Playa Leonora

Playa Leonora

  • Playa Leonora, con solo 55 capítulos, desarrolla —entre otros— temas demasiado sórdidos. Foto tomada de Cubasí
    Playa Leonora, con solo 55 capítulos, desarrolla —entre otros— temas demasiado sórdidos. Foto tomada de Cubasí

Playa Leonora es el título de la ¿telenovela? o ¿teleserie? que, inspirada en una idea original del escritor Alberto Luberta Martínez (su guionista), y dirigida por el realizador Armando Toledo, transmite —en calidad de reposición— el Canal Cubavisión Internacional

La trama gira alrededor de un accidente inexplicable y la posible contaminación de las aguas aledañas a la construcción de un proyecto turístico en una región costera de nuestro archipiélago; situaciones que colocaron, en un mismo escenario, a investigadores, biólogos y buzos, encargados de valorar el impacto ambiental que podía ocasionar en el área dicho proyecto.

En dependencia de los hallazgos de las pesquisas oceanográficas realizadas al efecto, era posible detener la edificación con carácter definitivo o posponerla durante un período determinado.

A los/as expertos/as se incorporaron los habitantes del pueblo cercano: Las Brisas. El roce diario entre seres humanos de procedencias e intereses cognoscitivos y espirituales diferentes desempeñó la función de factor desencadenante de disímiles conflictos erótico-amorosos, profesionales y sociales. Mientras tanto, el misterio de la contaminación se mantuvo presente hasta el último momento.

La M.Sc. Mayra Cue Sierra, 1 miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), estima que  la telenovela se sustenta en un conjunto de códigos ideo-estético-artísticos y éticos, que se deben respetar. En el caso de dicha teleserie, fueron vulnerados los indicadores metodológicos que pautan el desarrollo dramático de ese género audiovisual.

En primer lugar, una telenovela debe tener, por lo menos entre 80 y 100 capítulos, así como llevar a la pequeña pantalla una trama central y varias sub-tramas que tienen como objetivo priorizado focalizar —desde el comienzo— la atención y el interés del televidente, y a medida que avanza la acción dramática, los problemas planteados en un principio se van resolviendo de forma gradual y paulatina hasta llegar, finalmente, al triunfo del amor sobre el odio, el bien sobre el mal, y la justicia sobre la injusticia.

Playa Leonora, con solo 55 capítulos, desarrolla —entre otros— temas demasiado sórdidos: la corrupción, la marginalidad, la delincuencia, el robo, la violación, la prostitución, la agresividad física, verbal y psicológica contra mujeres y hombres, el machismo, la homofobia, un intento frustrado de suicidio o autoquiria y el lesbianismo (mal tratado en pantalla y al cual se le dio una solución controversial).

Hubiera sido preferible no incluir ese polémico asunto en el argumento de dicho audiovisual. Y, preciso, no es que me oponga —nada más lejos de la realidad ni de mi verdadera intención— a que el homoerotismo, tanto masculino como femenino, se refleje desde una óptica estético-artística por excelencia en los medios masivos de comunicación, además de añadirle la dosis exacta de ética, profesionalidad y respeto al otro con orientación sexual diferente. 

A propósito de la homofobia —tumor maligno de carácter social que, a pesar de todo lo que se ha avanzado en su enfrentamiento, todavía está enraizado en los cimientos de nuestra sociedad— se puede percibir, con meridiana claridad, el mecanismo de la proyección, definido por Sigmund Freud (1856-1939), el Padre del Psicoanálisis Ortodoxo, como la acción de atribuir a personas, situaciones o cosas sentimientos hostiles que embargan al sujeto, y ejemplificado a través de la conducta (psicológicamente incomprensible, por cierto) de los personajes que, en ese contexto, asumen comportamientos machistas y homofóbicos a ultranza.

¿Es natural que dos sujetos supuestamente heterosexuales se preocupen por el tamaño del miembro viril del buzo (Kelvin Espinosa), porque se bañaba solo y no deseaba mezclarse con ninguno de los constructores?

