Una demostración de firmeza

Abstractivos de Pedro de Oráa

Una demostración de firmeza

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Plásticos, abstracción, Pedro de Oraá, UNEAC
  • La obra de Oráa saca a la luz sus variables estados de ánimo.
    La obra de Oráa saca a la luz sus variables estados de ánimo.
  • Pedro de Oráa fue distinguido con el Premio Nacional de Artes Plásticas.
    Pedro de Oráa fue distinguido con el Premio Nacional de Artes Plásticas.

Cuando en la segunda mitad de los años cincuenta, Pedro de Oráa emprendiera su incursión en la abstracción, puede que estuviese muy alejado de pensar que sería esa la única tendencia plástica a la cual se consagraría de por vida. Lo interesante es cómo ha sabido mantenerse y explorar senderos dentro de la línea de la abstracción concreta. Sustentada en un mundo de imágenes, identificadas como cosas existentes, resultado exclusivo de la imaginación del artista.

A diferencia de los artistas informalistas del grupo de los Once, con los cuales mantuvo contacto desde los comienzos de estos, se interesó por el trazado de figuras abstractas geométricas. En 1957, fundó y dirigió con Loló Soldevilla la galería Color-Luz, y un año más tarde integraría el grupo de los Diez Pintores Concretos (1958-1961), formado por Luis Martínez Pedro, Sandú Darié, Loló Soldevilla, Salvador Corratgé y José Mijares, entre otros. El camino inicial de la abstracción plástica en Cuba fue un momento de gran impacto y renovación en su búsqueda de un lenguaje universal, frente a la tradición de unas décadas antes, iniciada por los dos primeros brotes de la vanguardia, deseosa de encontrar visiones artísticas afianzadas en temáticas exaltadoras de la identidad nacional.

Fueron los abstractos, primero con el grupo de los Once, luego secundados por los Concretos, quienes abrieron otras posibilidades válidas a la creación. El esplendor de la abstracción, sin embargo duró apenas unos diez años. Para comienzos de la década del sesenta la abstracción a nivel internacional iba cediendo terreno ante la emergencia de nuevas corrientes artísticas, entre ellas la nueva Figuración y el Pop, que también encontraron eco y frutos sólidos en el contexto cubano. Además, la abstracción sufrió ciertos embates en ese tiempo en nuestro contexto artístico, perdiendo el protagonismo tenido en la década del cincuenta. No fue vista con buenos ojos porque la no-referencialidad de partida de esa estética, la hacía algo extraña a derroteros que impulsaban al arte cubano a asumir con cercanía el expresar la riqueza, diversidad y complejidad de la nueva vida social que la Revolución había hecho emerger.

Pedro de Oráa, como otros creadores, entre ellos Salvador Corratgé y Antonio Vidal, se mantuvieron firmes en su voluntad de crear en la abstracción. Con el tiempo, las lecciones de dominio compositivo en las maneras libres de trazar el color y las líneas, de considerar el espacio dejando a un lado la perspectiva ilusionista, se sedimentaron y amalgamaron en las nuevas vías de creación que surgieron en los artistas llegados después. Hoy la abstracción es una vertiente plástica en nuestro suelo que se enriquece y tiene en los maestros descollantes de aquellos comienzos, a baluartes de un enorme orgullo nacional. Pedro de Oráa es uno de ellos. La manera personal de este artista se fue desarrollando, recomponiendo, reajustando, siguiendo siempre la abstracción concreta. Le ha valido recientemente ser distinguido con el Premio Nacional de Artes Plásticas en 2015. Su exposición personal titulada Abstractivos en el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana hasta febrero del actual año es uno de los reconocimientos a sus logros personales.

Como resultado de su entrenamiento y práctica sistemática, Oráa fue dando muestras desde sus inicios en lograr un dominio notable, al conjugar formas y tonalidades mediante cuidadosos estudios llevados a cabo antes y en el momento de realizar sus cuadros.

Si uno repasa su obra a través de un gran periodo, se observa de modo recurrente el deseo de plasmar la sensación de serenidad en sus obras, aun cuando por momentos las formas parezcan estallar en el espacio representado. Comunican un aplomo de espíritu. Propician la contemplación aquietada. Compone las áreas de acuerdo a ese fin emocional, al emplear el blanco y negro en el contraste entre la figura y el fondo, o al hacer uso de una mayor gama de colores. Es una proyección de su personalidad. Su pintura saca a la luz sus variables estados de ánimo y aquello que parece tener en él una mayor continuidad: la serenidad, incluso cuando parezcan polarizarse ciertas áreas dispuestas en tensión. Ese reposo nos lo hace sentir. Indica la pretensión de lograr ante todo una balanceada unidad compositiva. En ese sentido pasa por sus sentimientos, sus ojos de artista y su modo de pensar el peso de la herencia de cientos de años de plástica internacional.

Su pintura no está movida por un aliento dramático. Si alguien siente el implícito dinamismo compositivo con el cual también compone, está en su condición perceptiva individual de receptor, sentirse arrastrado a hurgar cómo lo establece a nivel de micro-detalles. Es abiertamente ajeno al empleo de texturas. No cuentan en su universo pictórico. El suyo es el del reino de las formas y el color con intenciones planas. Si no hay una temática sobre la cual inscribir los asuntos abordados —de por sí no llevan título: (S/T)— serán los elementos plásticos en su condición no subordinada a motivos los que reclamen la atención concentrada y la estimulen constantemente.

