Recordado Miguel Matamoros en la UNEAC

Recordado Miguel Matamoros en la UNEAC

Etiquetas: 
Músicos, Hurón Azul, UNEAC, Homenaje
  • Homenaje a Miguel Matamoros junto al septeto Son Matamoros en la UNEAC. Fotos: Roberto Bello
    Homenaje a Miguel Matamoros junto al septeto Son Matamoros en la UNEAC. Fotos: Roberto Bello
  • Homenaje a Miguel Matamoros junto al septeto Son Matamoros en la UNEAC. Fotos: Roberto Bello
    Homenaje a Miguel Matamoros junto al septeto Son Matamoros en la UNEAC. Fotos: Roberto Bello

La Asociación de Músicos de la UNEAC apoyó la idea de celebrar en el espacio Jueves de Tradición del Hurón Azul un homenaje al eminente músico y compositor Miguel Matamoros en el aniversario 122 de su nacimiento y el 91de la fundación del célebre trío Matamoros que tanta gloria dio a la música cubana desde la década del 20 y para ello invitó al septeto Son Matamoros que en los últimos tres años ha mantenido el repertorio del genial santiaguero a impulsos de su nieta Marta Matamoros, productora general del septeto.

El maestro Rey Montesinos les dio la bienvenida y aportó alguno de los datos biográficos de Miguel Matamoros para dar inició a la actuación del grupo con su repertorio Matamorino de sones y boleros tradicionales, todos muy reconocibles por el público porque asombrosamente la obra del compositor santiaguero no ha perdido vigencia en ningún formato de la música cubana, y aunque faltaban par de músicos al inicio el sonido era muy bueno así como el desempeño de la solista Kendra Duquesne, una poderosa y  armoniosa voz sonera.

El colectivo dirigido por el trompetista Francisco Fernández Ortega se mantiene amenizando el Patio Sevillano del Hotel Sevilla casi todos los días de la semana en diferentes horarios, a excepción de los martes y los viernes, aunque hacen otras presentaciones es el lugar donde mejor se les localiza y disfruta. Ellos pertenecen al Centro Musical Ignacio Piñero.

Miguel Matamoros nació en el popular barrio de Los Hoyos, de Santiago de Cuba, el 8 de mayo de 1894. Ya Santiago era una ciudad bulliciosa y alegre, que vivía orgullosa de los recuerdos de las guerras de independencia y de sus glorias musicales. Allí han nacido gran parte de los géneros musicales básicos del país: el bolero, el son, la conga. Santiago sigue siendo una ciudad de trovadores.

Pero ya desde 1912 había empezado a hacer presentaciones en público y algunas de sus canciones eran conocidas en la ciudad.  Aprendió de los maestros troveros, comenzando por Pepe Sánchez. Hizo dúo con Miguel Bisbé, que hacía de segundo y agregan otra guitarra al grupo, Alfonso del Río. En 1922 viajan a La Habana, después se presentó la oportunidad de un segundo viaje a La Habana y como del Río no pudo ir, Matamoros buscó un nuevo guitarrista; Rafael Cueto, seis años más joven que él. Se nombraron el Trío Oriental, pero no pasó nada con ellos y regresaron a Santiago. 

El 8 de mayo de 1925, en la celebración de su 31 cumpleaños, Cueto llevó a la fiesta a un joven cantante, Siro Rodríguez. El acople de los tres fue inmediato, y deciden seguir juntos. Había comenzado un trío que permanecería unido durante treinta y cinco años y revolucionaría el ambiente musical latino Seguían tocando y ampliando el repertorio, que en ese momento incluía pasodobles, boleros y tangos. Fue cuando comenzaron a notar que el público prefería los sones compuestos por Matamoros. Miguel, se dio cuenta de que mientras no grabaran, mientras sus números no se escucharan en las victrolas, no pasaría nada.

En 1926, el trío viajó a La Habana para unas pocas actuaciones en el Teatro Actualidades. Y logran que lo escuchen en la ferretería y almacén general que representaba a la Víctor en Cuba: Viuda de Humara y Lastra. El trío se había ido depurando. Quizás intuitivamente, estaban haciendo algo muy diferente a lo que se hacía en ese momento. De hecho, tampoco abandonaron del todo el formato grande de sexteto, no solo audicionó el trío, sino ampliados a sexteto, con el que trabajaban alternando con el trío, según fuera la ocasión que se presentara.

