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Número: 2007.6

  • El ejercicio dialógico de la arquitectura moderna y el muralismo cubanos / Claudia Felipe
  • La arquitectura y las ciudades cubanas en la encrucijada de la cultura y la sociedad / José A Choy.
  • Nunca establecí límites entre las artes y la vida me dio la razón (Entrevista al arquitecto Roberto Gottardi) / Marilyn Garbey
  • ¿Qué papel debería desempeñar la arquitectura actual en el arte y la cultura de nuestro país? / EUSEBIO LEAL (Historiador de la Ciudad de La Habana)
  • Retorno a casa: Reflexiones de un traunseúnte / Eduardo Luis Rodríguez
  • Sobre lo nuevo y lo viejo / Isabel Rigor
  • Vivir La Habana / Mario Coyula

  • Vivir La Habana

    Por Mario Coyula

    Cómo será La Habana del futuro? Esta cuestión también se relaciona con el futuro de su pasado: ¿cómo sería ahora La Habana si la revolución de 1959 no hubiera sucedido? Probablemente no muy distinta de la que visualizaba el Plan Piloto de Sert en 1955-1958: una gran capital de cuatro millones de habitantes, definitivamente desmarcada de las demás ciudades cubanas, organizada en función del auto privado, con su litoral bloqueado por una pared continua de edificios en altura (un proceso que ya había comenzado en el tramo del Malecón en El Vedado), y un centro terciarizado y a la vez tugurizado y gentrificado, donde el extenso y coherente patrimonio edificado que recogía más de cuatro siglos habría quedado reducido a unos pocos inmuebles singulares. La isla artificial propuesta en el Plan frente al Malecón de Centro Habana, se habría construido y llenado con casinos y hoteles.
    Es probable que el litoral este se hubiera urbanizado rápidamente, siguiendo el proceso que ya se veía con Colinas de Villarreal, Alamar, Tarará y Santa María del Mar. Eso quizás llegaría a demandar la construcción de un segundo túnel bajo la Bahía. Es posible que una parte de las industrias y almacenes alrededor del puerto se hubieran demolido o reciclado para fabricar suelo en un lugar céntrico y valioso, como han hecho otras grandes ciudades portuarias en el mundo; y buena parte de la carga y descarga de mercancías se hubiera desplazado a Matanzas y Mariel, con capacidad para barcos mayores.
    La ciudad sería más estadounidense que en los años 50, con un nuevo perfil de torres anónimas de oficinas, bancos y condominios de lujo; shopping malls y sucursales de bancos, cadenas comerciales internacionales, parqueos y vías rápidas que dividirían el tejido urbano. Se hubiera acrecentado la diferencia visual y social entre la franja a lo largo del litoral, La Habana azul de la clase dominante –antes privilegiada, y ahora también, la ciudad de los visitantes– y el Sur profundo del ciudadano de a pie. Las fallas intrínsecas de ese modelo quedarían escondidas tras la cara rutilante de una ciudad que ya en la tercera década del siglo XX era considerada, junto con Buenos Aires, una de las dos grandes capitales de América Latina.
    Pero La Habana también sería más fraccionada y segregada, y más insegura; con grandes embotellamientos de tránsito, cuyos intentos de solución sólo aumentarían la afluencia a la zona central; con grandes bolsones de tugurios a pocos metros de los grandes ejes comerciales, y una suburbanización imparable de comunidades cercadas para protegerse de la vecina población de los barrios marginales de la periferia. En definitiva, La Habana sería menos auténtica y más parecida a cualquier otra gran ciudad global.
    Este sueño oscuro puede volverse realidad en un futuro cercano si continúan haciéndose inversiones –tanto extranjeras como cubanas y mixtas– en busca de ganancias rápidas en enclaves desligados de la vida cotidiana de los habaneros, a la manera de lo sucedido en el Monte Barreto, mientras aumenta el deterioro de las edificaciones, calles y redes técnicas en el resto de la ciudad. Ese deterioro del contenedor se corresponde con el del nivel de vida de la población que lo habita, influyéndose mutuamente.
