Benny Moré inventa la bahía de Manzanillo (II). En el aniversario 225 de su fundación.

LUGARES COMUNES

Benny Moré inventa la bahía de Manzanillo (II). En el aniversario 225 de su fundación.

  • Mi tío bisabuelo Francisco Codina Polanco
    Mi tío bisabuelo Francisco Codina Polanco

A mi  madre, in memorian, de quien escuché los recuerdos familiares.

 

En una crónica publicada por Lezama Lima en 1949 (a poco más de un año de que mi madre emigrara a Caracas), habla del drama de ese flujo emigratorio: “Cierra el cerco familiar, botando botasillas por montes y ciudades. Ramas dispersas por Canadá y Venezuela, México y el Norte […] El hijo que tuvo que salir para buscar prodigalidad y cornucopia; que un día tuvo que partir, mitad aventurero y mitad profesional […]”

Llegué a La Habana en los primeros días de 1959, en un vuelo de Aeropostal venezolana. En los primeros meses de aquel año de la Revolución triunfante, viajé en tren a la ciudad de mis abuelos. Para entretenerme y hacer más ameno el largo recorrido me regalaron unas maracas y yo, pésimo músico desde la cuna pero con la desfachatez de mis siete años, no dejé de acompañar con la furia de mis maracas, el coro del vagón que tarareaba una y otra vez “En Manzanillo se baila el son / en calzoncillo y en camisón”. Allí fui a pasar una temporada en la gran casa de madera donde vivían mis tíos y mis primas, subiendo la loma de la calle Maceo. Recuerdo el brocal del pozo, el traspatio de tierra con la amenaza del perro suelto, el almacén con los sacos de arroz, de la finca de tío Diki, en los contrafuertes de la Sierra Maestra, los carnavales donde diablillos rojos, negros, azules, los temidos talúas, reminiscencias del Corpus, armados de vejigas de cerdo infladas y medias rellenas de cartón y cajetillas de cigarro (y a veces de objetos más contundentes), convertidas en cachiporras, hacían de las suyas, trotando a la caza del muchacho desprevenido o del bando rival.

Ya viviendo en la capital, en Galiano estaba la barbería Manzanillo, cuyo nombre denunciaba el origen del propietario, y como es natural se convirtió en “mí barbería”. Al lado quedaba la frutera El Camagüey, donde vendía mi alma por un batido para luego dejarme trasquilar. Otro tema eran las vidrieras, el paseo de las familias con menos ingresos, que se conformaban con desfilar frente a las tiendas y planear una posible compra. En mi caso, todo se reducía a soldaditos de cinco centavos, comprados en el Ten-Cent, y un par de zapatos al inicio del curso escolar.

Cuatro generaciones de mi línea materna nacieron en la ciudad a la que Benny Moré celebró “sus noches de luna”. Un tío bisabuelo, el coronel Manuel Lico Codina Polanco, se levantó en armas el 9 de octubre de 1868, en vísperas del inicio de las Guerras de Independencia de Cuba, en la región de Gua, al frente de una partida de hombres de ese lugar. Ese mismo día se levantaron en armas Pedro de Céspedes en Vicana y Panchín Estrada en Portillo, todos obedeciendo órdenes del gran conspirador que fue Carlos Manuel de Céspedes, que estaba radicado en su ingenio La Demajagua.

Un hermano de Manuel, tío Panchito (don Pancho para su pueblo), sobrevivió al sorteo que en 1871 organizado por la sevicia de los colonialistas se efectuó en su curso, siendo de los treinta y nueve estudiantes de medicina de primer año condenados a distintas penas, donde los ocho escogidos de forma fatídica serían fusilados, y pasaríana la Historia como el mayor símbolo de martirio y rebeldía de la juventud cubana. Mi tío Eugenio, junto a otros amigos manzanilleros como Piti Fajardo y René Vallejo, estaría entre los médicos que combatieron en el Ejército Rebelde, donde alcanzó los grados de capitán. Ya en Manzanillo, que yo sepa, apenas vive alguien de la familia. De los últimos con que tuve contacto, fue con el cordial Cesarito Saíz Codina (citado con agradecimiento por historiadores de hoy como Onoria Céspedes y Delio Orozco, muy cercano en sus últimos años), dedicado e infatigable como custodio de los archivos históricos, y del que guardo como el regalo que fue una copia mecanografiada de su monografía sobre tío Panchito.

