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AQUELLA OFENSIVA (PRIMERA PARTE)

Fecha de publicación 12/04/2010

 
Este trabajo de Guillermo Rodríguez Rivera consta de tres partes. Aquí les va la primera...

Por Guillermo Rodríguez Rivera

Hace un par de semanas escribí una nota sobre Segunda cita, el último disco de Silvio Rodríguez. Allí sostenía – sin pretender originalidad, porque el propio Silvio lo había dicho al presentar el fonograma en Casa de las Américas --, que este era un disco intensamente vuelto hacia la realidad de Cuba.
 
En sus escasas cuatro cuartillas – la reseña estaba destinada a ser publicada en uno de nuestros periódicos, cosa que finalmente no ocurrió -- se aludía a claras alusiones del trovador a los males actuales del país y citaba estos versos de la canción que justamente da título al disco: 

Quisiera ir al punto naciente
de aquella ofensiva
que hundió con un cuño impotente
tanta iniciativa. 

Y, decía yo que, presentados los versos como lo hacía el diario madrileño El país, pareciera que la ofensiva era la propia Revolución Cubana de 1959, mientras que los versos realmente aludían a la Ofensiva Revolucionaria de marzo de 1968, que liquidó en el país toda actividad económica que no fuera la estatal: medianas empresas ¨(de las que quedaban pocas), pequeñas empresas y hasta el puro trabajo privado individual. 

Comentaba yo algunos de los males que trajo la Ofensiva de marzo de 1968, pero el espacio de aquella reseña apenas si me dejaba tiempo para abundar. Como sabe todo el que me conoce, yo no soy economista, sino apenas escritor, filólogo y profesor. Estoy seguro que no soy la persona mejor dotada para llevar adelante lo que ahora me propongo hacer: examinar con cierta hondura “aquella ofensiva” y sus consecuencias. He esperado en vano que alguno de los numerosos y brillantes economistas y sociólogos que tenemos lo hiciera, seguramente mejor que yo, pero quien se lanzó con una alusión fue el trovador, así que me imagino que, en este inning, no merecerá anatema el poeta por creer que la economía es demasiado importante como para dejársela a los economistas quienes, encima de eso, no acaban de entrar al cajón de batear. 

En marzo de 1968, hacía unos buenos siete años que todos los sectores fundamentales de la economía cubana eran manejados por el estado y nuestro gobierno. Todas las industrias de importancia, todas las grandes fábricas, toda la banca, más del setenta por ciento de todas las tierras del país, los centrales azucareros, la minería, la extracción y refinación del petróleo, todo el comercio de exportación e importación, todas las líneas de carga por camiones, los ferrocarriles, la líneas de autobuses urbanos e interurbanos, los grandes hoteles, las grandes tiendas, los grandes centros de entretenimiento, la prensa, la radio, la televisión, los centros educacionales y de salud y a ello habría que añadirle un largo, casi interminable etcétera, los poseía y los hacía funcionar el estado cubano. 

¿Quedaba algo fuera del aparato estatal? Quedaba, cómo no. Quedaba una impresionante red de pequeños centros de elaboración de innumerables productos, la red del comercio minorista de las ciudades – bodegas, panaderías, carnicerías, puestos de frutas y viandas, pescaderías, fondas, mínimos restaurantes, bares (sólo en La Habana había 880), gasolineras, quincallas, talleres de diversos rubros: de mecánica automotriz, de arreglos de electrodomésticos, poncheras, barberías, peluquerías, heladerías, etc.,etc.,etc.. 

Todo esto era una suerte de infraestructura de economía popular, que subsistía al amparo de la familia. 

Todos estos pequeños negocios fueron “intervenidos”. Se había llegado a unos extremos que jamás habían soñado Marx y Engels: la socialización del puesto de fritas. Una clara mayoría de estos negocios fueron simplemente cerrados, no estatalizados, porque todo este laberinto productivo y comercial – hondamente relacionado con la vida real -- estaba hondamente reñido con los modos de organización del estado cubano, y yo diría, con los de cualquier estado. Simplemente, no podían ser asimilados por el elefantiásico estado. 

