Tres meses en Moscú junto al “poderoso”

NATURAL DE CAIBARIÉN

Tres meses en Moscú junto al “poderoso”

  • Ya kubinski — yo soy cubano. (Esto significaba un certificado de aceptación inmediata por parte de las rusitas)
    Ya kubinski — yo soy cubano. (Esto significaba un certificado de aceptación inmediata por parte de las rusitas)

Este año se cumple el centenario de la Revolución Bolchevique y quiero recordarles algunos episodios personales que me sucedieron en el viejo Moscú.

En el año de 1979, es decir hace 38 años, me  designaron junto a un grupo de compañeros para pasar un curso de “actualización” en Moscú, capital de la antigua URSS.

Llegamos a Moscú el 23 de setiembre y volvimos a Cuba el 21 de diciembre del mismo 1979.

Un par de años antes había estado en Moscú de tránsito hacia Mongolia, para allá estuve tres días y a la vuelta cuatro, y era el mes de mayo, que se podía caminar por las calles moscovitas vistiendo una guayabera de mangas cortas.

Ahora teníamos que enfrentar el gran frío ruso.

Al salir nos proporcionaron ropa de invierno, la chapka, que es el famoso gorro ruso con orejeras, y el partok, el abrigo enorme que al decir de mis colegas el mío había peleado en la Gran Guerra Patria.

El curso comenzó y con la ayuda de dos bellas traductoras se iniciaron las conferencias.

Además impartían un curso de idioma ruso muy elemental que nos sirviera para comprar, subir a un ómnibus o al metro y cosas de esas.

La escuela tenía un restaurante muy bueno y barato, el plato más caro eran unos langostinos que sabían a gloria y costaban solo sesenta kopiecs (centavos). Y si uno quería cocinarse, cosa que hacíamos a menudo, comprábamos los insumos a bajo precio. Para que se tenga una idea, un bistec de carne de res inmenso solo costaba 30 kopiecs y un plato de borsh o solianska que era como una sopa con mucha carne y vegetales costaba veinte centavos en cualquier stalovaya, que era una fonda pequeña.

Y bueno, algo aprendimos de ruso. Ya al final yo entendía casi todas las conversaciones en ruso aunque no dominaba las palabras, me costaba más trabajo hablar que entender.

Pero el grupo nuestro era muy disparejo. Había compañeros con muy bajo nivel educacional y ni se diga del cultural. Cierta vez nos invitaron al Teatro Bolshoi a disfrutar la Compañía de Ballet de igual nombre, solo unos cuantos nos entusiasmamos, muchos no querían ir y la dirección tuvo que ponerse belicosa y presionar para no hacerle ese desaire a los soviéticos.

Entonces la clase de ruso era un jolgorio, teníamos personas que nunca entendieron una palabra, otros nos metimos más en el asunto, pero había un personaje llamado Joseíto, compañero de cuarto mío, que era de la vuelta de Florida, Camagüey, y como no entendía nada del idioma organizó lo que él llamaba “un poderoso”, y era una hoja de papel donde escribía cómo se pronunciaban las frases en ruso y qué querían decir en español, entonces tenía una lista para piropear a las muchachas que decía más o menos:

Krasivaya diebushka — muchacha bonita.

Ojo no decir babushka, que significa abuela.

Ya liubliu tivié — yo te amo

Ya jachú guliai tivié — yo quiero pasear contigo

Ya jachú stress tivié — yo quiero tener un encuentro sexual contigo.

Ya kubinski — yo soy cubano. (Esto significaba un certificado de aceptación inmediata por parte de las rusitas).  

Ya gavariú paruski ochin ploja — yo hablo muy mal ruso.

Ya gavariú paruski ochin jarachó — yo hablo ruso muy bien.

Nie poni mayo — yo no comprendo.

Con este método casi primitivo Joseíto consiguió encuentros con varias muchachas que llamaban por teléfono a nuestro cuarto. En cierta ocasión fui con él a uno de estos lances.

La maniobra era que estuviéramos en la puerta de la Estación del Metro de Novolovoskaya, que era el barrio donde vivíamos, con un periódico Granma en la mano (a partir de entonces los viejos periódicos Granma se cotizaban en la bolsa de New York). Las muchachas entonces nos detectaban sin decirnos nada, y si no les conveníamos se iban. Generalmente les agradábamos y esa vez todo salió bien. Nosotros llevamos varias botellas de vodka y yo compré una caja de bombones y unas flores para las dos damas. La que me tocó se llamaba Tamara y había tenido un novio mexicano que le enseñó español y hablaba bastante bien. Ellas pusieron una mesa llena de comida que casi no probamos. Comenzaron los tragos, empezamos a bailar boleros cubanos, al rato Joseíto y su pareja se fueron al cuarto, y me quedé en la sala con Tamara disfrutando el amorío, pero sucedió algo desconcertante, piense el lector que entonces tenía 37 años, y es verdad que andaba un poco gordo y con una descuidada barriguita, pero no era para tanto. El asunto fue que cuando más apretado bailábamos me preguntó que cuántos meses de gestación tenía. Y a mi no se me puede hacer ese tipo de chistes. Ahí acabó todo, abrí la puerta, salí a caminar y llegué solo a la escuela.

Nota: le aclaro al lector que todas las palabras “rusas” las escribí tal y cómo se pronuncian, pues nunca aprendí la grafía. Gracias.