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Número: 2007.6

  • El ejercicio dialógico de la arquitectura moderna y el muralismo cubanos / Claudia Felipe
  • La arquitectura y las ciudades cubanas en la encrucijada de la cultura y la sociedad / José A Choy.
  • Nunca establecí límites entre las artes y la vida me dio la razón (Entrevista al arquitecto Roberto Gottardi) / Marilyn Garbey
  • ¿Qué papel debería desempeñar la arquitectura actual en el arte y la cultura de nuestro país? / EUSEBIO LEAL (Historiador de la Ciudad de La Habana)
  • Retorno a casa: Reflexiones de un traunseúnte / Eduardo Luis Rodríguez
  • Sobre lo nuevo y lo viejo / Isabel Rigor
  • Vivir La Habana / Mario Coyula

  • Retorno a casa: Reflexiones de un traunseúnte

    Por Eduardo Luis Rodríguez

    …y que sus ruinas sean un índice que
    señale esqueletos y estupideces.
    …y que sus ruinas sean un índice que
    señale esqueletos y estupideces.
    JOSÉ LEZAMA LIMA, Sucesiva o Coordenadas Habaneras

    Altivas y todavía monumentales, las ruinas del antiguo hotel Trotcha se sostienen con mezcla de orgullo y precariedad en una céntrica avenida de El Vedado. Sus cuatro esbeltas columnas dóricas y una porción de la pared de la fachada principal, es todo cuanto resta de uno de los más importantes conjuntos edilicios habaneros de finales del siglo XIX y principios del XX, de extraordinarios valores arquitectónicos e históricos, y por cuya salvación clamaron insistentemente, pero sin éxito, varios distinguidos intelectuales cubanos. Durante cuarenta años, cada década sucesiva cobró su peaje al ilustre y descuidado monumento. Cada uno de sus componentes –el edificio principal (1886), conocido desde los inicios como Salón Trotcha; los bloques habitacionales Edén y Washington, de 1901 y 1904, respectivamente; los cuidados jardines y las elaboradas rejas de las entradas– fueron desapareciendo progresivamente hasta convertir el lugar en un extenso solar yermo, donde sólo las ruinas presentes, de ruinas anteriores, evocan la grandeza que una vez ocupó este espacio, ahora aplanado y estéril.1
    El Transeúnte simple se detiene ante las ruinas, admira sus proporciones, el milagro de su testaruda oposición a desaparecer, a ceder ante la fuerza de la gravedad y ante aquella mayor que es la desidia de los hombres. Y entonces la admiración se acompaña del asombro y la incredulidad al descubrir, a través del vano amplio y vertical de una vieja ventana, desde mucho tiempo atrás ya sin carpintería, la mole insensible y agresiva del hotel Cohiba, construido no hace mucho tiempo a sólo unas cuadras, por un inversionista extranjero y su arquitecto extranjero.
    Quizá ninguna otra imagen pueda representar mejor que ésta –una reciente y ríspida torre hotelera superpuesta a nobles ruinas cargadas de historia– la encrucijada a que se ha enfrentado la preservación arquitectónica y urbana en Cuba en la última década. De pie, frente a las ruinas, una pregunta aflora a la mente del Transeúnte, ante la evidencia triste de la comparación: “¿Por qué?”
    ¿Por qué construir un feo y anodino edificio para hotel, en lugar de restaurar, cuando todavía se estaba a tiempo, el que una vez fuera el fabuloso hotel Trotcha? Se hubieran satisfecho así dos necesidades igualmente válidas: la de lograr un beneficio económico para el país a través de la inversión extranjera, a la vez que recuperar una pieza emblemática del patrimonio arquitectónico cubano. “Pero la causa de esta situación es evidente”, piensa el Transeúnte. “Una torre fea y anodina –se dice– resulta probablemente más fácil de construir que restaurar unas viejas ruinas, y adicionalmente, pudiera incluso ser más rentable. No importa que tal inclusión en el valioso ambiente de El Vedado sea una agresión visual y física. El país necesita el dinero, y para ello es necesario hacer sacrificios”.
