El hombre que enseñaba el número (I)

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El hombre que enseñaba el número (I)

  • Manuel Alarcón Reina. Foto: Reynerio Tamayo
    Manuel Alarcón Reina. Foto: Reynerio Tamayo

Al celebrarse el primer campeonato conquistado por el equipo de los Alazanes de Granma, tierra del Manzanillo de mis ancestros maternos me viene a la memoria, como un precursor de esas victorias, una de las primeras leyendas de las series nacionales de beisbol gestadas por el deporte revolucionario, e hijo ilustre de aquellos predios del valle del Cauto, el Golfo del Guacanayabo y la Sierra Maestra. 

Mi primer ídolo deportivo de la infancia fue Manuel Alarcón Reina, El Cobrero, quien a estas alturas de la vida sigue siendo mi referente por excelencia de eso que solemos llamar «nostalgia beisbolera». «El hombre que enseñaba el número» fue la figura que en la niñez me concilió con lo que sería después mi alegoría del beisbol, mezclada en el tejido de la escritura y la memoria, y al que registré como la imagen del poeta: «Yo que en mi oficio soy semejante a ese pitcher / he visto mi mirada en la suya, / cuando abandona el montículo después de / haber cedido la bola…»[1].

Debía su sobrenombre a un familiar que crió a su padre y trabajó en las minas de El Cobre. Nació en una finca en los mismos montes de la Sierra Maestra: «… en esta zona, como en cualquier paraje cubano de aquellos tiempos, se jugaba mucho beisbol y Alarcón desde niño se crió en este ambiente entusiasmado por Mario Reina, uno de sus tíos, que alineaba con el equipo del poblado campesino El Palo»[2]. Primero fue torpedero del Deportivo Veguitas jugando en la cuenca de Manzanillo, y después se consagró por puro azar como pitcher emergente en un juego frente al poderoso conjunto de los Mulos de Nicaro, club de larga y probada data. El partido fue un duelo a ceros que hubo que suspender por la oscuridad en la décima entrada. Así empezó su breve y apasionante trayectoria.

Parrandero y campechano, atleta original y polémico, todo un espectáculo en «la lomita de los martirios», su vida como deportista tendría un fin prematuro. Como nos recuerda el historiador deportivo holguinero  Norton Lorenzzi, «una hernia discal grave fue el final de su carrera deportiva, pues le impidió a los tempranos veinte seis años continuar en el mundo del beisbol en el cual había llegado a ser una figura legendaria». Tras esfuerzos de años, su voluntad y la de los médicos fracasaron, « […] cuando se sintió mejor quiso reaparecer en la novena serie (1971-72), pero sólo pudo lanzar una entrada, todo era inútil, la enfermedad lo descartaba del beisbol»[3].Recuerdo como si fuera hoy haber oído, ya yo veinteañero, esa fugaz y triste reaparición en el radio de un vecino, Carlitos el Abuelo, y adquirir entonces la conciencia desalentadora de que no habría regreso, y que con él se iba una parte de mi infancia.

Después se hizo cantante profesional en Bayamo, lugar donde se estableció. Tenía un pequeño grupo musical que actuaba en las noches del cabaret La Presa. Hasta allí llegarían en los 80 dos periodistas del diario Juventud Rebelde, un entonces total desconocido Leonardo Padura Fuentes, y un curtido comentarista beisbolero —Raúl Arce—, para hacerle la que es sin duda una entrevista ejemplar de la prensa deportiva[4]. Al pelotero estrella lo recuerdo igual en esa vertiente diletante de vocalista —«estuve años como atleta y me jubilé como cantante»—, entonando boleros en el popular programa radial Sorpresa Musical (su conductor y centro indiscutible, Chucho Herrera, era su admirador entusiasta), o ganándose la sobrevida —ya retirado del deporte—, en un cabaret de provincia. El actor Luís Alberto García (padre), recrearía ese personaje ya en el declive de su vida en el filme de 1986 de Rolando Díaz, En tres y dos.

Manuel Alarcón, en plena juventud y popularidad, a las puertas de la quinta serie fue sancionado por indisciplina (alguna ausencia o llegada tarde asociada a la bebida) y no se le permitió jugar durante esa campaña. Él reconoció su error y aprovechó el año de separación para prepararse mucho mejor, tanto mental como físicamente. Uno de sus ejercicios más novedosos fue pararse frente al espejo y virarse en el wind up enseñando el número, escondiéndole todo el tiempo la bola al presunto bateador; de esta manera perfeccionaba lo que luego sería su sello distintivo. A su regreso anunció que se sentía mejor que cuando fue a los Panamericanos de Sao Paulo con la camiseta de Cuba, y junto a Modesto Verdura integró el “un-dos” victorioso del pitcheo criollo. Recuerdo por la radio el escepticismo benévolo de los periodistas, pero Alarcón demostró su óptima condición durante la sexta temporada, y la siguiente.

Reapareció con sus grandes virtudes y con algo extra: el nuevo movimiento en el montículo mostrando a los bateadores el número de su camisa de pelotero. Esto lo hizo más popular. Hay wind up inolvidables como el del quisqueyano Juan Marichal levantando el pie hacia las nubes, o el ganador cuatro veces del anillo de la Serie Mundial de las Grandes Ligas el Duke Hernández, con la rodilla a la altura de su cabeza, y que se describen por la afición como parte de la remembranza del juego. Las gradas prorrumpían en exclamaciones cada vez que Alarcón mostraba su característico 17 en los momentos decisivos. Igual reaccionaba el público con su eterno rival, Manolo Hurtado y su particular doble wind up. Pero ese desafío al mostrar el número era sin dudas un show tremendo que provocaba al estadio, y sigue acompañando hasta el presente el imaginario de los que fuimos testigos de sus hazañas en el box.

 

[1] Juan Carlos Flores. Aedas en el estadio. (compiladores: Reinaldo Medina y Raúl Ortega, Editorial Unicornio, 2008, p. 82).

[2] Norton Lorenzzi «¡Se cerró la trocha y salió el cocoyé!» (libro inédito).

[3] Norton Lorenzzi. Ob. cit.

[4] Leonardo Padura y Raúl Arce. “EL dios de Cobre de los Orientales”, en El alma en el terreno. Prólogo de Norberto Codina (Editorial Abril, 1989, pp. 14-35).