Pocos días después, el Trío estaba en el Norte, grabando en los estudios de la Víctor, posiblemente en Camden, New Jersey. Cuando iban a comenzar a grabar el director del estudio objetó el nombre de Trío Oriental porque ya existía un trío con ese nombre, el de Blez y Figarola y había un Cuarteto Oriental. Entonces se decidieron por el sonoro apellido de Miguel: Matamoros. Grabaron en tres días, mayo 28, 29 y 31 de 1928, 21 números. El primer disco que salió –V-81274 tenía Olvido, un bolero, y el son El que siembra su maíz, ambos de Miguel. El éxito fue instantáneo. En poco tiempo se vendieron miles de copias, más de las que vendió el Sexteto Habanero, la estrella máxima de la Víctor en aquellos tiempos, con cualquiera de sus grabaciones. El porqué de este éxito se debía a diversos factores.

En el año 1926 cuando el trío viajó a La Habana, según Cueto, aprendieron la importancia de la base musical que daban las modestas claves y las agregaron a su instrumentación. Hasta ese momento, Siro tocaba solamente las maracas y desde entonces las alternó. Esencial fue el estilo innovador, único y diferente de ambos guitarristas. Miguel sabía combinar sabiamente el punteado con el rasgado de la guitarra. La guitarra que rasguea solamente, como hacía la mayoría de los guitarristas de la época, no va más allá de seguir un patrón rítmico; la guitarra que puntea hace melodía, armoniza. Y Cueto, por su parte, supo convertir los patrones rítmicos de las comparsas santiagueras en los sabrosos tumbaos en que combinaba el rasgueo de la guitarra con golpecitos a la caja de la misma.

Y luego estaban las voces. A diferencia de las voces broncas de los sextetos de moda, tanto Miguel como Siro tenían voces de bellos timbres y aquella combinación de tenor y barítono tenía un fuerte sabor, sabor a Caribe, sabor mulato. Era música básicamente para escuchar y ése fue también parte de su éxito. Supieron reducir las complejidades del son, con polirritmia y sus coros, a dos voces, dos guitarras y un instrumento rítmico. Y estaba el repertorio: fundamentalmente las maravillosas inspiraciones de Miguel Matamoros. Si Miguel no hubiese cantado ni tocado, sus composiciones por sí solas, lo hubiesen hecho inmortal. Bastarían Lágrimas negras, Son de la loma, La mujer de Antonio, Olvido y unas cuantas más. En resumen, se había probado una vez más, que en arte, menos es más.  El Trío le podía a los Sextetos y Septetos.

En 1929, en su segunda visita, grabaron 20 números en tres días, en julio.  En los años 30 y 31 grabaron varios números en Cuba, probando en este último año con un cuarteto, agregando una trompeta al Trío.  En 1934, volvieron a grabar en Nueva York y, al parecer, para explorar el mercado, grabaron cuatro números el 30 de julio de 1934, con una supuesta Orquesta Matamoros que pensamos fue un grupo organizado por el músico cubano Alberto Socarrás, destacado saxofonista y flautista, que hacía años residía en Nueva York y había tenido su propia orquesta. También en La Habana hicieron algunas grabaciones con la Orquesta de Romeu. Ese año hicieron 33 grabaciones con el Trío, que, al parecer, seguía siendo el favorito del público para aquella época. En 1935, grabaron en Nueva York seis números con el septeto y 20 con el Trío. Las últimas grabaciones para la Víctor allá son 12 números, en el año 1937.

De ahí en adelante grabarían decenas de discos en los estudios que usaba la Víctor en Cuba hasta los años ’50, la mayoría de los cuales eran del Conjunto y no del Trío. Esta tendencia es lógica, pues la música bailable brinda más oportunidades para un grupo, que la simplemente vocal.

Paralelamente a sus actividades discográficas, el Trío tuvo una activísima vida artística en sus treinta y cinco años de existencia.  Siempre actuales en Cuba, viajaron además en los años sucesivos al 29: a Nueva York varias veces, a Yucatán y a Santo Domingo en 1929 y 1930, a Europa en 1932 con la Orquesta Siboney de Alfreto Brito, en gira que se extendió por el norte de España, Madrid, Barcelona –donde hicieron algunas grabaciones para la Víctor- París, nuevamente Madrid y Lisboa; en 1933 viajaron por Panamá, Venezuela, Curazao y Colombia; en 1937 a Brasil, Uruguay, Argentina, Chile, Perú, Panamá y Jamaica. En las décadas del ’40 y ’50 continuaron los viajes a Nueva York, Santo Domingo, Puerto Rico, México, Panamá, Venezuela, siendo el último en 1960 a Nueva York antes de su retiro, el 10 de mayo de 1969, en La Habana.

