Piranesi en el Museo Nacional de Bellas Artes (II)

Piranesi en el Museo Nacional de Bellas Artes (II)

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Museo Nacional de Bellas Artes, Grabado
  • Las ruinas son mostradas en gran parte de los casos de un modo directo, rodeadas de vegetación y gente a su alrededor. Fotos tomadas de Internet
    Las ruinas son mostradas en gran parte de los casos de un modo directo, rodeadas de vegetación y gente a su alrededor. Fotos tomadas de Internet

Faltarán décadas tras el fallecimiento de Piranesi para que surjan las generaciones de románticos, embelesados dolorosa y angustiosamente en la contemplación de la naturaleza desolada, indiferente a los esfuerzos humanos. Esa sensación ofrecida de nostalgia es propia del romanticismo de comienzos del XIX, no de la ilustración que ganaba terreno en la primera mitad del siglo XVIII, en la cual vivió Piranesi. En el artista veneciano, sus imágenes muestran la pequeñez de la escala de las personas en relación a la altura imponente de las edificaciones, no como hacían los románticos respecto a la vastedad  de la naturaleza que los rodeaba.

Estos lugares del pasado no son objeto de contemplación de los personajes representados, cosa si gustada por el espíritu romántico de los artistas, trasmitida con énfasis melancólico hacia el público con el fin de conmoverlo. Si se observa con detenimiento se verá que quienes transitan en su derredor en los grabados de Piranesi están ocupados en sus pequeños intereses, sin mirar esos restos, como si se tratase de un viejo escenario teatral abandonado, falso y ajeno, que nada les recuerda y solo sirve de referente a la circulación.

Se mueven esos pequeños personajes de un lado a otro en sus grabados, pasando junto a esos restos, circulando entre sus espacios interiores, sin que eso modifique en nada sus actitudes personales. No cuentan esas piedras. Están allí imponentes columnas y arcos, pero pudieran no estarlo. No contribuyen a sus vidas. Son piedras muertas que nada les dicen ni les importan. Los entornos edificados dejan de cumplir un rol decisivo al convertirse en ruinas. Llegan a ser estorbos en el camino. Bloquean las visuales. Resultan incómodos. Se convierten en obstáculos al libre acceso físico y al de la mirada. Son piedras en el camino, a esquivar en el avance pragmático diario.

El tiempo histórico opera con la misma actitud de la desidia ofrecida por la vegetación mostrada en sus grabados, la cual no se detiene en proliferar para afirmarse allí donde en tiempos pretéritos floreciera la vida social. De ahí la presencia frecuente de las plantas creciendo sobre esos sitios. No importando la jerarquía del lugar hollado por ella. Ni la naturaleza ni el tiempo son conscientes de su actuar. Los hombres sí. Son los causantes de ese desastre, de ese olvido, pero parece concebirlo inevitable, resultante de los hechos mostrados de continuo por la historia.

Pareciera que todo, a los ojos de Piranesi, estuviese condenado a la extinción, primero de su eficacia funcional, de su representatividad y espiritualidad epocal. Basta el demoledor barrido del soplo del viento temporal sobre una sociedad para que lo espléndido y vital desparezca, convertido el antiguo esplendor  en un paisaje de  muerte. Sus grabados convidan a la contemplación de cuán vano es el esfuerzo individual y grupal por permanecer, pues la vida y el tiempo a transcurrir se encargarán necesariamente de hacerlos desaparecer.

Las ruinas en sus grabados son despojos. Edificios, antiguamente pletóricos y orgullosos de la destreza artística de sus estructuras, de sus ornamentos, del esplendor de sus espacios interiores y exteriores, han quedado y quedarán finalmente convertidos en restos dejados por los destrozos. ¿Será ese su destino final? La idea arrojada por Piranesi no es ¿qué queda del pasado?, sino ¿qué importa el pasado que queda? Esa sí es una interrogante mayor en ese artista, y más allá de él. Esa es la que estimo imprescindible al valorar interpretativamente qué sentido tiene el interés persistente de este artista sobre esos fantasmas de piedra, sin vida. Sus escenas no me dejan dudas acerca de ese nefasto principio de desaparición física y espiritual que parece envolver a lo existente, por pletórico de fuerza y de vida que le hubiera colmado.

Parece confirmado por los sepulcros, los cuales representó reiteradamente. Construidos precisamente para homenajear y albergar permanentemente los restos y el recuerdo de figuras sobresalientes, pasan igualmente por el allanamiento. No mientras perduren los valores de la civilización de la cual son parte ineludible. Están también destinados con el cambio a desaparecer, al olvido, ocultos bajo los sedimentos que los cubrirán. Para mí es una prueba de la actitud racional de este artista, despojado de la sensación de dolor y nostalgia por la pérdida.

