Conciencia cultural del fútbol y el beisbol (IV)

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Conciencia cultural del fútbol y el beisbol (IV)

  • Obra de Reynerio Tamayo.
    Obra de Reynerio Tamayo.

Los deportes, el fútbol, el beisbol, conforman una manera privilegiada de retornar a la infancia. Hay cierto atavismo en nuestros seminales años de primaria (y aún después ya de mayorcitos) cuando a la hora del recreo en vez de hacer la cola de la merienda o comentar la película de la matiné dominical, buscábamos por el patio de la escuela, si teníamos tema para una discusión que nos favoreciera, a los condiscípulos del equipo contrario; o nos escabullíamos con precipitada torpeza si la noche anterior fuimos derrotados. En esa etapa formadora se construyen las primeras complicidades con los afines a nuestro club –es decir, en un sentido primario a nuestras ideas–, pero nada se compara con la provocación a los seguidores de los eternos rivales, y el debate que esto desencadena, lo que el sabichoso cronista Eladio Secades bautizara, al reconocer la confrontación de aficionados contrarios en los centros de trabajo u otros espacios familiares o públicos, como “las tánganas beisboleras”. Y aquí hay mucha tela por donde cortar para el sicoanálisis, el desarrollo de la personalidad, la autoestima, las motivaciones, la cultura compartida, la identidad, y un largo etcétera. Son numerosas las anécdotas, los relatos, las referencias de conciencia y cultura que nutren esos primeros compromisos de pertenecer a algo.

El compositor y cantante venezolano Franco De Vita, que por su origen italiano y pasar gran parte de su infancia en la tierra de sus padres fue un seguidor del fútbol, cuenta como aún siendo niño, en el dilatado desplazamiento que fue el regreso a su ciudad natal, la familia hizo una escala en Nueva York. Al descubrir con sus ojos de infante la maravilla de como en el barrio de Brooklyn los niños cerraban algunas calles para jugar beisbol, pensó “yo quiero quedarme aquí”, y con mucha tristeza y a pesar suyo continúo viaje a la Caracas donde había nacido pero ya marcado por esa nueva experiencia lúdica, y allí definitivamente desarrolló su pasión por los dos deportes.

Según cuenta un vecino de la infancia del reconocido intelectual mexicano Jesús Silva-Herzog, en la niñez compartida en el Distrito Federal cuando este quería salir a jugar beisbol, encontraba a veces la resistencia de su padre, una persona de mucha valía social y lamentablemente con serios problemas visuales. En ocasiones el progenitor le demandaba que priorizará el compromiso que tenía de leer para él, y el pequeño Jesús se las ingeniaba para ser remplazado en esa tarea por el vecino de marras, reclutado a cambio de ser recompensado con una botella de refresco, lo que lo dejaba libre a Silva-Herzog para poder ejercitar su pasatiempo favorito.

Puede ser infinita la correspondencia de testimonios que avalan esos referentes afectivos de la impronta de los juegos atléticos en la educación más temprana. El periodista y dirigente sindical cubano Roberto Veiga Menéndez cuenta sobre sus estudios en la escuela pública de su barrio en Pueblo Nuevo, Matanzas, y como se comportó ese imaginario deportivo: “Había obsesión por la pelota en el barrio. Existían dos escuelas públicas, la de José Tomás (…) y la de León (nombre también de su director), donde estudiaron muchachos que brillaron en el beisbol profesional y hasta en las grandes ligas en Estados Unidos, como: Leonardo Cárdenas, Cheito Cardenal, Pedro Cardenal, Edmundo Amorós, Campanería y Enrique Izquierdo, entre otros”.[1]

El actor estadunidense de ascendencia puertorriqueña Héctor Elizondo, todo un profesional aún en los papeles más discretos, memoriza con insondable nostalgia como se destacó en la segundaria como jugador de beisbol, llegando a participar en ligas inferiores. Experiencias pasadas que nos pueden acompañar el resto de nuestras vidas, como es el caso del japonés Haruki Murakami, sempiterno candidato al Nobel de Literatura, quien se levanta de madrugada y escribe hasta mediodía. Después hace deporte, pues le apasionan el beisbol y los maratones, en los que participa como una costumbre que este huidizo autor de más de sesentaicinco años quiere preservar hasta avanzada edad.

El reconocido escritor Leonardo Padura –cuyo primer sueño, y frustración, en su natal barrio de Mantilla fue ser una estrella del beisbol–, describe en su cuento “El muro” como un empleado público, saturado con la abulia y el descreimiento de sus años de burócrata, contempla desde su puesto de trabajo a un niño jugando pelota contra una pared y recuerda sus propias ilusiones de la infancia. Decide entonces abandonar el claustro de la oficina para unirse al menor, y desarrolla un singular intercambio con el infante, desenlace marcado por aquellos primeros ensueños pueriles y las sucesivos reveses del hombre en que se convirtió.

Del excelente prosista que fue Raúl Roa hay una crónica antológica –y que siempre tengo el gusto de citar–, donde recrea su deslumbramiento por el deporte favorito a la más temprana edad, y el recuerdo de aquella primera admiradora, una hermosa trigueña de doce años, en los idílicos tiempos en que “pisando y pisando era para el corredor”. Esa pasión lo acompañó siempre y son varias las anécdotas hilarantes que protagonizó. Una de ellas, ya como hombre maduro y flamante canciller de la revolución cubana, aconteció cuando en 1960 acompañaba al presidente Osvaldo Dorticós en una gira por Sudamérica, gira que incluyó varias escalas técnicas, una de ellas en la activa megalópolis de Sao Paulo. El mandatario cubano, al regresar al aeropuerto con destino a Buenos Aires, “se encontró con un espectáculo singular. Mientras hacían tiempo por su regreso, Raúl Roa se fue con el periodista Eddy Martin,[2] y otros compañeros a un cercano puesto de venta de naranjas. Para entretenerse, a Roa se le ocurrió tirarle naranjas a Eddy Martin mientras el vendedor las contaba. Se quitó el saco y lanzó la primera naranja. Poco después estaban jugando a la pelota, y como algunas naranjas se reventaban, el jugo le ensuciaba la ropa. Al llegar Dorticós y ver como Roa tenía la corbata y la camisa manchadas de jugo de naranjas, lo miró incrédulo, momento en que Roa salió con una de las suyas: ‘Mira como estoy, chico, las naranjas brasileñas son una mierda’”.[3]

Notas:


[1] Roberto Veiga Menéndez: “Tenemos que dejar constancia de lo sucedido”, Boletín digital Cuba posible, 16-1-17, p.10).

[2] Recordemos que fue unos de nuestros mejores comentaristas deportivo, todo un referente.

[3] Luis M. Buch y Reinaldo Suárez. Gobierno revolucionario cubano. Primeros pasos (Editorial Ciencias Sociales, 2004, p. 424).