De amores y esperanzas: segundas partes sí fueron buenas

De amores y esperanzas: segundas partes sí fueron buenas

  • La trama central se desarrolla en un bufete colectivo, se estructura en 13 capítulos, y se apoya en hechos reales. Foto tomada del Portal de la Televisión Cubana
    La trama central se desarrolla en un bufete colectivo, se estructura en 13 capítulos, y se apoya en hechos reales. Foto tomada del Portal de la Televisión Cubana

De amores y esperanzas, con guión de los escritores Amílcar Salatti y Raquel González, es la teleserie que, en horario estelar de las noches sabatinas, presenta —en su segunda temporada— el Canal Cubavisión, para nutrir el intelecto y acariciar el espíritu de los amantes de ese género audiovisual.

El elenco artístico lo integran —entre otros— los primerísimos actores Edith Massola, Coralita Veloz, Irela Bravo, Corina Mestre (maestra de maestros en el campo de las artes escénicas insulares y de mucho más allá de nuestras fronteras geográficas), Néstor Jiménez, Rogelio Blaín (1944-2018), a cuya memoria está dedicada esta segunda temporada, Rubén Breñas y Jorge Martínez, los carismáticos actores Yuliet Cruz, Denys Ramos y Juan Carlos Roque Moreno (estelar en el papel de inveterado machista, que agrede física y verbalmente a la esposa y a la hija que ambos procrearon), así como Saúl Rojas y Jorge Enrique Caballero.

Ahora bien, hay un personaje que, al igual que Pepe El Romano, en La Casa de Bernarda Alba, no se ve, pero sí se escucha su cálida voz: el poeta y cantautor Silvio Rodríguez, cuyas canciones, signadas por el aliento lírico que las identifica, adquieren —por derecho propio— un papel protagónico en la banda sonora de Amores y esperanzas.

La trama central se desarrolla en un bufete colectivo, se estructura en 13 capítulos, y se apoya en hechos reales, pero con el componente de ficción que la convierte en indiscutible obra de arte, mientras su objetivo fundamental es reflejar —desde una óptica objetivo-subjetiva por excelencia— la realidad que nos circunda.

Por otra parte, los televidentes deben tener en cuenta el hecho de que, en ese bufete donde los letrados tratan temas vinculados con el Derecho Civil, y que están relacionados —en lo fundamental— con las familias, los juristas afrontan sus propios conflictos (laborales, conyugales, emocionales o de otra índole), porque son —en esencia— seres humanos que integran una unidad bio-psico-socio-cultural y espiritual indivisible, y cuando esa unidad se altera, por la razón que sea, se afecta la calidad de vida de esas personas.

La “novelita del sábado por la noche” (como una parte del público la califica), deviene una historia donde los cubanos nos vemos proyectados, sin que los personajes sean —necesariamente— delincuentes o presenten retardo en el desarrollo psíquico.

Según mi apreciación, no solo como crítico, sino también como amante del género, el mérito mayor de esa proposición audiovisual, caracterizada —básicamente— por su factura estético-artística, sólido guión, eficaz dirección de actores, magistrales interpretaciones y excelente fotografía, reside en el tempo y el espacio en que discurre la acción dramática.

Amores y esperanzas les facilita a los telespectadores interiorizar e incorporar a su estilo de afrontamiento el mensaje eminentemente ético-humanista, que dicha teleserie les envía a través de los desgarradores problemas humanos y sociales que plantean las crudas historias llevadas a los bufetes colectivos, así como a los tribunales, cuyos jueces y magistrados dictan justa sentencia de acuerdo con las características específicas de cada caso.

En declaraciones a la prensa local, Raquel González expresó que “[…] siempre he tenido una gran preocupación por los problemas humanos, creo que de ahí parten todos los conflictos que hoy [padece] el mundo, las injusticias me rebelan y me llenan de impotencia cuando no pueden ser resueltas para bien. Esto, unido a mi divorcio, me decidió a emprender este proyecto, pues tuve que ir muchas veces al notario, y allí constaté que no estaba equivocada en mi apreciación del mundo en cuanto a los conflictos que las personas hacen más difíciles de resolver […]”.

Con esas situaciones, que le aguijonearan el intelecto y el espíritu, Raquel decidió indagar “[…] porque no acostumbro a hablar de lo que no sé y estuve en bufetes, tribunales y fiscalías muchas horas. Durante casi una década, me dediqué a ver lo que nosotros llamamos juicios y aprendí que [en el vocabulario técnico-jurídico] se llaman vistas [orales]. Le preguntaba después a esos profesionales [del Derecho], quienes tan amablemente me han dedicado su tiempo. Esto me dio la esencia para después fabular y [elaborar] casos de ficción, que siempre tienen en común [algún vínculo] con la realidad”, concluyó.