre todo en sectores económicamente privilegiados, en los cuales, increíblemente, se practican diversas formas de discriminación racial, las que tienen lugar más o menos de manera sutil y velada, por parte de administraciones plagadas de burócratas, en contubernio con dirigentes de base del Partido y los Sindicatos, incondicionales a directores oportunistas y corruptos, lo cual se hace casi silenciosamente, silencio que no atenúa sus consecuencias; en tanto, durante la celebración de reuniones administrativas, partidistas y sindicales, y actos matutinos, se repite demagógicamente el discurso oficial y se asegura a gritos que entre nosotros no existe discriminación racial, ni por razón de sexo ni de origen social o regional.

El escaso nivel escolar, la falta de idoneidad y la ausencia de profesionalidad ha llegado a imperar en una parte considerable de los miembros del aparato de seguridad pública y los organismos dedicados a las tareas de inspección y control en diversas esferas económicas y sociales, en primer lugar debido al desinterés que llegó a existir por el trabajo en dichas actividades, provocado por la incorrecta estimulación económica de las mismas, y después, por la falta de una correcta selectividad de las personas a las cuales se les dio ingreso en esas instituciones; todo esto unido al incremento de las actividades antisociales, delictivas y violatorias de la legalidad en general, y la necesidad urgente de enfrentarlas, agravado por la progresiva pérdida de valores en las jóvenes generaciones como consecuencia del abandono de la educación formal, a deficiencias prolongadas en el Sistema Nacional de Educación y a las consecuencias negativas que han afectado el sistema subjetivo de valores de la mayor parte de la población, debido a la interminable insatisfacción de las necesidades materiales y la devaluación de la moneda. Todos esos factores, entrelazados entre sí, han traído como consecuencia un creciente deterioro de la ética profesional en buena parte de los agentes y funcionarios del orden público, la inspección y el control.

Son incontables los casos que se dan todos los días en muchas ciudades del país, en las cuales agentes de la autoridad escogen a simple vista, al azar y por su libre arbitrio, entre la multitud, a jóvenes negros de ambos sexos que circulan libremente, al igual que los demás ciudadanos, y así porque sí, les ordenan detenerse en plena calle, les exigen el carné de identidad y, acto seguido, en franca violación de los derechos de inviolabilidad de la persona refrendados en el Artículo 58 de la Constitución de la República, le requisan el equipaje o cualquier tipo de pertenencia que la persona lleve consigo. Y, si al agente algo le parece sospechoso –parecer que se da siempre con los negros- retiene al ciudadano durante el tiempo que considere necesario, a fin de trasmitir por radio sus generales a la unidad de la PNR para que el mismo sea verificado a través de la computadora. Si la persona afectada se queja del trato incorrecto, puede ser objeto de una multa por “falta de respeto a la autoridad”; incluso, ser conducido hasta la Unidad, donde podría permanecer, por lo menos, veinticuatro horas en un calabozo.

Una forma más enmascarada y demagógica del racismo es la que se aplica, como ya se dijo entes, en el ámbito laboral, especialmente en los sectores ya mencionados, donde la burocracia oportunista y corrupta ha llegado a copar la mayoría de los niveles de dirección, al tiempo que se ha rodeado de elementos tan oportunistas y corruptos como ellos, los que poco a poco se posesionaron de los cargos de dirección a nivel intermedio y de base, así como de las organizaciones de base del Partido y las Secciones Sindicales, todos los cuales integran los Consejos de Dirección de dichas empresas. Son estos individuos los que casi siempre, apelando a diferentes trampas, subterfugios, mecanismos burocráticos y actitudes deshonestas, les cierran el camino y obstaculizan el desarrollo a profesionales negros que se destacan por su capacidad, dedicación y resultados de trabajo; de manera que se las arreglan para impedirles el acceso a cargos superiores y otras ventajas que se adjudican ellos mismos, con las que suelen estimular a sus acólitos.

