Ritmo en los medios

Ritmo en los medios

  • En el resto de las artes, cada obra de las artes visuales tiene también su ritmo que todo especialista debe descubrir, porque solo bailando a ese ritmo puede explicarla. Foto tomada de Internet
    En el resto de las artes, cada obra de las artes visuales tiene también su ritmo que todo especialista debe descubrir, porque solo bailando a ese ritmo puede explicarla. Foto tomada de Internet

No, no se trata del cine musical ni de los espacios musicales de nuestra televisión, ni de las agrupaciones de la música popular bailable en la radio; solo mencionar la palabra ritmo, y los audios se nos despiertan, el cuerpo se nos mueve, e imaginamos preferentemente tambores (como si los otros instrumentos musicales no tuvieran potencialidades rítmicas también, y los tambores fueran incapaces de la melodía), y si acaso, alguna danza marcando el ritmo. Claro que se trata de todo eso… pero el ritmo no es privativo de la música, ni siquiera de las artes. De hecho, la música hereda y explicita su ritmo de la vida misma y su ritmo natural, según cada contexto. Cada cuerpo tiene su propio ritmo biológico, que quizás sean los latidos del corazón los que más lo marcan. La naturaleza toda vive en ritmos, algunos caóticos y trepidantes, como puede ser durante los desastres naturales… la carrera de animales pero también personas, por salvar la vida… otras veces todo lo contrario, devienen genuinas melodías, como las olas de una playa apacible para los enamorados.

En el resto de las artes, cada obra de las artes visuales tiene también su ritmo que todo especialista debe descubrir, porque solo bailando a ese ritmo puede explicarla. Toda obra literaria (no solo la poesía), tiene su propio ritmo, y lo mismo en toda obra escénica, en cada puesta, incluido el circo siempre preterido. Si bien el ritmo en las artes nace de nuestra propia naturaleza, constituye uno de esos elementos artísticos a considerar en todas las artes: es en el ritmo donde el público, aun sin conciencia de ello, encuentra asidero y queda captado para dejarse llevar, y hasta para crear sus propias obras aún subjetivas, a partir de sus múltiples interpretaciones. Solo que igual que en la naturaleza, hay muchos ritmos distintos en cada arte; no es mejor ni peor por ser más rápido o más lento: es el que cada obra requiere, según la obra y su propia naturaleza y hasta su contexto y el público al que pretende dirigirse. A menudo reflejan el ritmo al que vive cada sociedad, cada comunidad, cada familia, cada sujeto creador... otras veces son contrapropuestas precisamente para compensar, y cumple la función  de reducir el estrés cuando este domina la vida cotidiana; o no: lo refleja por simple inercia, o para cuestionarlo, o más común y simplemente… porque es el ritmo que necesita esa obra.

En los debates aún vigentes sobre “lo artístico” en los medios (incluyamos la radio), como en ningún análisis artístico, uno de los elementos que nunca debe faltar es la valoración del ritmo: si es el adecuado, si está bien trabajado o no, si merecería algún otro tratamiento, o no, para mejor cumplir su cometido. Tampoco toda la obra tiene que mantener el mismo ritmo todo el tiempo, en ninguna de las artes; una pintura puede tener zonas rítmicas internas diversas. Del ritmo (incluidas sus posibles variaciones) depende en gran medida desde la autenticidad de la obra en sí, hasta el interés que pueda captar seguidores; es decisivo en eso que se llama “suspense”, y que lamentablemente se ha limitado a un inesperado (ya casi nunca tan inesperado, en verdad) acuchillamiento en una ducha, o algún villano que acaba de morir y de pronto se levanta. Hasta esos extremos del “kitsch” nos ha reducido buena parte de la crítica, no siempre tan responsablemente profesional como debiera.

Es el ritmo el que nos mece en cada obra, o nos hace trepidar con ella; se dirá que eso depende del argumento, por supuesto, pero es que ese guión ha sido concebido, aún inconscientemente, con determinado ritmo, por el que se logra la obra o no, según su valor artístico en que se ha manejado el ritmo, que como todo arte, no se limita mutuamente con la estética, al contrario: mutuamente deben ampliarse y multiplicarse a toda la cultura, a todo el sistema social y natural en que vivimos… como la vida misma, para recrearnos, incentivar nuestro raciocinio y lo mejor de nuestra Humanidad, porque a la postre cada juego, cada práctica deportiva, cada trabajo, cada acto sexual, cada rito religioso, cada acción culinaria, tienen su propio ritmo, del que depende el éxito en la competencia, la digestión, el orgasmo, la eficiencia en todos los casos.

Y el ritmo trasciende de la obra a todo el medio: no es solo el de cada programa, sino el de toda la programación; el ritmo que invita de un espacio a otro, incluidos los spots y la publicidad que llamamos “de bien público”, y tan necesaria y responsable por ello mismo, debe atenderse también artísticamente, con su propio ritmo, que a su vez se inserte en el gran ritmo que lleva por ejemplo, una emisora radial, una tanda en un cine o un canal de televisión; ritmos cambiantes, pero orgánicos hasta al buscar absurdo, en una confluencia general, convincente… es un arte complejo lograr y mantener ese ritmo que nos atrape a bailar (no necesariamente moviendo nuestro cuerpo: bailando ideas, sensaciones, nuestro crecimiento personal) obra tras obra.