Blaf prenfao

NATURAL DE CAIBARIÉN

Blaf prenfao

  • Pedraplén de Caibarién, que une al pueblo con Cayo Santa María.
    Pedraplén de Caibarién, que une al pueblo con Cayo Santa María.

En el puerto de Caibarién, donde nací, un lugar poblado de sobrenombres no solos individuales, sino también familiares, a la usanza de un título nobiliario; había además personajes muy curiosos. Uno de ellos era Blaf prenfao.

Blas era un muchacho del barrio de Puerto Arturo, trabajador portuario, y buena persona, que tenía un extraño defecto al hablar: cambiaba la pronunciación de la S por la F.

Cuando lo muchachos, implacables como son todos los muchachos, nos burlábamos de él, nos decía: ¡Vayanfe pal carajo! ¡Pero mira que fon pefaos! Y entonces era la risa.

El Caibarién de entonces era, según decires de los marineros, el puerto cubano más cercano al sur de los Estados Unidos, y por ello mismo había un comercio muy activo de azúcar, envasada en sacos que se exportaba, y todo tipo de mercancías foráneas que entraban a la Isla.

Pero existía un problema. Caibarién tiene una ancha bahía llena de peces y crustáceos, y por ello es muy baja; el nivel del agua no sube a más de seis o siete pies a lo largo de quince millas náuticas hacia afuera. Ello permitía que una pléyade de pescadores, con botes a la vela solamente, salieran en la madrugada y volvieran al atardecer con la “marea”, esto es, los peces capturados, que se vendían de inmediato a los cuartos de pescado, quienes los envasaban en cajas de madera con hielo, y en la madrugada profunda los trasladaban a La Habana para ser vendidos como pescado fresco en la Plaza de Cuatro Caminos.

Y como ello le daba trabajo a muchos pobladores, nunca se pudo dragar y darle profundidad a la bahía. En cierta ocasión se pensó hacer un “ferrocarril cayero”, o sea, una línea férrea que uniera la tierra firme con los cayos de Francés, Santa María, Las Brujas y otros. También en otra ocasión, se pensó hacer una carretera de Caibarién a Cayo Francés, pero tampoco tuvo éxito. No fue hasta el triunfo de la Revolución en que se logró hacer un pedraplén de 47 kilómetros de largo, que une el pueblo con Cayo Santa María, y ha permitido la existencia de hoteles para turistas básicamente extranjeros, pero como ahora no hay comercio con Norteamérica, el puerto sigue desactivado.

Entonces cuando el comercio era muy activo, los sacos de azúcar se llevaban en patanas haladas por remolcadores, que navegaban de madrugada las quince millas hasta Francés, y de allí a la Poza del Francés, un hondo enorme con el agua más transparente que he visto en mi vida.

En la Poza anclaban los barcos mercantes extranjeros, y se abarloaban las patanas para que los estibadores, usando las lingadas, que eran seis sacos juntos sujetos por un estrobo que se izaba hasta el mercante y se descargaba y ordenaba en su bodega, cumplieran su faena. Ese era el trabajo, muy peligroso porque a veces se soltaba un saco de la lingada y caía desde una altura considerable, lastimando casi siempre a algún trabajador. O peor, cuando se rompía un estrobo y caían los seis sacos a la vez.

Pero volvamos atrás, estamos en los muelles cargando la patana de sacos, y entonces la costumbre era que cuando se llenaba la embarcación, se cubriera con una lona gorda y encerada para proteger el azúcar en caso que lloviera. El “encerado” se calzaba con unas cuñas de madera para que la brisa fuerte no lo levantara, puesto que en alta mar era difícil y peligroso volverlo a colocar adecuadamente.

Y una madrugada en que Nelson la Comadrona y Blaf Prenfao estaban de guardia en el timón, vino una brisa fuerte y levantó el encerado por una punta. Nelson, que andaba medio dormido, fue despertado por el muchacho, que sacudiéndolo le dijo:

Nelfon, que cagafón, el enferao hifo bolfo.