La Gaceta de Cuba, su año 55 y unas memorias recobradas

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La Gaceta de Cuba, su año 55 y unas memorias recobradas

  • ¡Felicidades al equipo de realización de La Gaceta de Cuba por sus 55!
    ¡Felicidades al equipo de realización de La Gaceta de Cuba por sus 55!

Durante décadas, el estudio y divulgación de la cultura cubana de la diáspora fue en la Isla un tema ignorado, o como mínimo marginado. Con la obra y los autores de la emigración —desconocidos en gran parte en Cuba en antologías, diccionarios, etc., por razones esencialmente políticas— se inició a finales de los setenta, todavía muy tímidamente entonces, una toma de conciencia frecuente en la historia de la cultura, que en un movimiento pendular pasa de su desconocimiento a su creciente visibilidad: de pronto se convierten en la última década del pasado siglo en objeto de cátedras y eventos cada vez más generalizados[1].

El ejemplo más ilustrativo se produce a mediados de los noventa, con el resurgir y/o la aparición de un grupo significativo de revistas culturales y de ciencias sociales que, como consecuencia de la crisis económica se habían eclipsado del panorama editorial cubano, y que, junto a las contadas que sobrevivían de forma intermitente, atestiguan la voluntad de renovar sus espacios. Como parte de la diversidad y el emergente debate de ideas que tiene lugar en Cuba desde esos inicios de los noventa y en el avance de la década, estas publicaciones proponen, de forma creciente y sistemática, la divulgación de una parte más o menos significativa de la producción académica y artístico-literaria que generan los cubanos en el exterior. Y de eso se trata en Temas, Casa, Unión, Revolución y Cultura, Vigía, Opus Habana y otras, así como de revistas especializadas en música, artes escénicas y artes plásticas, a lo que se suman los entonces novedosos sitios digitales, como La Jiribilla, signado por el ciberespacio en el parteaguas de los dos milenios.

Estos esfuerzos expresan el reconocimiento de la existencia de una cultura cubana por encima de las fronteras nacionales, y de hecho contrastan con la intolerancia del mainstream miamense, caracterizado, como se conoce, por proyecciones públicas maximalistas que se oponen a cualquier contacto cultural con los escritores y artistas de la Isla, en el sobreentendido de que son meros amanuenses o instrumentos del Gobierno, y la intolerancia del conservadurismo a ultranza de determinados circuitos dentro del país, obcecados en evitar “la contaminación del enemigo”. Por suerte hoy ambas tendencias se localizan en una creciente minoría.

A las razones naturales que provocaron las reacciones de los extremos, dentro y fuera de la Isla, y que tienen comunes denominadores (sobre todo la ruptura familiar y la confrontación política y clasista, esto último a veces obviado), se suma el hecho más o menos declarado de manipular lo que sin ser “químicamente puro”, revela la voluntad de la gran mayoría de los intelectuales y cubanos en general: lograr —con el entendimiento cultural, a falta de otros en determinado momento sobre todo en el pasado— la base común generada por la necesidad impostergable del diálogo, más allá del espacio propio de la política, y el derecho de todos, sin soslayar las diferencias ideológicas en algunos casos antagónicas, de “pensar a Cuba”.

Durante los últimos veinte y cinco años —casi la mitad de su existencia—, La Gaceta de Cuba, fundada en 1962 como publicación de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y que, por tanto, utilizando un término de Arturo Azuela, podríamos definir como “revista institucional”, sistematizó en sus páginas una línea editorial que ya se venía anunciando a finales de los ochenta: sumar el reconocimiento de la cultura cubana, sobre todo la literatura, gestada fuera de los límites geográficos de la Isla.

En el complejo y cambiante panorama cubano de los noventa, La Gaceta... fue reconocida como publicación adelantada y cardinal en propiciar ese intercambio dentro de Cuba. Contando con importantes antecedentes en otros espacios, la revista canaliza de forma protagónica ese anhelo larvado durante décadas de silencio, de reconocernos (cualquiera sea nuestro lugar de residencia) en el corpus de la cultura nacional, para este empeño su equipo estuvo acompañado por la voluntad constructiva de intelectuales como Abel Prieto, Ambrosio Fornet, Graziella Pogolotti, Pablo Armando Fernández, Carlos Espinosa Domínguez, entre otros muchos fuera y dentro del territorio nacional. Estén donde estén, como escribiera Roberto Fernández Retamar en su antológico poema “Piotain” —homenaje a los peloteros de otras épocas—, se reconocen muchos de esos autores  más allá de integrar otros cuerpos literarios, como el multicultural que forma el mosaico étnico norteamericano u otros espacios de nuestra lengua como España, México o Venezuela, e incluso los de segunda generación también se integran por otros caminos y se examinan como parte del imaginario artístico y literario cubano.

En el prólogo a Memorias recobradas, libro en el que da a conocer una relación de los dossiers sobre la literatura de la diáspora aparecidos en la revista —compilación que, a su vez constituye la piedra angular de este temario en La Gaceta... —, su autor Ambrosio Fornet, un imprescindible estudioso de esa materia, escribe:

Desde que apareció el primer dossier de La Gaceta... se hizo evidente que estábamos dando respuesta a una necesidad profunda, tanto de información, como de coherencia intelectual (...) los dossiers cumplían también una función imprevista –una doble función, de hecho: sociocultural y psicosocial– puesto que a los autores les permitía incorporarse a su ámbito mayor, el formado por los lectores de la Isla, y a nosotros nos permitía recobrar esos fragmentos de nuestra propia memoria colectiva, escindida por el trauma recurrente de la diáspora. No hemos hecho más que empezar, pero de eso se trataba, justamente, de dar el primer paso[2].