Sus obras siempre nos sitúan frente a una espacialidad planimétrica en la intencional ausencia de perspectiva. No le interesa acentuar la disposición simulada de las áreas, delante o detrás, más que por un efecto óptico de conjunto. Sus piezas, a nivel de una mirada detenida en los fragmentos, dejan ver que todas las áreas están situadas disfrutando el aspecto de esa bidimensionalidad de la superficie. No pretenden insertarse en una lidia por el protagonismo con las áreas colindantes. El observar a corta distancia el trazado de las líneas permite regodearse en esa contemplación al recorrer los bordes de las figuras abstractas trazadas. Lo puede experimentar el público por sí mismo. Basta llevar la mirada por las líneas, seguirlas con atención. Esa fruición estética es placentera porque forma parte del disfrute de la estructura compositiva de las obras. Detenerse a contemplar las líneas es sumamente grato en su arte. Creo que si le preguntáramos a él mismo, confesaría que ese es uno de los deslices emocionales que le complacen al pintar, en lo resbaladizo del mirar. Y digo esto sin tener conversación con su autor que lo confirme pero es ese un modo de darse, de sentirse sus obras a nivel perceptivo. Me ocurre eso con sus lienzos. Posiblemente esa experiencia pueda ser compartida por otros.

La planimetría observada se solaza en la conformación interna de las áreas en tonalidades contrastantes con figuraciones abstractas de bordes lineales rectos muy precisos. Enuncia una propuesta de jerarquía horizontal en la cual los fragmentos no pretenden sobresalir, asomarse con aires de protagonismo respecto a los circundantes. Sus cuadros dan la impresión de captar la imagen de conjunto siguiendo los efectos de aplanamiento, como si viéramos las figuras del cuadro bajo los  efectos captados por un lente de telefoto porque el fondo y la figura se pegan y estrechan mutuamente en un fuerte abrazo que los unifica. Se rompe así de un modo satisfecho la tridimensionalidad ilusoria. Ese es otro de los efectos perceptibles. Estaba ya en las experimentaciones visuales de los artistas iniciadores de la abstracción en Europa y Estados Unidos. Son lecciones bien aprendidas, reformuladas sabiamente desde su individualidad artística, de modo que no se trata de seguir fielmente de manera reproductiva las huellas de otros, sino de servirse hábilmente, con soltura y revitalización, del repertorio que algunos sacaron antes a la luz.

Como artista abstracto, Pedro de Oráa ha enriquecido sus posibilidades en los últimos años al incursionar en la creación de pequeños modelos escultóricos. La pequeña escala de los mismos propicia manipularlos, sostenerlos en la mano, darles vuelta, verlos desde distintos ángulos. Esa maniobrabilidad  permite otra ventaja, el trasladarlos, contemplarlos muy de cerca de los ojos e imaginar cómo se verían en relación a contextos urbanos determinados sobre los cuales se superpongan, como posibles esculturas ambientales que hermosearan el paisaje circundante. Experimentar con antelación de cómo podrían funcionar estos en esos contextos de acuerdo a las edificaciones del entorno. Así como poder el artista y los constructores dialogar fácilmente en esos espacios con los habitantes y transeúntes del lugar, de considerar preliminarmente cómo valorarían esas formas abstractas, el colorido asignado, la función artística y el grado de atracción que potencialmente pudieran generar en quienes después podrían ser sus observadores cotidianos.

Hay sin embargo, en algunos de esos módulos escultóricos una volumetría en demasía que crearía interrupciones visuales. Creo que ganarían en esbeltez y se harían menos costosos, al reducir la cantidad de material necesario y las complejidades tecnológicas en su realización. Dejando margen a una mayor interacción visual y física que las silueteara con soltura en el paisaje contextual, dejando percibir el diálogo imaginario con las edificaciones cercanas o distantes que caerían en su campo de observación. Eso sería a mi juicio una ganancia en varios factores: ligereza, costos, esbeltez, aspectos a considerar en aumentar las oportunidades de llevarlas a cabo a escala urbana.

Tienen estos módulos —sin por eso pretender hacerse seriados, enunciando su singularidad— el sabor de parecer pequeños juguetes abstractos, que algunos recordamos sirvieron en los juegos infantiles en desarrollar destrezas y habilidades mediante elementos modulares. Esa soltura, esa ligereza, esa gracia, debiera Oráa tenerla en cuenta y reformular aquellos modelos o ampliar el número de los proyectados que los hiciera más factibles de ejecutar para felicidad de nuestras ciudades. Curiosamente estos modelos funcionan como una abstracción activa, pues invierten el proceso acostumbrado de representar el arte a partir de referentes inspirados en la realidad. En este caso la relación se modifica, sería lo abstracto sin pretensiones de referencialidad quien pasaría a integrarse a la realidad, ocupando por su importancia y destaque visual, un lugar significativo dentro de esta, formando parte de la misma. El arte abstracto daría así una prueba más de su utilidad en la vida de la sociedad contemporánea.

La creación personal de Oráa en los últimos tiempos da muestra de nuevos aires en las formas surgidas de su imaginación. Sería conveniente se trazara un posible estudio de su pintura fuera de los marcos nacionales, ver cuánto de peculiaridad pudiera haber en su trayectoria y modos de hacer respecto a la de otros artistas latinoamericanos en los países donde también se desarrolló la abstracción concreta. Ese estudio creo se le debe y sería provechoso iniciarlo, en una contribución más a rendirle homenaje y ampliar los horizontes de valoración de nuestra plástica que asumió y continúa con decisión la práctica de la abstracción.