Quedan algunas fechas en el cementerio; una calle que se llama Doctor Codina, por Don Pancho, con su busto en el hospital de la Colonia Española, del que fuera fundador y primer director; y un relieve casi borrado por el tiempo, en el hace años desaparecido tostadero de café León de Oro, que fuera propiedad de mi abuelo y el padre de Vallejo, y donde aún se adivina el nombre de los antiguos dueños. Me gusta bromear con que no es más que un monumento a la poesía latinoamericana. El gran Cholo, donde quiera que esté, sabrá perdonar tanta desfachatez. Por cierto, para seguir con asociaciones literarias, León de Oro se llamaba el café de Madame Bovary, aunque no me consta que la lectura de Flaubert justificara tal coincidencia.

Por parte de mi abuela materna, los Boheras, la familia no tendría trayectorias tan señaladas. Algunas no muy ilustres, como la de un coronel de los funestos voluntarios de la colonia, otras polémicas, como que a fines de los 30 del pasado siglo Pedro Fajardo Boheras, conocido por Manzanillo, está entre los jefes fundadores de la “Acción Revolucionaria Guiterista”, que aunque surgida con ímpetu revolucionario y juvenil, devendría en “la pandilla madre” del gansterismo que marcaría la década del 40, del cual fuera un sacrificado más el propio Pedro. Un hombre íntegro como Manuel Bisbé al saber de su asesinato lo evocó como un mártir de la lucha por una Cuba mejor.

De mi abuela Caridad no quedaría más que una sombra de su belleza, de la que dan fe un par de fotos y el testimonio de sus amigas las maestras Núñez Béjar, tías abuelas de mi cofrade Arturo Arango Arias. Ella murió muy joven en el 18, víctima de la llamada “influenza del dengue” o “gripe española”, pandemia que en poco más de un año cobró entre cuarenta y cincuenta millones de muertos en el mundo, saldo que representa más de cuatro veces los fallecidos durante la Gran Guerra, incluyendo el coronel José María Lezama Rodda, muerte narrada en forma dramática por su hijo en Paradiso.

Y sobrevive, como de la mano del destino, esa historia familiar, y esa Historia en mayúscula, como por ejemplo el ya citado 27 de noviembre de 1871, cuando ocurrieron los infaustos hechos del juicio y fusilamiento de los estudiantes de medicina, en cuyo trágico sorteo participó, junto a sus condiscípulos mi tío bisabuelo Francisco Codina Polanco. Condenado a seis meses de reclusión, emigró a España para concluir sus estudios, y de ahí pasó a Francia donde fue discípulo de Louis Pasteur, regresando años después a su pueblo, donde como médico fue un reconocido benefactor. Como reza en una síntesis biográfica de la enciclopedia digital EcuRed: “Encarnó, desde su iniciación, el médico de familia. Los años no apagaron jamás sus entusiasmos. Las pasiones políticas no prendieron en su espíritu. La medicina era para él, un sacerdocio, una vida dedicada al enfermo, con religiosidad. Tenía precisión diagnóstica, agudeza en la exploración. Aún en los años finales de su vida, cuando la vejez había grabado sus señales, era animoso y emprendedor”.

Desde niño siempre oí la saga familiar de cómo tío Panchito, todos los 27 de noviembre, colgaba en las ventanas como puertas –típicas del pueblo- de su casa manzanillera la bandera cubana con un crespón de luto, como evocación a sus hermanos asesinados.