Benny Moré inventa la bahía de Manzanillo (I). En el 225 aniversario de su fundación

LUGARES COMUNES

Benny Moré inventa la bahía de Manzanillo (I). En el 225 aniversario de su fundación

  • Portada del libro "Cajón de bateo".
    Portada del libro "Cajón de bateo".

A mi  madre, in memorian, de quien escuché los recuerdos familiares...

Pájaros, acertijos, calcinante libertad / del desencuentro. / La música maravillosa / del tío José Joaquín, El trovador de siempre / imitando triunfal y mujeriego a Agustín Lara. (…) Uno queda desamparado, sin los dones del baile y el violín / cuando se desvanece el tatarabuelo catalán / en el párrafo de una crónica hace doscientos años / en aquella primera cédula / que es hoy un poco de mí / en un sitio / llamado Manzanillo.

Un entretenimiento de la infancia, que asumíamos con la pasión y la responsabilidad de las causas más nobles, era coleccionar postalitas de peloteros. Las intercambiábamos, las jugábamos a las bolas, a las cartas o las comprábamos, aunque ya en esa época del principio de los 60´ iba desapareciendo su presencia en la quincalla del barrio.

Esos cartones con la imagen de los peloteros de moda, y de muchos de las Grandes Ligas, que descubríamos en ellas, llevaban los récords que servían de documentación irrebatible para la polémica barriotera.

Esa fue una tradición de varias generaciones. Un amigo y coterráneo de la familia, el pintor y escritor Julio Girona, cuenta de esa aventura en su niñez, a principio de los años 20, en su Manzanillo natal:

Coleccionaba postalitas de jugadores de pelota de las Grandes Ligas de los Estados Unidos. Venían en cajas de cigarros. Tenía a Walter Johnson, el pitcher de los Senadores de Washington; al famoso Christ Matherson, el lanzador estrella de los Gigantes de Nueva York; a Babe Ruth, mi preferido, y muchos más.

En la pizarra del diario La Tribuna seguíamos la serie mundial de beisbol. Alguien escribía con tiza las jugadas.

A Julito, como a todo criollo, lo acompañó siempre el deporte nacional. Cuando era aún adolescente, su familia se mudó a La Habana, y vivían frente a un café que se llenaba de aficionados a la pelota, por la cercanía al Almendares Park, donde se jugaba la liga profesional. Tuvo amigos y conocidos beisbolistas. Uno de ellos, que le sirvió en alguna ocasión de chofer, había sido jugador en los Cuban Stars, y veterano de la guerra civil española. Ambos tenían una amistad compartida con Nicolás Guillén: ¿ese mulato pelotero y chofer no sería aquel Basilio Cueira, que Nicolás perpetuara en una crónica sobre las Brigadas Internacionales en España?

En el Manzanillo de Girona y mis ancestros maternos, Pedro Arturo Codina Boheras, mi pariente por partida doble, comandante de la Cruz Roja y director del Instituto de Segunda Enseñanza de la ciudad, fue en 1953 de los más decididos activistas para darle un estadio de pelota a la localidad. Aquel estadio sería antecesor del campo deportivo construido en otro terreno después del 59 por obra de la Revolución, el hoy Wilfredo Pagés.

Una digresión. Pedro Arturo protagonizó una historia, menos conocida y ajena a los deportes, y que constituye una lección de ética en el  historial de la Cruz Roja Cubana. Según testimonio de Isidro Quiroga, durante la lucha insurreccional contra la tiranía batistiana, el mando militar de la ciudad del Guacanayabo le prohibió responder a la petición humanitaria de las tropas rebeldes de que intercediera con la Cruz Roja Internacional para la entrega de heridos y prisioneros del ejército en poder del mando insurrecto.  “Por violar esa orden del ejército de Batista y ponerse en contacto con la sección internacional de la Cruz Roja, fue arrestado y torturado por orden de la comandancia de Manzanillo (…) Fue amenazado de muerte y tuvo que salir huyendo para La Habana.”

Un relato de Julito, “El bate emergente”, del libro póstumo Páginas de mi diario, compilación de Dulce María Sotolongo que editara en el 2005 Ediciones Bayamo (pp. 62 y 63), recrea con el humor que singularizara al pintor, un juego de pelota (¿hipotético, real?) en su infancia manzanillera:

[…] En la selección para enfrentarse a los Tigres de Jiguaní, Nicardo escogió a Miñingo. Cuando se supo en Manzanillo, todos dijeron: “Ricardo está loco. Miñingo no sirve, no le da ni a un melón”.

Los Tigres de Jiguaní se presentaron con lo mejor de la región. Tenían a Manolo en la primera, un bateador “bárbaro”, y a Huesito Pérez, un torpedero que no dejaba pasar una, un fenómeno en los doble-plays. Además bateaba unos lineazos sobre la tercera que no los cogía nadie. Los otros jugadores eran también buenos bateadores. Ñico, el catcher de Jiguaní, era tremendo al bate.

El juego fue apretado desde el comienzo. Los Tigres anotaron una carrera en el primer inning. Y en el séptimo añadieron una más. Los Sapos de Manzanillo sólo habían logrado un hit y una base por bola. En el noveno episodio el juego parecía perdido para los Sapos.[…]

Miñingo le tiró con toda su fuerza a la pelota y conectó un tremendo batazo sobre el jardinero central. Los que estaban en las bases corrieron como locos hacia el home y Miñingo los siguió. Todos los jugadores de Manzanillo acudieron con saltos y gritos a recibir a Miñingo para cargarlo y abrazarlo.

Los Tigres no anotaron en el final del noveno inning. Y los Sapos derrotaron sensacionalmente a los Tigres de Jiguaní, tres a dos.

Cuando se restableció la calma, Nicardo llamó a Miñingo y le dijo:

—Te felicito, Miñingo, ganaste el juego con ese jonrón, pero por una cuestión de disciplina, ¿por qué carajo no recibiste el pelotazo como te ordené?

—Bueno, el zurdo estaba disparando tan fuerte la pelota que tuve miedo de que me matara, y yo quiero morir en Manzanillo, cerca del mar. Vaya, es un capricho si tú quieres.

Para la portada de mi libro Cajón de bateo. Algunas claves personales entre beisbol y cultura (Ediciones Matanzas, 2012), escogí una foto cortesía de mi prima Ana Rita Codina, tomada de un recorte de prensa de mediados del pasado siglo, y que evoca nostálgica una imagen de los años 20 (locos, críticos, de vacas gordas y flacas), donde se pueden ver tres mozalbetes de completo uniforme, con los atributos de guantes y bates correspondientes a unos players consumados, los peinados a “lo Valentino” propios de la época, y toda la ingenuidad y la ilusión en sus miradas.

En la nota que les acompaña se puede leer:

Dijo Vargas Vila que acordarse, renacer sobre las playas muertas del pasado, era vivir. Aquí aparecen de izquierda a derecha, cuando la juventud les sonreía, luciendo con orgullo los trajes y equipos de Base-Ball, Augusto Ramírez Batle, Juanito Codina (fallecido en La Habana el año pasado), y Porfirio (Nino) Alard, personas muy conocidas y apreciadas en Manzanillo. Hoy Ramírez y Alard son sexagenarios.

El del medio, sentado, es mi tío abuelo, el padre de Ana Rita. Las manos y el guante sobre la pierna, donde se destacan los bombaches. Y en el rostro de imberbe pelotero, toda la vida por delante.