homeIr atrás
« Revistas y boletines

Comparte esta noticia: digiddelicioustechnoratimy-yahoomeneame¿Que es esto?

UNEAC archivo Imprimir esta página

Numero: 2007.6

  • El ejercicio dialógico de la arquitectura moderna y el muralismo cubanos / Claudia Felipe
  • La arquitectura y las ciudades cubanas en la encrucijada de la cultura y la sociedad / José A Choy.
  • Nunca establecí límites entre las artes y la vida me dio la razón (Entrevista al arquitecto Roberto Gottardi) / Marilyn Garbey
  • ¿Qué papel debería desempeñar la arquitectura actual en el arte y la cultura de nuestro país? / EUSEBIO LEAL (Historiador de la Ciudad de La Habana)
  • Retorno a casa: Reflexiones de un traunseúnte / Eduardo Luis Rodríguez
  • Sobre lo nuevo y lo viejo / Isabel Rigor
  • Vivir La Habana / Mario Coyula

  • Sobre lo nuevo y lo viejo

    Por Isabel Rigor

    Con frecuencia nos preguntamos si lo nuevo y lo viejo en la arquitectura y en la ciudad son antagónicos. Al respecto, convendría reflexionar sobre algo muy elemental. ¿No se asienta toda obra de arquitectura sobre una preexistencia con mayores o menores valores y significados? Muchas veces no existe ningún elemento construido en las inmediaciones pero puede presentarse un paisaje, una perspectiva, una historia intangible que no deben obviarse y que pueden llegar a condicionar los conceptos de diseño. Insertar un nuevo componente –cualquiera que sea el contexto– debería implicar siempre un cuidadoso análisis de estos aspectos. Puede tratarse de la inserción de una nueva construcción en un paisaje peculiar, en una zona urbana de mayor o menor valor en una ciudad o pueblo. También se refiere a los añadidos, las ampliaciones o las remodelaciones de los edificios, de los conjuntos o de los espacios públicos. Insertar o reemplazar un elemento del mobiliario urbano, una obra de arte, una señal, una gráfica, vegetación, pavimentos, por ejemplo, influirán en la percepción y lectura de un sitio.
    Cuba, al desprenderse del dominio español, inició el siglo XX con un espíritu renovador de la cultura, la ciudad y la arquitectura. Entre 1925 y 1930 el urbanista francés Jean Claude Nicolás Forestier elaboraría el más importante programa de desarrollo urbanístico para La Habana desde las grandes reformas del Capitán General Tacón en el XIX.1 La obra de Forestier otorgó a la capital su carácter de urbe moderna, su “...mayoría de edad”, como ha dicho Roberto Segre.2 Pero algunas de sus ideas, de haberse materializado, hubieran implicado destrucciones trascendentales en el tejido colonial. La gran avenida que proyectaba a partir del Capitolio Nacional, mediante el ensanche de la calle Teniente Rey hasta llegar al puerto, hubiera requerido demoler el Convento de San Francisco de Asís y alterar la hermosa plaza junto a éste. Otro tanto hubiera sucedido con la Plaza Vieja y la Plaza del Cristo. Es decir que, aparte de los edificios valiosos que se hubieran perdido, tres de las importantísimas plazas que caracterizan al centro histórico se hubieran modificado o tal vez destruido en virtud de las nuevas concepciones.
    Otro proyecto de Forestier para la vinculación de la Plaza de Armas con la bahía, preveía modificaciones que exigían el aislamiento del Templete y la desaparición del Palacio de los Condes de Santovenia, dos monumentos de primer orden que, hasta hoy, forman parte del enmarcamiento de dicha plaza.3
    Desde fines de la segunda década del siglo pasado diversas e innovadoras influencias arquitectónicas se amalgamaron dentro de las ciudades, especialmente en la capital. En los años 40 y 50 irrumpirían los mejores influjos de la modernidad mundial y latinoamericana, que producirían en La Habana, sobre todo, una arquitectura de gran calidad. Entre ellas destacan las obras de Eugenio Batista, Mario Romañach, Frank Martínez, Manuel Gutiérrez, Nicolás Quintana, Max Borges, Antonio Quintana y otros. En ocasiones, insertadas en la trama existente, otras veces, componiendo nuevos barrios o sectores.
    Un nuevo plan urbano muy particular, por su carácter a la vez que moderno, destructivo, fue el Plan Director proyectado por la firma Sert, Wiener y Schultz para La Habana en 1956. José Luis Sert actuaba bajo los dictados de su tiempo, pero su Master Plan implicaba la devastación de la mayor parte de los auténticos valores del núcleo histórico de la Habana Vieja, trazado incluido. Precisamente, esas características que, casi tres décadas más tarde, determinarían su inclusión en la Lista del Patrimonio Mundial.