Un ejemplo de tales prácticas lo tenemos en la ciudad de Varadero, en la cual, a lo largo de este medio siglo, los negros que han ocupado cargos de dirección en el sector del turismo se pueden contar con los dedos de una mano; Incluso, aun en estos momentos, no son frecuentes los negros que trabajan en la recepción de hoteles, en los restaurantes de especialidades, ni en tiendas de lujo o importantes centros comerciales; deficiencia de las que, muchas veces, se culpan a los gerentes extranjeros, a los que tildan de racistas; pero contra las cuales ni las administraciones cubanas, ni las organizaciones del PCC, la UJC o las secciones sindicales, suelen mover un solo dedo para obligarlos a cumplir y respetar la legislación laboral vigente en todo el territorio nacional, con independencia del tipo de empresa de que se trate y la forma de propiedad de la misma.

El incremento del bloqueo imperialista después del derrumbe del campo socialista de Europa del Este, y la entrada del país en esta etapa que se ha dado en llamar período especial, con sus escaseces y limitaciones de todo tipo; unido a la propaganda a favor de la sociedad de consumo que –quiérase o no- ha sido favorecida por la apertura del turismo internacional, la circulación de la doble moneda y el mercado en divisas, incrementaron las desigualdades sociales que, de hecho, subsisten –porque tienen que subsistir temporalmente- en el socialismo, contribuyendo así a distanciar a muchísimas personas integrantes de los grupos sociales de escaso nivel de desarrollo escolar, cultural, político e ideológico, encerrándolas espiritual y materialmente en su micromundo individual y familiar, lo que ha propiciado el aumento de las conductas individualistas y egoístas, en correspondencia con ese sentimiento de “sálvese quien pueda” propio de la sociedad burguesa, el cual –por razones obvias expresadas en trabajos anteriores- subsiste en la conciencia de importantes segmentos del pueblo durante el período de tránsito del capitalismo al socialismo.

El retroceso económico que hemos experimentado en estos últimos veinte años ha hecho renacer numerosos rezagos ideológicos y espirituales en sentido general propios de la sociedad capitalista, que indudablemente habíamos logrado atenuar durante las primeras décadas revolucionarias, pues las miserias materiales no sólo resucitan las viejas miserias espirituales, sino que engendran nuevas calamidades morales que ya, prácticamente, muchos habían olvidado.

Los adelantos que experimentamos durante aquellos años en la creación de la base económica para construir el futuro socialista, permitió un creciente nivel de satisfacción de las necesidades materiales y espirituales de la población; lo que, unido la labor educativa y cultural desarrollada por el estado y a la participación mancomunada del pueblo en las tareas de la edificación socialista, hizo posible –aun con el lastre de los defectos, las deficiencias y las violaciones económicas que siempre hemos arrastrado en nuestro proceso revolucionario- que se comenzara a conformar, en un importante sector de la población, lo que sin lugar a dudas podemos definir como los principios básicos de la nueva forma de conciencia social que habría de desarrollarse, generalizarse y arraigarse definitivamente en las jóvenes generaciones, para convertirse, con el decursar del tiempo y el perfeccionamiento de la base económica, en la conciencia social socialista.

El cambio brusco que impuso la nueva situación económica al incrementar las necesidades materiales y espirituales de todo tipo, pronto comenzó a corroer desde los cimientos el novedoso sistema de valores que el inicial desarrollo económico había permitido alcanzar; aun cuando el mismo tenía un carácter artificial, ya que no estaba en correspondencia con el nivel realmente alcanzado por nuestras propias fuerzas productivas, sino producto de la ayuda de la URSS y otros países supuestamente socialistas.

A partir de entonces, la creciente insatisfacción de las necesidades de la población, así como las muchas medidas restrictivas impuestas con relación a una gran cantidad de actividades de tipo económico e innumerables prohibiciones de diferentes índoles, esquematismos, formalismos y dogmas, -la mayoría de las cuales producto de la burocracia, y muchas de ellas inexplicables, ilógicas y contradictorias- hicieron posible que tanto los valores objetivos presentes en la sociedad, como los valores subjetivos alcanzados por una parte importante de la población; así como también los valores instituidos, defendidos por las leyes y aplicados por las instituciones del estado, comenzaran a perder validez en la conciencia de la gente, aplastados por el peso del pragmatismo pequeño burgués, el individualismo, el egoísmo y la codicia que el empeoramiento de la situación económica y su repercusión en el ámbito social imponían a la mayoría de los ciudadanos.