    No muy convencido con la respuesta que se ha dado a sí mismo, el Transeúnte recuerda con gratitud cuánta obra se ha salvado en las dos décadas precedentes en virtud de los planes de restauración llevados a cabo por la Oficina del Historiador de la Ciudad y el Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología, ambos en La Habana, y por oficinas similares en otras ciudades, como Trinidad, Cienfuegos, Camagüey y Santiago de Cuba. Ha sido una proeza muy divulgada por los medios de comunicación. El artífice del milagro ha sido, en primer lugar, el Historiador de la Ciudad de La Habana, Eusebio Leal, incansable defensor de la ciudad, culto emprendedor y elocuente orador, cuyo mérito mayor quizás sea el haber creado una conciencia generalizada en la población y las autoridades sobre el valor del patrimonio arquitectónico colonial de las ciudades cubanas. La actividad restauradora de Leal, limitada, como estrategia, al sector colonial de la ciudad, se ha expandido por momentos –aunque mínimamente– fuera del perímetro de la Habana Vieja y ha incidido puntualmente en la arquitectura del siglo XX. Hecho altamente satisfactorio, si tenemos en cuenta la gran cantidad de obras modernas valiosas en peligro de perderse por transformaciones insensibles, debido a la falta de reconocimiento de sus valores patrimoniales. “Se podría estar de acuerdo o no con algunos de los proyectos específicos de restauración o renovación acometidos –piensa el Transeúnte– pero lo que nunca podrá negarse es el valor implícito de haber evitado la pérdida por derrumbe o demolición de cientos de obras”.
    Pero si mucho se ha logrado, si, en oposición al casi generalizado raquitismo conceptual y estético de las nuevas obras, la restauración patrimonial es lo más importante que ha sucedido en el panorama arquitectónico nacional de las últimas décadas, lo hecho resulta en verdad ínfimo en comparación con lo que falta por hacer. Un sentimiento de urgencia –y de impotencia– se apodera del Transeúnte cuando comienza a repasar la larga lista de lugares y obras que requerirían acciones urgentes de protección, mucho más abarcadoras y rotundas que las pocas que se han realizado fuera de la Habana Vieja: El Vedado, barrio renovador de las concepciones urbanas decimonónicas, con su multitud de elegantes villas eclécticas de inicios del siglo XX. Las noblemente proporcionadas quintas neoclásicas de Matanzas, algunas de ellas de evidente ascendencia palladiana. Las haciendas azucareras del Valle de los Ingenios, en Trinidad, con sus rítmicos y espaciosos pórticos frontales. La Calzada del Cerro habanera, una vez enclave de los palacetes de descanso veraniego de la aristocracia cubana, hoy barrio obrero en absoluta decadencia. Los cafetales de influencia francesa localizados en la Gran Piedra. Centro Habana, ajiaco urbano-arquitectónico donde se puede hallar desde el kitsch más repulsivo hasta un edificio de viviendas noblemente proporcionado y contenidamente decorado, según los diseños de Leonardo Morales, uno de los más grandes arquitectos cubanos todavía no suficientemente reconocido. La arquitectura de ascendencia modernista catalana (nuestro Art Nouveau) con su sinuosa, compleja y delicada ornamentación. La gran cantidad de destacadas obras Art Déco, de estilizada geometría y notables valores tanto en su vertiente refinada como en la popular. El sinnúmero de obras correspondientes al período de esplendor del Movimiento Moderno cubano en los años 50, cuando se alcanzó una calidad de diseño y de construcción que colocó a Cuba a la par de lo más avanzado internacionalmente en el campo de la arquitectura; e incluso una cantidad significativa de obras de los años 60, el llamado “período heroico” de la revolución, representativas de un momento histórico único, pero paradójicamente muy depauperadas a pesar de su factura reciente. Se trata de una tarea enorme, imposible de emprender con éxito por una sola persona, por una sola institución. Una tarea que requiere renovadas estrategias, estructuras apropiadas y también mentes abiertas. “Es la única forma de lograrlo”, reflexiona el Transeúnte, y añade para sus adentros: “Quizás, si se enfatizara más la importancia de la restauración arquitectónica patrimonial y se le otorgara una prioridad mayor; o si se divulgara adecuadamente la aleccionadora experiencia, aún en desarrollo, de las Escuelas Nacionales de Arte de Cubanacán, actualmente en renovación luego de décadas de abandono y deterioro…”