    De 1959 en adelante La Habana se transformó muy poco y persistieron los valores heredados. Los diez años que siguieron al advenimiento revolucionario vieron surgir una arquitectura de muy alta calidad estética. Unas veces innovadora con respecto al pasado como la Ciudad Universitaria “José Antonio Echeverría” (CUJAE); otras, también expresivas de una clara contemporaneidad y a la vez permeadas de conexiones con la identidad y las tradiciones como las Escuelas Nacionales de Arte de Porro, Garatti y Gottardi. Dentro de este creativo período que pudiera catalogarse como romántico y como resultado de un concurso, en 1967 tuvo lugar la construcción del Parque de los Mártires Universitarios en la confluencia entre las calles Infanta y San Lázaro. Los arquitectos Mario Coyula y Emilio Escobar –tal vez sin una intención premeditada pero con una profunda sensibilidad hacia uno de los principales escenarios de los enfrentamientos estudiantiles con la tiranía batistiana– lograron insertar la nueva obra en ese cualificado y comprometido límite entre El Vedado y Centro Habana. En medio de una zona compacta caracterizada por una arquitectura predominantemente académica y relativamente monumental, los nuevos muros de hormigón narraban los hechos mediante bajorrelieves realizados por los propios arquitectos. Frente al movimiento y al ruido habituales del lugar, los paredones conformaron una plaza interior propicia a la meditación y al sosiego. La vegetación, con el tiempo, afianzaría la relación del monumento con el sitio. Pudiera afirmarse que fue ésta la primera inserción contemporánea a escala urbana bien resuelta en el período que referimos.
    La política de la Revolución de orientar las inversiones constructivas fuera de la capital y las limitaciones financieras, de algún modo congelaron La Habana en el tiempo. Ahora bien, si esta relativa “congelación” ha propiciado una coherente lectura de la historia de la ciudad y el disfrute de su indiscutible belleza, el deterioro acumulado es alarmante. Las amenazas a la integridad de esta urbe única en el Caribe, considerada una de las más bellas de América, se percibieron con mayor fuerza a partir del llamado Período Especial de los años 90.
    El núcleo histórico de la Habana Vieja, declarado Patrimonio Mundial en 1982, es una excepción. El Programa de Rehabilitación impulsado por la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana ha demostrado que con mecanismos de gestión ágiles e inteligentes, es posible aprovechar las viejas edificaciones y espacios públicos dotándolos de una nueva vida. Pero el resto de la capital languidece por una aguda falta de atención. Las entidades locales no disponen de los recursos necesarios y los habitantes no tienen forma alguna de adquirirlos.
    También en los años 90 el país experimentó necesarios procesos de apertura a la inversión extranjera que, en cierta forma, dinamizaron la actividad constructiva. Las presiones económicas en ocasiones han puesto en peligro ciertas zonas valiosas de las ciudades que, por no encontrarse aún definidas como monumentos nacionales o zonas protegidas, han sido más vulnerables. No se trata, desde luego, de las reconocidas áreas históricas: la Habana Vieja, Trinidad, Santiago de Cuba o Camagüey. A muy pocos se les ocurriría hoy un sacrilegio de tal magnitud. Pero lo que sí ha sucedido es que en la lógica búsqueda de los beneficios económicos requeridos para el desarrollo, se comprometieran espacios con valores estéticos, históricos y paisajísticos con una arquitectura que no siempre ha sido la mejor. No quiere esto decir que no se pueda crecer. Se puede, pero las respuestas a los nuevos requerimientos tienen que acompañarse ineludiblemente de sensibilidad y sutileza.
    En 1999 la Comisión Nacional de Monumentos declaró como zonas protegidas varias áreas e importantes avenidas de la ciudad de La Habana, con el objeto de estimular un análisis más cuidadoso de lo que en éstas se construía, de modo que las nuevas obras presentaran la calidad que la ciudad merece y que constituyeran los mejores legados de la presente generación a las futuras. De ahí que las Comisiones Nacional y Provincial desaprobaran recientemente el proyecto de un hotel para una importante inversión extranjera en Malecón y Prado, un espacio sumamente privilegiado de la Habana Vieja. El diseño presentado, de muy baja calidad, se estimó lesivo a la apariencia altamente cualificada de la zona. En la decisión primó la defensa de las propiedades del lugar y se determinó esperar por un futuro proyecto que se ajustara a esta importante premisa. Es probable que en el fallo influyera también la experiencia del Hotel Parque Central construido en la famosa esquina de Prado y Neptuno en el año 2000. Independientemente del éxito que significó la instalación de un hotel de cinco estrellas en este lugar, la expresión resultante fue extraña y no logró los objetivos esperados con respecto a la integración de la nueva edificación a las ruinas existentes. Su ampliación, que actualmente se ejecuta con un sobrio y elegante proyecto de los arquitectos José A. Choy y Julia León, demuestra que pueden conciliarse el interés económico, la buena arquitectura y la preservación de las áreas patrimoniales.