En Piranesi aflora una conciencia historicista, no con un viso mordaz pero si de sutil ironía reflexiva. Constata el hecho destructivo con la frialdad de quien observa cuidadosamente el resultado de la desidia de la gente hacia las épocas pasadas. Más allá de ser la consecuencia real del desastre de las fuerzas ciegas de la sociedad, es algo que opera con una fuerza arrolladora a través de la voluntad humana, y aun por encima de esta, arrasando y arruinando lo antes grandioso. Conduce al abandono de lo antes edificado, sin saberlo reaprovechar, salvo convirtiendo las piedras en material rústico, devastando los restos, para si acaso utilizarlos de relleno en sus nuevas edificaciones o construir sobre los sedimentos de aquellos. 

Es más, cuando Piranesi reconstruye, en no pocos de sus grabados, la imagen hipotética, llevado por su notable conocimiento de la arquitectura romana antigua  y de su capacidad personal de hacer dibujos de proyección arquitectónica, les confiere la magnitud y el esplendor probable de haber sido de ese modo. Para decir: esto es lo que ustedes y sus antecesores han provocado, en consecuencia con la disposición aleccionadora y moralizante de la Ilustración. Grandeza y ruina se enfrentan en franca conflictividad en sus imágenes, sin comunicar por eso emoción de lástima o nostalgia.

¿De qué valdría entonces luchar por crear obras artísticas y de todo tipo, si ni siquiera resisten las enormes moles de piedra ante el empuje de las barbaries, sociales y naturales que les suceden? Convertidas en residuos, en restos desordenados. Improbables de reunirse para reconstruir las grandezas pasadas. Aun así, está presente el esfuerzo por sacar información de apenas pedazos sueltos. Intenta al explorarlos, mediante el despliegue de la imaginación y las informaciones aledañas, interrogarse y responder qué fue del hombre y las sociedades que las construyeron. Eso queda en el intento de este artista.

En algunos grabados de Piranesi la imaginación pone más de lo que tuvieron. Por eso, en algunos casos, las imágenes de sus grabados están cargadas de figuras en un espacio concentrado, como si le moviera el deseo de hacer un inventario. El resultado es el horror al vacío por lo disímil reunido apretadamente. En ese tipo de grabado nada debiera quedar fuera de la imagen, cual si se empeñara en captar todo lo  posible, y presentarlo a la manera de un Arca de Noé de objetos arquitectónicos, sin pretender dejar nada olvidado. Esta concentración es resultado del esfuerzo de su mente reconstructora, no de la realidad de las cosas como tuvieron lugar.

Recuérdese que semejante impresión acumulativa provocaban los gabinetes de curiosidades en su época. Estos debían agrupar en un espacio mínimo un conjunto muy diverso de objetos, intentando mostrar ampliamente de manera contigua la diversidad de lo que hubiese existido. Ese principio de recolección de lo diverso respondía a un modo de pensar aditivo. Visión filosófica de un método de suma de agregados, no importa fuesen diferentes entre sí. Lo decisivo era la reunión creciente en lo numérico de cuanto hubiese acontecido. A más elementos distintos mostrados en el conjunto, una mayor representatividad.

No importaba en esos gabinetes y en algunas de las vistas de Piranesi, si las disimilitudes eran tales que se reducía a conformar un mundo desordenado y caótico, agrupado en contigüidad espacial. Debía capturarse más y más elementos individuales, mostrarlos a la vez. Ese atesorar estaba ligado al vacío dejado por las desapariciones. Reflejo de un mundo sentido siempre desbordado e inatrapable, cuya fuga estaba siempre amenazando a lo existente. Circunstancias de las cuales no están exentas las vidas humanas ni las civilizaciones.

A esa incertidumbre en el destino de lo edificado por el hombre es a lo que considero alude Piranesi en sus grabados, mientras otros creen ver en ellos la apología de la grandeza de la Antigüedad romana. Prefiero no dar más indicios de los ofrecidos. Creo que con lo expuesto, intento subvertir la complacencia de las interpretaciones redundantes que persiguen a este artista.

¿Será ese también un destino del arte, el estar siempre sometido a las persecuciones de las interpretaciones que como velos fantasmales no les hacen llegar necesariamente a puerto seguro aunque no definitivo?

Espero que mis palabras le conduzcan a usted, lector, a estimularle a explorar escrutadoramente las obras de este artista de una manera personal. Y si le parece insuficiente mí propuesta, indague y construya la suya. Cuanto empeño ponga en ello, aunque usted mismo un día desaparezca físicamente, habrá tenido la satisfacción de realizar su propia interpretación y vivir con esa dicha. Como vivieron y se entregaron a vivir sus vidas con plenitud esas civilizaciones pasadas, de las cuales, sus ruinas, más que servirnos de testigos, nos conducen a pensar en el sentido de lo temporal, y del por qué y para qué la presencia humana en la Tierra. ¿Acaso no es eso bastante, si logramos acercarnos un poco a esa verdad profunda de la que no podremos salvarnos individual ni civilizatoriamente?