    La fuga hacia el oeste, huyendo de los problemas del centro, ha sido una constante en La Habana desde que el patriciado criollo escapó del cólera en el antiguo recinto amurallado para ubicarse en grandes casas quintas neoclásicas en El Cerro, luego en villas eclécticas en El Vedado y la parte inicial de Miramar, para seguir después con la arquitectura del Movimiento Moderno. Estos códigos renovadores, llegados con retraso a Cuba y mejor o peor adaptados al clima y forma de vida, fueron alegremente aceptados por la burguesía nacional como señal de progreso –así aparecieron en Playa, Siboney, Atabey y enclaves como el Nuevo Vedado y otros repartos de clase media que proliferaron en los años 50 con el Fomento de Hipotecas Aseguradas.
    Pero aún peor que grandes nuevos edificios, banales y especulativos, que alteren el perfil y el carácter de la ciudad, por suerte pocos todavía, es la proliferación creciente de cambios, adiciones y subdivisiones improvisadas que han estado distorsionando y empobreciendo la imagen urbana de una manera generalizada, sobre todo a partir de la década de los 90. En ambos casos, el dejar hacer es una política suicida que terminará por no limitarse al ambiente construido.
    El resultado es una especie de ajiaco, esa sopa campesina que ahora se llama caldosa por efectos de la inmigración desde las provincias orientales. Pero esta sopa ya no es lo que fue, se ha degradado al mismo ritmo con que aparecen quioscos y cafeterías de comida rápida que imitan patéticamente a los McDonald’s y Kentucky Fried Chicken. La situación se hace más compleja con el aporte kitsch de una persistente cultura campesina o provinciana, triangulada en un viaje de ida y vuelta hacia y desde Hialeah en Miami, y ensamblada con ese marginal urbano que Héctor Zumbado llamó el pequeño proletario. Plátanos, gallinas, cerdos, tanques de petróleo usados como depósitos de agua, cercas de alambre y carporches de chapa, forman parte de un nuevo paisaje urbano oxidado y carcomido donde la tierra apisonada sustituyó lo que un día fueron jardines cuidados, y los portales tapiados evocan la memoria de familias enteras sentadas en sillones mientras saludaban a los vecinos a la caída de la tarde.
    Junto a ese proceso de primitivización aparecen los patéticos símbolos de los pobres-nuevos-ricos, con sus altas tapias de piedra y portadas coronadas por tejas criollas, influidos quizás por telenovelas sudamericanas; portones de cedro barnizado, ventanas de PVC con vidrio teñido que, sin embargo, deja pasar al interior el calor del sol, jardines cementados y cubiertos por carporches donde el calor rebota, y que tiran hacia el exterior la lluvia que antes absorbían. El paisaje de la calle ha ido perdiendo amplitud y transparencia, y las fachadas originales, que en un tiempo eran cuidadas hasta en las edificaciones más modestas, ahora quedan ocultas por esa arquitectura-chatarra que se le viene encima al transeúnte.
    Se manifiesta una falta de cultura ciudadana, de normas de convivencia y pautas de conducta que se traduzcan en un uso respetuoso del espacio público. La urbanidad ha sido relegada junto a otros valores tradicionales que no pueden ser acusados de elitistas, clasistas o racistas. El problema es muy simple: hay que darle valor a los valores –o dicho de otra forma, los ciudadanos que los incorporen y practiquen deben recibir algún beneficio perceptible por ello. Como siempre sucede, lo importante es quién manda, y a qué intereses responde.
    Obviamente, cualquier mejora sustancial en la ciudad y las condiciones de vida de sus pobladores demandan un desarrollo económico estable a todos los niveles, hasta llegar al barrio y la familia; y encontrar formas viables y sustentables para utilizar los valiosos recursos naturales, construidos y humanos del país. Se necesita más autonomía para las empresas estatales y gobiernos locales, similar al modelo autofinanciado de la Oficina del Historiador de la Ciudad, que ha demostrado cómo la cultura y la economía pueden ser exitosamente conciliadas.