Aprovecho para subrayar esta idea final, pues como dice el proverbio armenio —los chinos, como es natural, igual se lo apropian—,  para caminar mil millas primero hay que dar un paso. Todo esto dio lugar a un proceso sostenido, que aunque hoy sigue siendo insuficiente, su dinámica natural ya es ampliamente consensuada.

La Gaceta..., que había dejado de salir en agosto de 1990 como consecuencia de la aguda crisis económica que colapsó el mundo editorial cubano, reaparece en 1992 con nuevo formato, periodicidad y ajustes en su perfil, acentuando o madurando propuestas que se apuntaban a finales de los 80. Una de las señales que ya se perfilan claramente en el primer número de su reaparición (enero-febrero de 1992), es la presencia de la cultura cubana de la emigración o el exilio. De los trabajos publicados en ese primer número, merecen señalarse un largo artículo de Leonardo Padura Fuentes a propósito de la publicación en Puerto Rico, un año antes, del libro de entrevistas a autores cubanos Escribir en Cuba, de Emilio Bejel, ensayista manzanillero y quien por muchos años fue profesor de la Universidad de Boulder, Colorado; y un inédito de Severo Sarduy, escrito especialmente para la edición habanera de la Órbita de la revista Ciclón, a la que el autor valora como “la que de modo más hondo interrogó sobre la esencia de lo cubano, sobre el fundamento de la nacionalidad”. Todo inmerso en ese proceso que el insigne propulsor de lo carnavalesco y lo barroco define como “un gran río inmaterial e irreversible”, que “arrastra al adepto desde su iniciación”.

La breve nota editorial que anuncia la reaparición de la revista, con el título de la conocida frase de Fray Luis —“Decíamos ayer...”—, subraya la intención de “ser expresión plena y consciente del quehacer actual de la cultura nacional”. Ahora, ¿qué se entendía desde allí por cultura nacional? Este compromiso inicial y la interrogante serían clave para que la revista se fuera encontrando en los años siguientes, en “una sola cultura nutrida de identidad y diferencias”.

Es significativo el número de contenidos sobre el tema que nos ocupa y la representatividad de la mayoría de los publicados en nuestras páginas durante un cuarto de siglo (1992–2017). Desde su reaparición hasta el presente (mayo-junio de 2017), La Gaceta... ha divulgado 881 textos que abordan, directa o indirectamente, la cultura de la diáspora cubana (y/o exilio, emigración, como se le prefiera llamar), sobre todo su literatura. De ellos, 330 son de bibliografía activa, 230 de pasiva y 321 que la engloban en otros estudios generales. Hablamos de 153 números de La Gaceta..., ello significa un promedio de 35 trabajos al año, y 5,7 por número, al punto de que en este período solo en el número 3 del 99 no aparece una referencia  atendible.

La nueva política emigratoria cubana, que ha evolucionado sensiblemente y está obligada a seguirse perfeccionando en su propio desarrollo, debe catalizar en toda la sociedad lo que tuvo en el intercambio cultural su espacio germinal de reconocimiento. Porque, indiscutiblemente, “ir recuperando sin traumas los ajustes a la idea de la nación dondequiera que se produzcan”, como reza la nota antes citada, nos lleva al borgeano aleph, como punto imaginario multiplicado en cualquier sitio con la impronta de alguien que se sienta cubano (más allá incluso de barreras idiomáticas), donde se ve todo replicado al mismo tiempo con y en el aire y el polvo de la Isla.  Con el desafío, parodiando al ilustre ciego, de que se puede decir que el cubano de la Isla y el cubano “de otras orillas” es tan diferente que cualquiera podría confundirlos. O tan iguales que parecen distintos.

 

[1] El reconocimiento oficial de una llamada comunidad cubana en el exterior, a fines de los años 70, hizo en rigor insostenible esa exclusión, pero entonces, por un conjunto de circunstancias, el problema no fue abordado y se siguió asumiendo en última instancia como tabú, lo que condicionó, por ejemplo, la lamentable ausencia de escritores que vivían fuera del país del Diccionario del Instituto de Literatura y Lingüística, al margen de casuísticas concurrentes. En todo caso, hoy una de las problemáticas fundamentales del debate consiste en las jerarquías literarias, diferencias aún alimentadas por prejuicios ideológicos, y la negación de los derechos de autor de algunas figuras significativas del exilio (Cabrera Infante, Reinaldo Arenas) para publicar en la Isla. No obstante, el hecho mismo de que esto se discuta en distintos espacios públicos en Cuba, marca una diferencia difícil de obviar en el sentido de que hoy existe un necesario debate cultural más abierto, con independencia de que se compartan o no las respuestas posibles. Como es obvio, sólo de la polémica puede nacer el consenso.

[2] Ambrosio Fornet: Memorias recobradas, (compilación de dossiers de La Gaceta de Cuba) Editorial Capiro, Villa Clara, 2000, pp.9-12.