Villanos y facilismos

Villanos y facilismos

  • Un largo y fino bigote negro cual manubrio, con cuyas puntas solían jugar y enroscárselo, llegó a identificar en algún momento a los villanos en la escena y en los audiovisuales de inicios del cine silente. Foto tomada de internet
    Un largo y fino bigote negro cual manubrio, con cuyas puntas solían jugar y enroscárselo, llegó a identificar en algún momento a los villanos en la escena y en los audiovisuales de inicios del cine silente. Foto tomada de internet

Un largo y fino bigote negro cual manubrio, con cuyas puntas solían jugar y enroscárselo, llegó a identificar en algún momento a los villanos en la escena y en los audiovisuales de inicios del cine silente. Casi que si no se veía así, no era un “villano”, y al público se le dificultaba reconocerlo. En cuanto a las villanas, entonces menos frecuentes, solían ser “la femme fatale”, no por gusto llamadas vampiresas, pues casi parecían inspiradas en los vampiros por su delgadez, su aire tan etéreo. Quizás confundido entonces con una sensualidad mal vista por aquella sociedad, como para dudar de su moralidad de la que a la postre, nunca quedaban dudas. Una belleza peculiar que se mal interpretaba como maligna por definición, por sí misma, tal vez por inducir tentaciones a “la débil carne” a que nos hacen temer siglos de moralismos en que se entremezclan la hipocresía, las envidias y las frustraciones que trastocaron la “natura” con la “anti-natura” para más reprimir y hacerse erigir como “los buenos”, “los justos”… lo que tanta arrogancia e intolerancia desmiente.

Ya no son esos los clichés…  pero son otros. Es como si hurgar más a fondo fuera demasiado complicado, cuando he ahí el arte que trasciende la epidermis. Si facilismos al fin, antes era seudo-cultura, mucho más lo es en la actualidad, cuando es de suponer se haya evolucionado. Ahora son caritas, miradas, expresiones que supuestamente nacen del alma, pero de inorgánicas se delatan; poses, incluso alguna que otra vestimenta, peinado, color; tonos al hablar, gesticulaciones precisas… el público disfruta la sensación de sentirse aprobado cuando descubre al villano, y agradece al actor que hace todas esas concesiones elogiándole la actuación: “qué malo(a) es”, se suele escuchar con una extraña complacencia, morbosa cómplice de la villanía. Y muchos críticos, que a menudo no se distinguen más que por el poder de los medios del que abusan, lejos de rectificar, lo incentivan de un extremo al otro, ambos “kitsch”: caer en gracia al pueblo, o todo lo contrario: la estola al cuello del incomprendido, por tan sublimes y superiores que se pretenden, sin mayor argumentación.

El mal es internacional; no es solamente cubano, si bien hay contextos, es cierto, en que es peor. Nadie ha dicho que el arte sea fácil: grandes actores y actrices en algún momento, se han repetido o al menos, han tenido momentos repetidos, por lo cual no podemos desdorar sus méritos: sería buscarles manchas al sol. Quizás por eso el teatro es la gran escuela que reconocen tantos actores: cada exhibición, aún de la misma obra, es una obra distinta, momentos y contextos distintos, lo cual no exime también de repeticiones, pero cuando se entregan a lo que están haciendo, hasta para no aburrirse y naturalmente, hay variaciones más ligeras o notorias que claro, no traicionen la esencia de la puesta; igual ocurre con los grandes oradores, incluidos los profesores brillantes que imparten la misma clase, pero nunca les queda igual.

Lo más difícil es representar el mismo villano, y representarlo de forma distinta cada vez; más difícil aún, si saben hacer sentir ese villano sin maniqueísmos, y no se trata de inventarle virtudes que no tiene, sino simplemente que la diferencia es absoluta, eterna. Los momentos de transición ayudan a valorar la interpretación, siempre y cuando no degeneren también en clisés que como vemos, comparten todos: público, actores y críticos, guionistas y directores…

Algo parecido a los villanos ocurre con otras distinciones, como pueden ser disímiles discapacidades: la admiración nace de que cojea siempre del mismo pie y de forma más menos similar, o que mira sin ver. En un momento pasó (a veces pasa aún), de forma terriblemente homofóbica, al interpretar homosexuales que solo son eso, y los empluman casi hasta la burla, o en heteros cuyas poses y gestos “macho man” se acentúan, igual que la vulgaridad en aquellos papeles de extracción popular, o la histeria en momentos de irritación, sin la autenticidad de la contención; o llorar, o reír, siempre distinto.

Más difícil todavía es el arte: saber llenar de matices al personaje, sea cual sea, y sobre todo cuando no descansa en malformaciones físicas ni espirituales, ni en maldades que lo conducen a la locura, a muertes horribles o finales caóticos (casi como el Juicio Final), aunque otra variante ha sido los que triunfan en su maldad, y no por eso deja de haber clisé y facilismo, sin dejar ver qué otros “castigos” puede haber en sus propios retorcimientos. Más difícil es aflorar los tantos colores y contradicciones que tenemos todos, por muy buenos que seamos, y lograrlos siempre distintos, como somos, incluso al personaje en su evolución-involución, sin impostarles maldades inconsecuentes: la contradicción es mucho menos simplista que bueno o malo, y de problemas rebosamos, y solo en esas contradicciones, vivimos y progresamos.