Camagüey, el pueblo que se negó a morir

AYER Y HOY: MIRANDO A CUBA

Camagüey, el pueblo que se negó a morir

  • Camagüey no quiso desaparecer.
    Camagüey no quiso desaparecer.
  • El escudo de los camagüeyanos.
    El escudo de los camagüeyanos.

Hoy este emborronacuartillas ha movido sus inquietas coordenadas, por nuestros paisajes de ensueño, hasta el con mucha razón llamado señorial Camagüey.

Y, en la intimidad de alguno de sus sombreados parques, mientras uno hace el balance en la historia de ese asentamiento, se convence de que Santa María del Puerto del Príncipe —hoy Camagüey— fue una población que se negó a morir.

Como es bien sabido, fue este uno de los sitios donde, según la orden del extremeño Diego Velázquez de Cuéllar, tuvo el europeo domicilio fijo.

Cuando transcurre 1514 sucede la fundación, en la Punta Guincho perteneciente el cacicazgo de Mayanabo, en lo que es hoy la bahía de Nuevitas. Como vecinos principales, el teniente a guerra Diego Ovando, Juan de Toro, Hernán de Consuegra, Juan de Orellana.

Mas, entre los pobladores de los primeros tiempos, sobresale Vasco Porcallo de Figueroa, el más relevante de todos los terratenientes que en la conquista participaron. Quizás, el instaurador del latifundio en Cuba.

Este hidalgo sevillano pasó a la historia por una tétrica particularidad: el sadismo contra los aborígenes sometidos a la encomienda. Se cuenta que alguna vez sus mayorales le pidieron bastimentos para los indios, quienes trabajaban en los lavaderos de arenas auríferas hasta la muerte. Y la respuesta fue: “¡Que vayan a pastar la yerba de los campos!”. Cuando los indiecitos, hambreados, comenzaron a ingerir tierra, les hizo comer sus propias vergas.

Mosquitos y hormigas

Puerto Príncipe comenzó como sitio marítimo y terminó en calidad de emplazamiento mediterráneo. En el lugar original comenzaron las tribulaciones de aquella villa que se negó a morir. La zona resultó prácticamente inhabitable, infestada de mosquitos y hormigas. Y el suelo era esterilmente calizo.

Por ello, en 1516, la población —menos de un centenar, incluidos 23 niños— cargó con sus bártulos varias leguas tierra adentro. Radicaron el nuevo asentamiento en un llano, al cual siguieron llamando Santa María del Puerto Príncipe, aunque ya no hubiese puerto por parte alguna.

El nuevo lugar camagüeyano estaba ceñido por ríos. Mas el caprichoso paladar de los conquistadores no gustaba de sus aguas y comenzaron a depender de la pluvial, acumulada en aljibes. Y quizás fue esta misma circunstancia la que dio lugar a los típicos tinajones, que devinieron símbolos de la ciudad.

Ya todo parecía paz y progreso en el futuro de aquella gente luchadora y la villa iba engrosando su población.

Pero entonces pasó… lo que pasó.

La estampida floridana

Un día, llegó la noticia tremenda.

Hacia la cercana península de la Florida iba a partir una tremendísima expedición.

Y se decía que las tierras por conquistar eran de maravilla: Jauja, La Arcadia, El Paraíso Terrenal, Una idealizada comarca donde vivir era una felicidad.

En compañía de casi mil hombres, el badajocense Hernando de Soto arribó a la costa oeste de Florida, en 1539.  

Aquello culminó en desastre total. Tras andar y desandar aquellas tierras, De Soto muere de fiebres, y sus compañeros lo entierran —si se puede enterrar en un río— en el Mississippi.

Por cierto, el mismísimo Vasco Porcallo se entusiasmó con el proyecto, a cuyas filas se unió. Para terminar haciendo el ridículo. En el fragor de un combate resbaló y cayó en un fanguero. Sus compañeros de armas comenzaron a burlarse del enlodado combatiente. Y ahí mismo Porcallo, les vociferó que se fueran pa´ casa del badajo, y que él regresaba a Cuba, lo cual hizo.

Más sinsabores

Con el paso de los hombres de De Soto —y el despoblamiento— no habían cesado las tribulaciones de Santa María del Puerto Príncipe.

El día 16 de diciembre de 1616 se declaró un fuego que sólo concluyó cuando toda la villa estaba reducida a cenizas. Según cuenta un cronista de la época, “ni aun la casa de Dios se eximió de la voracidad de este incendio”.

Cincuenta y dos años después del siniestro, la población tuvo que vérselas con todo un señor bandido de los mares: ese tipo terrorífico que terminó como todo un lord, y como gobernador de Jamaica: Henry Morgan.

El terrible marino llegó a Cuba con doce velas y 800 hombres, armados hasta los dientes.

Los arrestados principeños le pusieron emboscada, con éxito.

Pero al final la superioridad de la fusilería pirata iba a imponerse, y el Jueves Santo 29 de marzo de 1668 entraban los invasores a la villa, donde dieron fuego al barrio de Santa Ana. Allí, para desgracia de historiadores, se quemaron los libros parroquiales.

Casi once años después, en el paraje conocido como La Matanza, están emboscados 250 piratas. Transita por allí el presbítero Francisco Garcerán, y los piratas pretenden detenerlo. Mas el religioso escapa gracias a los bríos de su cabalgadura. Minutos después entra en Puerto Príncipe gritando: “¡Piratas en La Matanza!”. ¡Que lo dice el padre Garcerán!”.

En un sangriento combate, perecieron cincuenta contendientes de cada bando.

En el transcurso de los hechos, cayó como rehén de los piratas la esposa del alcalde, José Agüero. Parece que la doña era algo peleona y malgeniosilla, pues cuando los piratas propusieron negociaciones el alcalde respondió que él no entraba en capitulaciones ignominiosas con forajidos y, que si era su gusto… ¡que se la llevaran!

Final, como un dictamen

Los principeños (o camagüeyanos, como quieran llamarlos) tuvieron accidentada historia. Pero, a pesar de mosquitos, hormigas, incendios o ataques piratescos, tozudamente se negaron a que los multiplicasen por cero.