    “Quizás, si se extendiera a todas las zonas valiosas de La Habana y otras ciudades la aplicación del Decreto-Ley 143 de 1993, que le permite a la Oficina del Historiador la realización de actividades comerciales y administrativas para recaudar fondos para la restauración y la realización de algunos planes sociales.2 O si se aprobaran para esas mismas zonas y se aplicaran con efectividad, resoluciones similares a las 154 y 155 de 1999, que protegen algunas porciones de El Vedado y Miramar y establecen la obligación de contar con la aprobación de la Comisión de Monumentos para realizar cualquier tipo de intervención. Si se contara con nuevas regulaciones urbanas de obligatorio cumplimiento, que contemplaran la nueva situación creada por la crisis económica y la apertura del país a la inversión extranjera. Si hubiera una mayor comprensión del enorme valor patrimonial de la arquitectura republicana, menospreciada por su cercanía cronológica y frecuentemente mirada con mente estrecha por sus connotaciones políticas de índole negativa, criterio del que se exonera a las obras coloniales. Si todas las autoridades encargadas del control urbano y la planificación presente y futura de la ciudad tuvieran la amplia cultura necesaria para priorizar la salvaguarda del patrimonio y entender que a veces es necesario decir “no” a un inversionista extranjero para así salvar un edificio o espacio valioso, u obligar a un potencial inversionista hotelero a realizar obras en favor del patrimonio como se hace habitualmente en otros países. Si a los funcionarios e inspectores públicos de las direcciones de Arquitectura y de la Vivienda se les remunerara por su difícil trabajo con salarios suficientemente altos como para que se evitaran posibles actos ilegales. Si las escuelas de arquitectura del país tuvieran en sus planes de estudio programas dirigidos específicamente a la salvaguarda patrimonial. Si el arquitecto volviera a ser considerado como artista y no como simple técnico y se le permitiera ejercer según su talento personal y los dictados de sus propias reflexiones, estudios, experiencias en lugar de forzarlo a lastrantes mecanismos burocráticos. Si nuestra moneda tuviera el valor suficiente como para que se pudiera crear, a nivel de edificios y comunidades de vecinos, un fondo común para su mantenimiento regular. Quizás, si la restauración arquitectónica se acompañara de una amplia restauración cívica y moral que eliminara otros males –no constructivos– que han ido surgiendo en las últimas décadas, algunos de ellos como consecuencia del turismo internacional, a la vez pretendida panacea y práctica excluyente… Pero, ¡basta ya de quizás!”
    De vuelta de sus divagaciones, el Transeúnte se percata de que es tarde, decide de una vez alejarse de las ruinas del Trotcha y encamina sus pasos hacia la Habana Vieja. El recorrido desde El Vedado es largo pero agradable, y al llegar al Malecón –el llamado “sofá más largo del mundo”, a juzgar por la cantidad de personas sentadas en el muro que a la vez separa y une la capital y el mar Caribe– se admira y se asombra otra vez por la fantástica vista de esta otra cara de la ciudad histórica, rematada en su extremo noreste por las fortalezas coloniales del Morro, restaurada con excelencia hace unos años, y La Punta, en permanente restauración. Los andamios adosados a las fachadas de muchos edificios indican una intensa –aunque lenta– obra de rescate en ejecución, y el Transeúnte piensa, satisfecho, en lo que significará para la ciudad poder contar con la maravilla de un espacio recreativo de tanta calidad ambiental en un futuro no muy lejano. Acompañado por la brisa marina prosigue su paseo. Casi anochece y, cansado de su monólogo, ávido de comunicación, de conversación, de palabra fluida y envolvente –como todo buen “hablanero”, diría Cabrera Infante– desemboca en la Plaza de Armas, la primera de la Villa, sitio mágico poblado de admirables impecablemente restaurados y una diminuta fortaleza de configuración renacentista y agudos baluartes cargados de memoria. Feliz de vivir en una ciudad que ofrece tanto éxtasis visual, busca ansioso con la mirada a algún grupo de cubanos jugando dominó en una mesa situada en plena calle; o un par de amigos disfrutando la oferta del café de la esquina. Pero no los halla. Piensa, entonces, proseguir su búsqueda en el patio-restaurante de un hotel cercano. “Una de las mejores restauraciones recientes”, se dice al intentar entrar, justo antes de ser interpelado por el portero que eficiente le espeta un desalentador “¿Qué se le ofrece?”, que le sugiere redirigir sus pasos hacia algún otro lugar. Decide descansar mientras compra algún libro en alguna de las bien surtidas librerías del Palacio del Segundo Cabo, ahora Instituto del Libro. Poco después abandona el lugar con las manos vacías anonadado por los precios, en moneda convertible, muy elevados incluso para el promedio internacional.
