Géneros cinematográficos: reflexiones con la literatura

Géneros cinematográficos: reflexiones con la literatura

  • Casi desde el surgimiento del cine, quedaron claros los tres grandes géneros cinematográficos: la ficción, el documental y los dibujos animados. Foto tomada de Internet
    Casi desde el surgimiento del cine, quedaron claros los tres grandes géneros cinematográficos: la ficción, el documental y los dibujos animados. Foto tomada de Internet

Casi desde el surgimiento del cine, quedaron claros los tres grandes géneros cinematográficos, si como género entendemos que se define la esencia que identifica al tipo de obra: la ficción, el documental y los dibujos animados, que aunque muy bien podrían caber dentro de la ficción, tal vez por su lenguaje expresivo apuntaban a otra esencia, y por su eterna subvaloración como arte para niños (lo cual subvalora tanto a los niños como al dibujo animado, que atrapa a todas las edades e incursiona en las más complejas problemáticas), requerían atención especializada; similar subvaloración ha sufrido el documental, a pesar de ser presumiblemente, el género en que nació el cine.

Quizás esta haya sido la razón para continuar clasificando cada vez más, para bien y para mal, las obras cinematográficas, y también para que el público (con la alta dosis de populismo derivada) pudiera escoger sobre todo entre tanta ficción lo que prefería: así por ejemplo la comedia, tan del gusto popular y quizás por ello mismo en las academias, tan subvalorada, empezó a definirse como género, y en contraposición lo que bien podría entenderse como tragedia pero que tal vez para disminuir el impacto del nombre, se haya definido con el polémico apelativo de “drama”, dado que en realidad, la dramaturgia ha de ser intrínseca a todos los géneros escénicos y mediáticos, a debatir en la literatura y otras artes. Pero como abunda y es la vida misma, devendría (ha devenido) otro género: la tragicomedia. Y no sin cierto tono peyorativo, la “comedia ligera”, la comedia romántica, el drama romántico, que refieren más al tema (por no llegar a las diferenciaciones entre tema y asunto) que al género. 

También surgen e identifican momentos y contextos de la historia del cine, y por obras y hasta autores que marcan hito, y llega a hablarse del “cine de autor” (distingue a autores muy personales, pero ¿cuál no tiene autor?), “de época” (todo refiere alguna época, incluso imaginaria; ¿y el cine histórico, el de historia?), el cine musical (que no es lo mismo que el cine con música, este último casi absolutizado y hasta abusado, el primero un caso quizás parecido a los animados, entre la subvaloración y su instrumental en que la banda sonora y coreografías puede llegar a ser el gran protagonista y su razón de ser, su esencia), los western (“oestes”), los western spaguetti si son europeos (básicamente italianos, que no siempre se diferencian en esencia del original estadounidense), samuráis, aventuras (¿no la hay en tantas otras historias?), del llamado cine negro luego las películas de gánster y policiacos, los “misterios” de un momento a suspense, que es la técnica para todo lo que intenta mantener la atención.

Hay quien llega a diferenciar entre terror y horror según sea de ultratumba o no. Al escuchar “películas de acción”, me pregunto cuál es la que no tiene acción… el thriller al inicio dado para las sorpresivas explosiones de carros (¿?), ya es casi cualquiera.

Al pensar en el cine de ciencia-ficción (con diferencias relativamente lógicas del fantástico) recuerdo su raíz en la literatura, arte que ha sufrido proceso semejante de la poesía a la prosa y esta última a la dramaturgia con otras artes, y al cuento, la novela, noveleta, testimonio, ensayo… pero también comedias, romántica, etcétera, mientras la ciencia-ficción trasciende como tema o ambiente a todas las artes. Sin la menor duda, son necesarias las clasificaciones, pero urge un debate conceptual al respecto pues también pueden ser muy peligrosas si devienen camisas de fuerza y si se usan irresponsablemente, porque pueden (y ha sucedido con frecuencia) traicionar la esencia de la obra, confundir al espectador potencial y real, y al final, irrespetarse a sí mismas.