    Fuera de La Habana, muchas nuevas inversiones turísticas han ocupado terrenos de elevado valor urbano o paisajístico. Lógicamente los inversionistas se han interesado por las áreas más privilegiadas. En Varadero, donde ya se habían perdido exponentes históricos en aras de modernizar y de incrementar las capacidades turísticas, el nuevo desarrollo ha significado cambios mucho más radicales en su imagen. Aquellos parajes que a fines del siglo pasado aún presentaban atractivos paisajísticos y patrimoniales ya no son reconocibles.
    La angustiosa búsqueda de recursos bajo las condiciones de un embargo económico ha traído como consecuencia no pocas decisiones erróneas en términos de ocupación del suelo, diseño y paisaje, tanto en la capital como en otros enclaves privilegiados por su arquitectura o naturaleza. En algunos casos se han importado proyectos ya experimentados en otros países que no han sido los mejores. El Hotel Meliá Habana en el Monte Barreto de la zona costera de Miramar en La Habana –obra del tempranamente desaparecido Abel García– probó que en Cuba hay arquitectos de talento que pueden producir obras de calidad.
    Otro ejemplo muy atractivo fue la remodelación del Banco Financiero Internacional culminada en el año 2000 con un proyecto de José A. Choy y Julia León. Ubicada en Quinta Avenida y 92, Miramar, muestra una inteligente y sutil fusión entre el edificio diseñado en 1957 por el notable arquitecto Eugenio Batista para el Trust Company y los nuevos componentes requeridos por la moderna instalación de la Casa Matriz y Sucursal del Banco. A la obra original –marcada por un pórtico de extrema sobriedad, apariencia clásica y cierta pesantez monumental, que formara parte inseparable de la imagen de la Quinta Avenida por más de cuatro décadas– se le adicionaron dos nuevas plantas. Como premisa, los arquitectos asumieron la preexistencia de un edificio interesante y no se sintieron, como ocurre con frecuencia, con el derecho de suprimirlo. Al mismo tiempo, la capacidad de diseño fue indudable, los añadidos enmarcaron la obra de Eugenio Batista que se hizo más evidente que antes.
    Entre los aciertos de los últimos años es obligado resaltar que el programa de rehabilitación de la Habana Vieja, además de haber logrado el rescate físico y la revitalización de amplias áreas de alto valor en el núcleo histórico, ha favorecido la inserción de nuevos diseños armónicos con el contexto monumental.
    Ya desde los años 80, el arquitecto Daniel Taboada había enfrentado exitosamente el reto de instalar los modernos laboratorios del Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología en el antiguo Convento de Santa Clara. La cuidadosa inserción de cajas transparentes de madera y vidrio que asumirían la nueva función sin perjudicar la percepción de la nave colonial y su magnífico techo de armadura, había aportado una enseñanza. El restaurante A Prado y Neptuno, obra de Roberto Gottardi, es otro de los paradigmas. En la planta baja de un edificio esquinero de principios del siglo XX, en el espacio que antes ocuparon sucesivos y conocidos restaurantes, se logró un rico ambiente contemporáneo. El arquitecto, haciendo gala de su condición de maestro del diseño, manejó el color y la luz, la gráfica y el mobiliario, las referencias al pasado y al presente, a lo europeo, italiano y veneciano –como el mismo origen del autor– y a lo cubano y lo habanero.
    En los interiores del Telégrafo –hotel decimonónico emplazado en la esquina anteriormente mencionada y del cual sólo se había preservado la fachada– también se han conjugado remanentes históricos con diseños actuales dentro de los cuales destacan los murales de Eduardo Rubén. La marquesina de entrada, finamente adosada al edificio, es un inequívoco signo de contemporaneidad.