    La Habana puede ciertamente beneficiarse con algunos proyectos de alta calidad/alto impacto que eleven el rasero y traigan la arquitectura de vuelta al mundo de la cultura cubana contemporánea de donde ha sido secuestrada. Aún más importante es lograr un buen nivel promedio de calidad, como sucedió en la fabulosa década de los 60, aún en medio de la escasez de recursos, agresiones incluso armadas, fuga de los arquitectos más reconocidos de la década anterior y rupturas personales que nos marcaron a todos. Un renacimiento arquitectónico deberá combinarse con la creación de espacios públicos bien diseñados, e intervenciones rápidas sobre nodos urbanos que puedan funcionar como catalizadores y revitalicen la ciudad central. Esos espacios ayudarían a que la ciudad respire, pero también permitirían orientar los desplazamientos de las personas, añadirían valor a los terrenos adyacentes y funcionarían como niveladores de diferencias sociales. Estos dos últimos aspectos no han sido habitualmente considerados, pero pronto tendrán mucha importancia.
    También se necesitan enormes inversiones para modernizar las envejecidas y sobrecargadas infraestructuras, y crear un sistema eficiente de transporte público masivo. La Habana se desarrolló increíblemente en las primeras décadas del siglo pasado apoyándose en una red de abasto de agua, alcantarillado, calles, electricidad, teléfonos, tranvías y ómnibus. Si se acepta el hecho de que la gigantesca demanda de vivienda no podrá ser resuelta sólo a través de programas estatales a gran escala, entonces la construcción cooperativa y por esfuerzo propio deberá recibir apoyo de las autoridades. Pero, en definitiva, la prioridad deberá darse a la conservación del fondo existente, que además coincide en gran medida con el valor patrimonial o contextual que debe protegerse. Esto será más importante todavía si se mantiene la tendencia actual al decrecimiento de la población capitalina.
    Sin dejarse llevar por el espejismo de un Mundo Feliz diseñado, los arquitectos deberán retomar su papel de siempre en la conformación y reordenamiento de la ciudad, enriqueciendo el valioso patrimonio heredado con intervenciones decididamente contemporáneas y de calidad. Por supuesto, esa integración por contraste demanda más talento que la integración por analogía, siempre proclive a la mixtificación complaciente, sea folclórica o historicista. Volviendo a los años 60, quizás lo que mejor explique por qué se pudo hacer buena arquitectura en todo el país, es el hecho de que todavía la autoridad del arquitecto era indiscutida, y los obreros de la construcción no habían perdido su buen oficio.
    Hoy en día, a diferencia de otros países, se realizan muy pocos concursos de proyectos arquitectónicos –abiertos, secretos, con premios atractivos y con jurados reconocidos cuya decisión es inapelable. Eso permitiría escoger la mejor solución y también dar oportunidades a talentos jóvenes aún desconocidos. También presenta problemas la escultura monumentaria, donde confluyen la arquitectura, la escultura y el paisajismo, y, cuando el resultado es muy bueno, la poesía. En casi medio siglo, son pocos los monumentos renovadores que hayan realizado aportes; y en muchos de los equipos ganadores, los arquitectos han tenido un papel importante. Por lo general, han predominado muñecones seudorrealistas que ni siquiera alcanzan el oficio de los escalpelinos anónimos que llenaron el cementerio de Colón con figuras convencionales pero bien ejecutadas. También aquí hay buenos proyectos ganadores de concursos que han quedado sin ejecutar, mientras se realizan otros muy inferiores por encargo.
    En resumen, la ciudad y sus habitantes deberán ser capaces de cuidar de sí mismos, convirtiendo en un recurso el capital construido y humano –algo que generalmente se percibe como una carga. Los principios de la sustentabilidad ecológica son aplicables al ambiente construido, y muy en especial la diversidad y el mantenerse dentro de la capacidad de carga del sistema para garantizar la auto-regeneración. También la flexibilidad: que un elemento de un sistema pueda desempeñar varias funciones, y que una misma función pueda ser cumplida por varios elementos distintos. Esto pide una reorientación en el papel de las instituciones administrativas, para que las estrategias y regulaciones existentes se cumplan.
    Se trata, en definitiva, de lograr también que nuestro urbanismo, que nuestra arquitectura, esté en correspondencia con el ideal de un socialismo sustentable y participativo, que preserve los logros sociales alcanzados, y al mismo tiempo coincida con una economía viable. Los cambios rápidos y descontrolados podrían destruir irreversiblemente y muy pronto el delicado tejido urbano y social de La Habana, pero ningún cambio sería peligroso si va acompañado por las experiencias que hemos acumulado, y las responsabilidades que le corresponden a cada uno de los implicados. Después de todo, revolución es cambio.