    Al anochecer la plaza parece más vieja y encantadora que de día, pero también, más vacía, despoblada de la intensa vida habitual de las plazas usadas masivamente por los residentes locales, que recuerda varias ciudades europeas, especialmente la de Sevilla. A lo lejos se escucha una música estridente y se distingue un grupo de personas moviéndose. Entusiasmado por la promesa de encontrar un amable interlocutor nativo, se acerca al grupo y descubre, poco a poco, solamente las delgadas figuras –“¿anorexia o bulimia?”, se pregunta– rematadas por las rubias cabelleras de los turistas que creen bailar mientras se mueven arrítmica y descompasadamente. Es demasiado, más de lo que puede soportar incluso él, que se considera opuesto a cualquier chauvinismo. Cabizbajo y pensativo, pero no abatido, retoma el camino hacia su casa, a unas cuadras de la plaza. Atraviesa el desvencijado zaguán de la extraordinaria mansión que una vez fuera del marqués de la Real Proclamación, venida a menos y convertida en ciudadela ocupada por múltiples familias. Sube los desencajados escalones de la todavía majestuosa escalera y entra en una de las dos habitaciones que comparte con su extensa familia que ya duerme. Mientras se acomoda las largas trenzas de su pelo negro, muy rizado y largo, a lo rastafari, se percata de que ha estado tarareando inconscientemente una melodía que no identifica de inmediato. Ya acostado, semidormido, viene a su mente, por fin, gracias a ese ejercicio frecuente e incomprensible de la memoria adormecida pero diligente, la letra de la canción que resuena repetidamente en su mente: “¿De qué Habana he de hablarte, compañero?...”.3

    1 Recientemente se tomó la polémica decisión de dedicar a la construcción de viviendas el terreno donde se ubicaba el hotel Trotcha.
    2 “En octubre de 1993 el Consejo de Estado de la República de Cuba aprobó el Decreto Ley 143 que redefinió las funciones de la Oficina del Historiador de la Ciudad dándole la máxima autoridad para promover la conservación y restauración del Patrimonio Monumental, otorgándole personalidad jurídica…” Eusebio Leal: “Presentación”, en Viaje en la memoria. Apuntes para un acercamiento a La Habana Vieja, Colegio Oficial de Arquitectos Vasco Navarro, Pamplona, 1996, p. 2. Más adelante se lee: “…en 1993 se dictó un Decreto Ley que vinculó al Centro Histórico, a través de la Oficina del Historiador, directamente con el Consejo de Estado, ampliándose su autonomía; se crea también la Compañía Habaguanex, encargada de administrar todo el sistema hotelero, gastronómico y comercial, para contribuir al autofinanciamiento del territorio. En 1995 el Centro Histórico fue declarado Zona de Alta Significación para el Turismo”. Ídem., p. 15.
    3 Verso de la canción “La Habana está poblada de consignas” de Pedro Luis Ferrer (CD 100% Cubano, 1994) que se refiere al popular y muy parodiado poema “Tengo”, de Nicolás Guillén.