Si un hombre tenía una mínima ponchera, digamos, en el patio o el garaje de su casa, no había otro personal que él mismo. El propio sujeto era propietario del lugar o lo tenía rentado; el mismo, que reparaba el ponche en el neumático, daba mantenimiento al equipo que utilizaba para hacer su trabajo, limpiaba el lugar y se procuraba los insumos que eran necesarios para “coger” el ponche porque, si no podía comprarlos producidos por alguna empresa estatal, siempre habría algún productor privado con quien arreglar el suministro de esos insumos imprescindibles para realizar su trabajo. El propio ponchero cobraba al cliente y administraba las realmente modestas entradas del negocio. De ellas vivían, también modestamente pero sin que nada esencial les faltara, el operario y su familia. 

Cuando la exigua ponchera fue estatalizada, tuvo que ser asignada a alguna empresa que reuniera a poncheros o, si ello no era posible, al menos tuvo que reunirse con practicantes de oficios semejantes. El humor popular, por esos años, hizo surgir entidades insólitas, como fue por ejemplo la ECOCHINTIM, esto es, la “Empresa Consolidada de Chinchales y Timbiriches”. 

Pero cada una de estas unidades debía tener, al menos, un administrador, un responsable de mantenimiento y un auxiliar de limpieza, además de mantener el local, pagar la mensualidad del teléfono, y ya no había una persona y su familia a mantenerse con los ingresos de la microponchera, sino que eran al menos cuatro familias las que debían vivir de esas magras entradas. 

Alguien debió calcular cuánto descendieron los volúmenes de producción o la cuantía de los servicios en estos negocios estatalizados y cuántas nuevas dificultades aparecieron para caer encima de las que ya soportaba la población, pero por esos años se decidió que los contadores públicos tampoco debían existir. 

Hacía seis años que se había decretado el bloqueo económico, comercial y financiero por el gobierno de los Estados Unidos. Ese mismo año de 1962 apareció la libreta de abastecimiento y los cubanos debimos enfrentar una creciente desaparición de las piezas y los recambios en un país que estaba casi totalmente montado sobre tecnología norteamericana, desde los tomacorrientes de la electricidad hasta las cocinas de los hogares. 

En esas circunstancias, el valor de los operarios que ejercían los oficios que solucionaban los problemas que son inevitables en la vida cotidiana, ideando incalculables innovaciones y sustituciones, crecía claramente. Pero esos oficios – el electricista, el plomero, el carpintero, el mecánico, el cristalero, el cerrajero, etc., etc. – que se trasmitían de padre a hijo por generaciones, empezaron a ser denostados: se les llamaba a los que los ejercían, despectivamente, como a los vendedores callejeros, merolicos., tomando una expresión extraña al léxico cubano, que llegaba de una telenovela mexicana. 

En las calles de Cuba, donde habían aparecido pregones inmortales como “El manisero” o las “Frutas del Caney”, surgió un género insólito que cabría llamar el antipregón. Uno veía a un señor conversando animadamente en una esquina de Centro Habana, y cuando cruzabas a su lado, el tipo bajaba la voz hasta ser casi un susurro y te decía, como quien comunica la contraseña de un espía: “Maní”. 

Hoy el doctor Eusebio Leal, historiador de La Habana, para la noble y extraordinaria tarea que ha sido y es la restauración de la ciudad ha tenido y tiene que recuperar esos oficios que la ofensiva del 68 condenó prácticamente a la extinción. Ejercerlos fuera del estado se convirtió en actividad ilegal, fuertemente multada por los instancias jurídicas correspondientes. Lógicamente, ser practicante de un oficio había devenido delito y, consecuentemente, los precios del trabajo de esos oficios, se encareció.
 
Pero como esa actividad no era permitida, en ninguna tienda estatal se vendían los insumos que estos operarios necesitaban y los negocios privados que podían procurarlos, habían desaparecido. Los operarios que habían decido continuar trabajando a pesar de la prohibición, tenían que procurarse esos insumos por vías fraudulentas, porque la legales estaban cerradas. Pero la vida es infinitamente más fuerte que todas las burocracias: a pesar de que los sabios funcionarios habían decretado como ilegal y capitalista el trabajo de los plomeros, la desviada, la diversionista pila del agua del fregadero empezaba a gotear y había que cambiarle la zapatilla o sustituirla. Y había que conseguir los insumos, la zapatilla o la llave misma, allí donde único los había: en los incontrolados almacenes del estado, que almacenaban infinitas cosas que envejecían, se deterioraban allí sin usarse. La única puerta abierta era la del robo. (Continuará)