Tanta era la morbosidad mostrada por esos dos marginales que le cerraron la llave de paso para que el joven tuviera que salir del baño mientras se duchaba, y en un descuido, uno de los ¿curiosos? le quitó la toalla que le cubría los órganos genitales, y el actor tuvo que hacer, ante la teleaudiencia, un desnudo que —en mi opinión— era innecesario desde todo punto de vista… solo para satisfacer la actitud enfermiza de quienes querían descubrir, al precio que fuere necesario, el secreto celosamente guardado por el chico, y además, saber si era gay. ¿Con qué propósito?        

Por otra parte, los personajes femeninos salieron muy mal parados: fueron víctimas de violación, así como de violencia corporal, psicológica y moral, acoso homoerótico, sumisas hasta el límite de lo permisible en una mujer, engañadas con falsas promesas relacionadas con permutas para la capital que solo existían en la imaginación del personaje (Nancy González), que soñaba vivir en la Ciudad de las Columnas a como diera lugar, y por si todo ello fuera poco, fáciles de llevar a la cama por cualquier improvisado galán.

Las más jóvenes mostraron un marcado comportamiento histérico (la quinceañera a la que le amputaran la pierna), pueril (la hija adolescente de la primerísima actriz Blanca Rosa Blanco, cuya presencia en los primeros capítulos se esfuma como polvo en el viento) o presentaron un cuadro clínico, caracterizado por una crisis convulsiva, y que requirió ingresar —con suma urgencia— a la paciente (Camila Arteche), en una sala de Terapia Intensiva, donde estuvo al borde de la muerte, sin conocer a ciencia cierta el diagnóstico de la afección neurogénica (¿?) que pusiera en peligro su vida.

Por lo general, no hay suficiente hondura en la delineación de la estructura psicológica que sostiene a los personajes…, no obstante la gran riqueza interior que hay en el universo subjetivo de muchos de los actores y actrices que integraron el elenco de Playa Leonora, y que —lamentablemente— no se supo aprovechar al máximo.

La doctora de asistencia —signada por un carácter irritable y escasa o nula inteligencia emocional (saber colocarse en el lugar del prójimo), para establecer una buena empatía tanto con las personas allegadas a la paciente como con el personal de enfermería que labora en el servicio, sin renunciar, por, supuesto, a los principios éticos que mediatizan el ejercicio hipocrático— no utilizaba, en su comunicación interpersonal, el vocabulario científico-técnico que identifica, en cualquier medio, a un profesional de la salud.

Con apoyo en el perfil de dicha teleserie, hubiera sido mucho más acertado transmitirla en el defenestrado espacio de las Aventuras, que ahora exhibe el Canal Educativo de la Televisión Nacional, y que solo hace repetir teleseries nacionales, cuyos capítulos los pequeños telespectadores se saben de memoria.

Ahora bien, para proyectarla en ese espacio vespertino, dedicado —fundamentalmente— a la grey infanto-juvenil, hubiese sido requisito sine qua non revisar el contenido de las escenas, matizadas por la violencia, las palabras malsonantes y el erotismo que, en Playa Leonora, crecen silvestres como el marabú.

Por último, es una verdadera lástima que artistas de la talla excepcional de Marta del Río, Aramís Delgado, Manuel Porto, Blanca Rosa Blanco, Ketty de la Iglesia, Lieter Ledesma, entre otros/as, quienes pueden competir —en igualdad de condiciones— con actores y actrices extranjeros/as de primerísima línea, hayan sido subutilizados/as en ese audiovisual.

No me asiste la más mínima duda de que los mencionados profesionales de las artes escénicas insulares pusieron toda su inteligencia global y emocional, así como lo mejor de su yo artístico, para salvar lo insalvable, pero —por mucho que se esforzaron por lograrlo— no pudieron atracar en puerto seguro esa desdichada nave, condenada desde el primer capítulo al naufragio más estrepitoso.

Por último, habría que destacar el hecho incuestionable de que —desde la vertiente estético-artística— los mayores logros de Playa Leonora fueran, sin duda alguna, las imágenes captadas por el lente de la cámara en las profundidades marinas, donde el telerreceptor pudo disfrutar durante un breve lapso de la belleza exuberante de la flora y la fauna que en ellas habitan.

Nota

(1) Dueñas Becerra, Jesús. Llorar es un placer. Mujeres. 2008 (1): pp. 18-20 (entrevista a la crítica, investigadora e historiadora, Mayra Cue Sierra)