Entre los valores que más se vieron afectados se encuentran la solidaridad humana; el respeto mutuo, a las buenas costumbres, al derecho ajeno y a la propiedad social; la conciencia sobre la igualdad entre las personas y lo negativo de la discriminación, que no sólo tiene un carácter racial, pues también se aprecian alarmantes aristas en el orden económico, social y regional, entre otras. Las desigualdades económicas en esta etapa, no sólo trajeron consigo la disolución de los nuevos valores, sino la resurrección de los viejos, que se encontraban en el inicio de su período de extinción; los que se han vuelto a arraigar con fuerza en no pocos niños, adolescentes y jóvenes, como consecuencia de la influencia recibida en el seno familiar y el ejemplo nocivo de elementos negativos residentes en la comunidad, amén de otros factores externos que nos llegan por diferentes vías, las que también se han multiplicado, al imitarse modelos de conductas correspondientes a la sociedad capitalista presentes en las manifestaciones culturales con que nos penetra el enemigo a través de sus medios de difusión.

A todo esto hay que agregar la ya aludida pérdida de calidad que, por similares razones, ha sufrido nuestra educación primaria y secundaria, sobre todo en cuanto a la formación de principios éticos y valores sociales, históricos, patrióticos, humanistas, solidarios, etc.; así como a las deficiencias e insuficiencias del trabajo político-ideológico que deberían haber desarrollado y perfeccionado las organizaciones políticas y de masas, y la labor educativa que les corresponde a las instituciones culturales y a nuestros medios de difusión masivos, que no siempre utilizan las formas, métodos y vías más adecuadas, ni se ajustan a las necesidades de nuestra sociedad ni a los intereses de la nación.

Entre las principales pérdidas de la educación cubana en estos últimos veinte años, que ha incidido notablemente en el renacimiento de la discriminación racial, está la ocurrida con la enseñanza de la Historia de Cuba. No se cultiva en los muchachos el amor por la historia patria, ni se les enseña qué y cómo fue la esclavitud en Cuba y América, ni las luchas de los negros esclavos, como tampoco el rol decisivo jugado por esa parte de la población en el surgimiento de nuestra nacionalidad e independencia; ni se les estimula a investigar sobre esta etapa de la historia nacional.

La discriminación del negro es hija de la esclavitud a la que fueron sometidos los africanos en América para beneficio exclusivo de los esclavistas europeos y sus descendientes criollos, la cual engendró el desprecio del blanco esclavista hacia el esclavo humanamente degradado y disminuido a la condición de un ser inferior. Los más de cincuenta años de república neocolonial –ya abolida formalmente la esclavitud- dominada la república por la oligarquía descendiente de aquellos esclavistas, condenaron a la población negra a una situación más miserable y discriminatoria que la de los blancos pobres. Las pésimas condiciones de existencia material y espiritual de dicho segmento poblacional, tanto en la etapa colonial como la neocolonial, degradaron moralmente a gran parte de la misma, condenada al desempleo, el analfabetismo, la insalubridad, a los barrios marginales, los oficios denigrantes; obligados muchas veces a dedicarse a empleos ilegales y desmoralizantes para poder mal vivir. La degradación moral, como consecuencia de la marginación social y económica, siempre fue utilizada por la oligarquía criolla aduladora de los amos gringos, para denigrar al negro e inculcar en la población blanca el falso sentimiento de superioridad –incluso entre los pobres- el desaprecio y la discriminación; resaltando, a través de todo el entramado social y cultural, los supuestos defectos de moralidad y conducta de aquellos a quienes el sistema impuesto por los blancos, había condenado sin remedio aparente.

