Escriba y lea: espacio emblemático de la televisión cubana

Escriba y lea: espacio emblemático de la televisión cubana

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Después de un tiempo fuera del aire, por razones ajenas a la voluntad de los creadores y panelistas, el espacio Escriba y lea, con guión del escritor Pablo Bergues y dirección del realizador Jimmy R. Sariol, regresa triunfal a la pequeña pantalla insular, según me notificara el doctor Ángel Pérez Herrero, profesor titular e historiador oficial de la Universidad de La Habana, en un fraternal encuentro en la sala Villena de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

Dicho programa, caracterizado —básicamente— por su elevado vuelo cultural y sólido soporte estético-artístico, debe proyectarse en horario estelar por el Canal Cubavisión, donde nació, creció y caló hondo en el gusto popular desde su fundación en 1969, opinión que compartimos el ilustre intelectual cubano y este cronista.

El equipo de realización lo configura un panel integrado por los doctores María Dolores Ortiz (fundadora del programa); Ángel Pérez Herrero y un nuevo integrante, que sustituye al doctor Félix Julio Alfonso López; el crítico y periodista Fernando Rodríguez Sosa, quien tiene a su cargo los comentarios literarios, así como el locutor Ramón García, quien desempeña la función de moderador.

Cada edición cuenta con una agrupación musical o un solista que cubre el segmento dedicado al mágico mundo de las corcheas y las semicorcheas.

El panel tiene tres rondas de preguntas y respuestas: la primera y la tercera con información visual, dirigida al televidente, mientras que la segunda carece de ese tipo de información.

Desde la fundación de Escriba y lea, hace casi cinco décadas, los panelistas han elaborado un cuestionario que se estructura en una serie de interrogantes que tienen como objetivo fundamental ubicar en tiempo y espacio al personaje, hecho o episodio histórico u obra artístico-literaria que deben identificar.

Los temas abarcan desde la antigüedad clásica hasta nuestros días, ya que comprenden un variado y amplio espectro cultural, que la inteligencia global y emocional, así como la formación integral que poseen los panelistas, van descifrando  “ […] poco a poco, como llega cojeando la verdad de la mano del tiempo”, según el filósofo griego Annon.

Cuando uno de los participantes acierta, ofrece —con el empleo de un lenguaje académico, pero accesible al telespectador— una documentada explicación acerca del personaje, hecho o episodio histórico u obra artístico-literaria que acaba de identificar, para que los fieles seguidores del programa puedan descubrir los valores ideo-estéticos, éticos, patrióticos, humanos y espirituales que hay en la incógnita que acaban de despejar.

Explicación que —muy a menudo— suele ser enriquecida con los aportes medulares del resto de los panelistas, así como del moderador.

En ocasiones excepcionales, no llegan a identificar el problema histórico-cultural que se les plantea, y el remitente recibe como estímulo uno de los regalos más valiosos que puede obsequiársele a un ser humano: un libro impreso, percibido por los principales artífices de ese espacio audiovisual como el mejor amigo del “homo sapiens”.

Por otra parte, los comentarios especializados de Rodríguez Sosa se sustentan en la reseña realizada a una obra literaria de autores cubanos o foráneos que, por las disímiles virtudes que la caracterizan, han publicado las editoriales del Instituto Cubano del Libro (ICL).

La reseña correspondiente constituye —sin ninguna duda— una incitación a la lectura de la obra con objetivos muy bien definidos: ensanchar el horizonte cultural de quienes decidan sumergirse en sus páginas, así como alimentar el intelecto y enriquecer el espíritu del lector.

Las agrupaciones y los solistas invitados al programa suelen acariciar la mente y el alma de los telerreceptores con la interpretación de verdaderos clásicos de la música cubana, que lamentablemente están invisibilizados en nuestros medios de comunicación.

Durante casi 50 años en la pantalla chica, Escriba y lea es —por derecho propio— un espacio que favorece, ¡y de qué forma!, el crecimiento personal, cultural, humano y espiritual de quienes lo sintonizan cada semana para apropiarse de ese “tesoro que salva: la sabiduría y el conocimiento”.