    La maciza edificación situada en la manzana de las calles Mercaderes, San Ignacio, Obispo y O’ Reilly, construida en los años 50 bajo un racionalismo duro y ajeno a la factura del centro histórico en el terreno del demolido Convento de Santo Domingo, se ha remodelado recientemente. Las obras realizadas por la Oficina del Historiador de la Ciudad tuvieron el objetivo de rehabilitar esta edificación seca y exenta de atractivos con vistas a albergar el Colegio Mayor de San Jerónimo de La Habana. Mediante el empleo de vidrios reflectantes, entre otros recursos de diseño, el arquitecto José Linares ha buscado suavizar el impacto voluminoso y formalmente molesto del edificio existente. Algunos aspectos de la obra pueden ser debatibles y han suscitado polémicas encendidas, pero, sin dudas, ha abierto un camino a la reflexión sobre la nueva arquitectura dentro del centro histórico. Y, sobre toda disquisición formal, resalta la formidable función que ahora cumple esta nueva y espléndida instalación universitaria dedicada a la enseñanza de las especialidades del patrimonio. En su interior, el llamado paraninfo, por ejemplo, muestra una encomiable reinterpretación del pasado colonial, rememorando la primera universidad habanera que residió en este sitio.
    El arte contemporáneo, a escala urbana, ha devenido una práctica frecuente en la Habana Vieja. Entre los ejemplos dignos de mención se han distinguido las monumentales arañas de la nonagenaria artista francesa Louise Bourgeois, colocadas temporalmente entre la Manzana de Gómez y el Museo de Arte Universal en el 2005 como parte de una exposición promovida por el Centro Wifredo Lam. O las grandes esculturas metálicas del artista español Antonio Grediaga expuestas en el 2006 en la Plaza Vieja. Esculpidas por José Villa, se distinguen las estatuas en bronce del Caballero de París, frente al Convento de San Francisco de Asís y la de la Madre Teresa de Calcuta en el jardín de este monasterio.
    Pero, a pesar de los indiscutibles logros de la Habana Vieja, como ya hemos esbozado, varias zonas de valores histórico de la capital como Centro Habana, El Cerro y El Vedado así como otras ciudades del país, están hoy amenazadas por el descuido y el desorden. Y no sólo se afecta el invaluable patrimonio construido sino que, con ello, empeoran las condiciones habitacionales y el comportamiento social. Cabe preguntarse por qué, si contamos con instrumentos legales coherentes, estructuras administrativas e instituciones experimentadas como las del sistema de planificación física, de preservación del patrimonio, de la construcción. Si se dispone de recursos intelectuales y de profesionales capaces. Si existen en Cuba cuatro escuelas de Arquitectura donde se forman jóvenes valores. No podríamos justificarnos mediante el argumento de las dificultades económicas o del embargo. La historia no nos perdonaría que le destruyéramos alguno de sus componentes. Tampoco nos exoneraría de culpa si legáramos al futuro una arquitectura confusa, equívoca, globalizada o anodina, carente de la identidad que hasta hoy ha distinguido las ciudades cubanas. Más que nunca, es imprescindible aprovechar la experiencia acumulada en el país hasta hoy y practicar un debate crítico y sistemático. Asimismo, continuar insistiendo en la formación cada vez más esmerada de los jóvenes arquitectos, artistas y diseñadores, promover la superación y actualización de los profesionales junto con el estímulo material y espiritual al trabajo. Y en ese proceso, no se puede soslayar el reforzamiento de la autoridad especializada correspondiente.
    El concurso efectuado en el 2007 con el auspicio de la Dirección Provincial de Planificación Física de la Ciudad de La Habana y el Instituto Nacional de Reserva Estatal para el proyecto de un conjunto habitacional en los terrenos del antiguo Hotel Trotcha, en Calzada entre Avenida Paseo y Calle 2, El Vedado, constituye una esperanza. Experiencias como ésta demuestran que lo viejo y lo nuevo no tienen que ser antagónicos, que se puede adicionar valores a la ciudad lejos de escamoteárselos. Ahora falta su constatación en la práctica cuando se ejecute el excelente proyecto ganador presentado por Choy y León.
    El tema de la relación entre lo nuevo y lo viejo se ha ido ampliando hacia la búsqueda de definiciones sobre los límites admisibles de la transformación en contextos históricos y se ha colocado en la actualidad en el centro de profundas discusiones. Ya hace veinticinco años, en 1982, tuve el privilegio de oír en La Habana a la destacada arquitecta italiana Franca Helg cuando declaraba:

    Pertenezco a la Escuela del Movimiento Moderno y sostengo que cada época debe expresarse con su propio lenguaje.[...] Siempre se manifestará un profundo respeto por las cosas, por las tradiciones y la historia, siempre se atenderán las exigencias funcionales y expresivas actuales, siempre una sensibilidad compleja y profunda por todos los elementos que entran en el juego de las interrelaciones. 4

    Pensaba Helg que las operaciones de restauro “se articulan de manera diferente de acuerdo a las diversas situaciones, a la variedad de ambientes, según la costumbre, la calidad, la época, la escala del monumento y que, por tanto, la regla del caso a caso es la única aplicable”.5 Así, la colaboradora de Franco Albini definía proféticamente, poco antes de su lamentable deceso, lo que ella entendía debía ser la postura del arquitecto contemporáneo con respecto al legado cultural urbano y arquitectónico.
    El Memorandum de Viena emitido en el 2005, tras la reunión Patrimonio Mundial y Arquitectura Contemporánea. Manejo del Paisaje Histórico Urbano, resumía: “el reto fundamental de la arquitectura contemporánea en el paisaje histórico urbano es responder a la dinámica del desarrollo de modo de facilitar los cambios socioeconómicos y el crecimiento de una parte, respetando a la vez el paisaje urbano heredado y sus escenarios circundantes”.6 ¡Ojalá estos conceptos puedan ser aplicados a plenitud en las ciudades patrimoniales cubanas y especialmente en nuestra irremplazable Habana.

    1 Jean-François Lejeune: The City as Landscape: Jean Claude Nicolas Forestier. “The Great Urban Works of Havana, 1925-1930”, The Journal of Decorative and Propaganda Arts, n. 22, Wolfson Foundation, Miami, 1996.
    2 Roberto Segre: “El sistema monumental de la ciudad de La Habana: 1900-1930”, en Universidad de La Habana, n. 222, La Habana, enero-septiembre, 1984, p. 187-200.
    3 Ídem.
    4 Franca Helg. Intervención en el Seminario sobre Técnicas Modernas de Restauración, La Habana, 1982. La arquitecta italiana fue invitada por la doctora Marta Arjona a participar en este seminario auspiciado por la Dirección de Patrimonio Cultural, celebrado en el Palacio de las Convenciones en octubre de 1982.
    5 Ídem.
    6 Memorandum de Viena. Reunión de Patrimonio Mundial y Arquitectura Contemporánea. Manejo del Paisaje Histórico Urbano. Centro de Patrimonio Mundial, ICOMOS y Gobierno de Austria. Viena, 2005.