El actual renacimiento a destiempo de la discriminación racial, independientemente de ser una consecuencia del retraso de la conciencia social, y haber sido favorecida por nuestros contratiempos y desaciertos económicos, así como los errores cometidos en la educación, no se puede ver desligada de la acción de los enemigos externos e internos. Como parte de una actividad subversiva dirigida a encontrar la manera de introducir entre nosotros el Caballo de Troya para la división de la población. Lograr que la juventud blanca se imagine superior, y los jóvenes negros se crean inferiores. Sembrar el odio y los conflictos raciales entre los dos componentes principales de la nacionalidad cubana, con el propósito de desacreditar a la Revolución en el terreno internacional y debilitarla internamente. Ese es el verdadero sentido que tienen las actuales manifestaciones de discriminación racial en Cuba. ¡Detrás de ese racismo está el enemigo! Y aquellos que, a causa de la ignorancia, se dejen llevar por esa corriente divisionista y anticubana, no hacen otra cosa que hacerle el juego al imperialismo y sus acólitos. Con esa actitud se ponen, consciente o inconscientemente, al servicio de nuestros enemigos de siempre, para perjudicar a su propio pueblo, a ellos mismos y a sus familiares; sobre todo a sus hijos, a los cuales les sembrarán en sus conciencias el lastre cultural de la discriminación, la cual los aislará del resto de la sociedad.

La igualdad de todos los seres humanos no puede ser una simple consigna carente de contenido humanista y jurídico; válida únicamente para que –en cumplimiento de la ley- todos seamos atendidos en los centros de salud, asistamos a los mismos centros de enseñanza con iguales derechos, utilicemos los mismos medios de transporte, asistamos a idénticos lugares públicos y así cubrir la forma con respecto a lo que dispone la ley.

La verdadera igualdad entre todos los cubanos, independientemente del color de la piel, el sexo, la raza, el origen nacional o regional, la condición social y laboral, las diferencias de credos o de preferencias sexuales, así como de las capacidades físicas y mentales, no puede ser sólo en el terreno jurídico-constitucional, ni de los servicios básicos que recibe toda la población de parte del estado. Esa igualdad tiene que ser un componente integral de nosotros mismos. La igualdad tiene que estar fusionada con la espiritualidad del cubano, para que vuelva a ser sentida por cada individuo como un elemento imprescindible, un atributo de la cubanía y de la cultura nacional que distingue nuestra identidad nacional y nos diferencia en medio de las desigualdades de un mundo globalizado por la injusticia, la explotación, la discriminación, la ignorancia y la maldad. Pero para recuperar lo perdido en este terreno, tenemos que corregir el rumbo, en primer término, en lo económico, así como en la educación y en lo jurídico. Cultivar, desde la más temprana edad, los valores correspondientes al amor al trabajo y desarrollar las más profundas y arraigadas convicciones de igualdad, colaboración, humanismo, solidaridad humana y patriotismo. Poner en función de ello a los medios de difusión masiva, a todas las instituciones educacionales y culturales –incluyendo la producción literaria dirigida a esos fines-; que el estado establezca la correspondiente política encaminada a exigir y hacer cumplir los preceptos constitucionales y jurídicos en general, que establecen la obligatoriedad de mantener una práctica permanente y generalizada de igualdad para la totalidad de los ciudadanos cubanos, sin distinción de ningún tipo, en todas las esferas de la vida nacional; además de que se apliquen con la requerida rigurosidad las normas penales correspondientes a sus violadores, aun cuando la violación pudiera ser aparentemente, insignificante.

Resulta imprescindible para la supervivencia y perfeccionamiento de nuestra Revolución, cortar a tiempo la resurrección del fantasma del racismo en Cuba. Con ello contribuiremos a salvar la unidad nacional de nuestro pueblo, lo cual es garantía para la libertad, la soberanía, la independencia y la autodeterminación nacionales. De esa manera se impedirá que seamos dominados y absorbidos por el monstruo revuelto y brutal que nos desprecia, sólo por ser cubanos, por habernos liberado de su tutelaje, y dado el ejemplo emancipador a todos los pueblos del mundo; odio que se manifiesta con independencia del color. Para ellos somos, simplemente, latinos, y por tanto, inferiores a los anglosajones; además de pobres que es, al fin y al cabo, la última escala social a la que los poderosos de siempre condenan a todas las razas explotadas y discriminadas del planeta, sin importarles el color que puedan tener.

4 de febrero de 2010