homeIr atrás

 

AQUELLA OFENSIVA (SEGUNDA PARTE)

Fecha de publicación 13/04/2010

 
Por Guillermo Rodríguez Rivera
Los comercios que tenían que ver directamente con el diario abastecimiento de las familias – bodegas, carnicerías, panaderías, lecherías, etc. --- habían sido operados durante los primeros años del racionamiento, desde 1962, por sus dueños....

Por Guillermo Rodríguez Rivera

Los comercios que tenían que ver directamente con el diario abastecimiento de las familias – bodegas, carnicerías, panaderías, lecherías, etc. --- habían sido operados durante los primeros años del racionamiento, desde 1962, por sus dueños.
Recuerdo a esos dueños de bodegas que permanecieron en la Cuba socialista y que manejaban sus comercios con una honradez que hoy se echa de menos.
 
Hasta entonces, el detallista estafaba a su cliente, si lo hacía, dándole una “libra” de catorce onzas. Pero eran pocos los que incurrían en ello: se habían habituado a tratar con una clientela que era su vecina, y sabían que debían ganarse esa clientela que, antes del racionamiento, podía comprar libremente en cualquier tienda de víveres. Estos viejos pequeños propietarios vivían decentemente, pero ninguno se había enriquecido vendiendo arroz, frijoles, aceite, azúcar.y café. 

En lugar de Vicente, el hijo cubano de gallego que vendía en una bodega de la calle 22 del Vedado, empezaron a aparecer unos administradores y bodegueros nombrados por la empresa del MINCIN que traían como aporte esencial al comercio cubano la creación de la “libra” de doce onzas que, en ciertos comercios, ahora ha llegado a ser de diez y hasta de ocho. 

Paulatinamente, los consumidores empezamos a darnos cuenta de que la Ofensiva Revolucionaria que había querido estatalizarlo todo y hacer total el socialismo, había ido creando una serie de negocios privados sostenidos por el estado. 

Visito con cierta regularidad un establecimiento de pan y dulces en el que habitualmente compro el pan que la familia debe consumir por varios días. Allí, como en otras unidades de la cadena del pan, se comercializa un pan de contextura suave, a 3 pesos la unidad. Resulta más agradable, más fácilmente conservable y de más calidad que el habitual pan de 10 pesos que se vende en la misma cadena, y al que no le ponen la grasa que debe llevar. 

La última vez que llegué a la panadería de la que hablo, estaban colocando en los mostradores los panes suaves, pero me pareció enseguida que esos debían tener otro pecio, porque eran casi la mitad del tamaño de los que habitualmente vendían allí. Cuando pregunté, el panadero me informó que esos panes también valían 3 pesos cada uno. 

Obviamente, producir uno de esos panes llevaba como mínimo un 40 % menos de la harina, la grasa y la levadura que se emplea para hacer el pan con el peso establecido. Si ese cálculo que hice “a ojo de buen cubero” se aproxima a la verdad, cuando la panadería vende 100 de esos panes, está empleando en ellos únicamente el 60 % de la materia prima que tenía asignada para confeccionarlos. Hay un 40 % de materia prima que no se empleó y que los operarios usarán después en producir más de 60 panes que venderán al mismo precio y se embolsarán el importe de la venta. Ellos, y el administrador de la unidad, que debía chequear el peso del pan que vende. 

Así pues, el estado mantiene el local de la panadería y su equipamiento, la surte de harina, grasa y levadura, paga la electricidad que consume y los salarios del administrador y de todos los trabajadores, que disponen además, fraudulentamente, de un 40% de las ganancias, que se obtienen vendiéndole al pueblo un pan que pesa mucho menos de lo debe pesar. Cualquier pérdida de la panadería – un saco de harina que se eche a perder, por ejemplo -- es asumida en su totalidad por el estado. El neoliberalismo jamás soñó empresas capitalistas con tales ventajas. 

Los servicios informativos de la Televisión Cubana trasmiten unos éticos y combativos cortos en los que los usuarios discuten con los detallistas y exigen victoriosamente el peso que pagan. 