El Trío grabó además varios Lp’s en la década del ’50 para los sellos Kubaney, Martínez Vela, Ansonia y Velvet y con el Conjunto para RCA Víctor. En la década del 50, Miguel estaba sentimental y artísticamente unido a la cantante Juana María Casas, (La Mariposa) y grabó con ella un LP para el sello Panart, bajo el título de Cuarteto Maisí, con guitarra, piano, trompeta y tumbadora y las voces de Juana María y Miguel —era en realidad un quinteto— demostrando que aún a los 60 años, era Miguel Matamoros, con Trío o sin él… De esta unión con la Mariposa nació una hija, Seve Matamoros, que aunque ha intentado la carrera artística, no ha tenido éxito.

Años antes, y con otra santiaguera con la que tuvo amores, y a quien le dedicó el bolero Mata y Beby (Mata como apócope de Matamoros y Beby por el apodo por el que se conocía a esta señora) tuvo un hijo, Mario Miguel, a quien le dedicó un número con ese mismo nombre Mario Miguel. Con Mercedes, su primera esposa a la que volvió a unirse después de divorciarse de La Mariposa, no tuvo hijos, que sepamos.

Aunque se calculan unas 200 composiciones de Miguel Matamoros, en su mayoría sones y boleros-sones, es muy posible que sean más. El investigador Rodolfo de la Fuente, en un interesante trabajo publicado en la Revista de la Asociación de Coleccionistas de Puerto Rico, con evidencias, dice que algunas de las letras de las composiciones de Miguel, son de su medio hermano, Ignacio Falcón Matamoros, entre ellas El que siembra su maíz, Olvido y Lágrimas negras. Es posible que así sea, pero es tanta la gloria de Matamoros, que bien puede compartirla con su hermano.

Al retiro del Trío como tal, Siro y Cueto se reunían ocasionalmente para hacer música. Tocaba con ellos Benito González, un admirador del trío de toda la vida, que aportaba la guitarra faltante.  Benito, además, frecuentó el trato con Miguel cuando este vivía en Regla, durante su matrimonio con La Mariposa. Según Benito, la última composición de Miguel es un bolero-son titulado Destinos unidos. Hemos tenido la oportunidad de escuchársela a Benito, y realmente Miguel siguió siendo un gran compositor, hasta el umbral de su muerte. Curiosamente, los tres integrantes del Trío fallecieron con intervalos de diez años, como señaló Pedro Zervigón en interesante artículo que escribió a la muerte de Cueto: Miguel, el 15 de abril de 1971; Siro, el 29 de marzo de 1981 y Cueto, el 7 de agosto de 1991.  (Cristóbal Díaz Ayala, El Nuevo Día, San Juan, Puerto Rico, 6 nov. 1994).

El conjunto Matamoros tuvo grandes cambios de personal en su historia.  Por ejemplo, según Francois Sevez (Historia de la voz dominicana, 1942-1950) el grupo que actuó en La Voz del Yuna en enero de 1947 se componía del trío con José Interián y José Antonio Quintero, trp.; Rigoberto Díaz, cantante; Evelio Rodríguez, p.; Cristóbal Mendive, bajo y Saturnino Díaz, bongosero.  También le acompañaba como bailarina y animadora Ana Gloria Varona.  En las grabaciones del Conjunto de 1948 en que se escuchan en algunos números buenos solos de piano, estos pueden ser de Peruchín Jústiz o de Ramón Dorcas.

Bibliografía citada en la Discografía de la Música Cubana del Dr. Cristóbal Díaz Ayala, fuente principal consultada.

Ezequiel Rodríguez Domínguez: “Trío Matamoros”, Ed. Arte y Literatura. La Habana, 1978.  Entre las decenas de artículos que se han escrito sobre los Matamoros: Cristóbal Díaz Ayala: “Miguel Matamoros”, Revista La Canción Popular No.10, 1995;  Rodolfo de la Fuente: “El Trío Matamoros: Siro, Cueto y Miguel… e Ignacio: El otro Matamoros”, Revista de la Canción Popular, No.6, 1992;  Rocío Cárdenas: “Rafael Cueto: una historia del son”, Revista Musical Puertorriqueña No.2, julio a diciembre, 1987;  Dulcila Cañizares: “La trova tradicional cubana”, Edit. Letras Cubanas, La Habana, 1992, pág.99;  Luis Ríos Vega: “Matamoros más allá del tiempo”, Revista El Manisero No.2, Barcelona, abril a mayo, 1994;  Gary Domínguez: “Matamoros: Ecos de un Festival”, Revista 91.9, Bogotá, noviembre a diciembre, 1994.