Esa es una cómoda, injusta y cargante manera de decirle al pueblo que su deber es exigirle al que despacha, porque nadie le exige al administrador que debe vigilar y sancionar al que maltrata o roba a sus clientes. ¿No será que el administrador participa en las ganancias? 

Creo que debe pensarse mejor el empleo de esa consigna que aparece a menudo en nuestros medios: tal actividad “es tarea de todos”. 

Es importante concienciar a la población sobre temas que son de su interés, y que irán mejor si el pueblo asume su papel en ellos como son, por ejemplo los temas de salud y medio ambiente, pero ello no puede servir para olvidar que toda tarea tiene un responsable que cobra por hacerla: el orden público, la protección a la propiedad colectiva e individual, por ejemplo, no es tarea de todos sino, esencialmente, de la PNR. Cuando decimos que algo es tarea de todos, podemos disolver la responsabilidad de quien verdaderamente la tiene. 

Pero volvamos a nuestro tema: la Ofensiva de marzo de 1968. 

Actualmente se habla de las “plantillas infladas” en nuestros centros de trabajo. El presidente Raúl Castro ha dicho muy recientemente que los especialistas han calculado que de los millones de trabajadores que cobran sus salarios en las distintas dependencias del estado cubano, sobra más de 1 millón. 

El proyecto socialista cubano siempre tendió a “poner la carreta delante de los bueyes”. El estado revolucionario cubano garantizó, desde su misma aparición, pleno empleo al pueblo cubano. Pero debía tenerse en cuenta que muchos de esos puestos de trabajo no tenían la correspondencia en la producción o la actividad en servicios que hacían los que los ocupaban. Se hacía más bienestar social que economía. 

Esa tendencia no disminuyó nunca, y sus resultados han hecho crisis varias veces, sin que se fuera nunca al fondo del problema. El país casi se arruinó a raíz de la ofensiva de marzo de 1968 y de la utópica zafra de 1970, que quiso ser un avance decisivo para conseguir la independencia económica de la nación. La solución a los problemas que entonces se generaron, fue la entrada de Cuba en el C.A.M.E, lo que palió muchas insuficiencias de la economía cubana. Ello, hasta el fin de la URSS y del campo socialista europeo, que nos hizo entrar en el crítico “período especial”. 

Nos ha salvado de males mayores, en la última década, la aparición de una Venezuela revolucionaria y del proyecto integrador del ALBA. 

Habría que decir, con justicia, que esa tendencia revolucionaria y progresista que se advierte en América Latina, gobiernos de izquierda electos como los de Venezuela, Bolivia, Ecuador, Uruguay y Brasil, no habría sido posible sin la existencia y la resistencia de la Revolución Cubana. 

Cualquier proyecto progresista y destinado a favorecer los intereses de nuestros pueblos, que había aparecido en esta zona del mundo, había sido implacablemente aplastado por el imperialismo norteamericano, liquidador del proyecto reformista de Árbenz en Guatemala, y del proyecto de la transformación social pacífica, que encabezó en Chile el presidente Salvador Allende. Durante décadas el imperio norteamericano, para mantener sus intereses, promovió y mantuvo las más sangrientas tiranías latinoamericanas, llamaránse sus jefes Somoza, Trujillo, Juan Vicente Gómez, Batista, Pérez Jiménez, Stroessner, Pinochet, Videla, Castelo Branco y un largo etcétera de militares formados en los Estados Unidos e instruidos para asesinar a sus pueblos.
Cuba fue el primer país que enfrentó exitosamente el poder del imperio y ello es algo que ha permitido el cambio que ha generado un proyecto integrador como el ALBA y que, por supuesto, el imperio no le ha perdonado a la Revolución Cubana. 

Si se quiere “desinflar” esas plantillas en las que casi todo el aire lo ha puesto la política paternalista del estado, habrá que permitir que los que pierdan sus improductivos puestos laborales, puedan hacer cualquier actividad que no sea delictiva, porque hacerlos abandonar sus empleos para echarles encima el mar de prohibiciones que existen para realizar cualquier trabajo, mandaría directamente a esa masa a delinquir, porque ese sería la única manera que tendrían para subsistir ellos y sus familias.
(continuará)