El cuadro de Menocal admirado por Martí

El cuadro de Menocal admirado por Martí

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Museo Nacional de Bellas Artes, arte cubano
  • El cuadro fue presentado a la Comisión Española para la Exposición Universal de Chicago. Foto tomada de internet
    El cuadro fue presentado a la Comisión Española para la Exposición Universal de Chicago. Foto tomada de internet

La cultura no puede estar supeditada a las ideologías. El arte es un tesoro abierto para todos y quien ponga trabas a ese disfrute peca de ignorancia o fanatismo. Es muy riesgoso juzgar políticamente a un artista. La obra de arte tiene varios niveles de interpretación y el hecho de sobredimensionar un aspecto determinado de la misma puede desembocar en la injusticia. El pintor Armando G. Menocal —uno de los creadores más completos de la historia de la pintura cubana— compartía con el escritor José Martí una cualidad, que no siempre fue comprendida por sus coetáneos: Se consideraban enemigos políticos de España, pero a su vez eran confesos admiradores del arte español. Ambos le debieron mucho de su formación intelectual a la estancia en la península ibérica. Velázquez, Goya, Cervantes, Quevedo son maestros eternos y la relación que tuvieron con creadores ibéricos, contemporáneos a ellos, fue igualmente determinante en sus respectivas obras.

Centrémonos para analizar lo anterior en la repercusión que tuvo el gran lienzo: Embarque de Colón por Bobadilla en la Cuba de 1893. En primer lugar, para ese año el proyecto independentista de Martí ya no es una quimera, sino un hecho palpable. Las pasiones patrióticas, las diferentes tendencias de pensamiento se viven con mucha más fuerza que en la década anterior. Menocal es por aquel entonces un joven audaz, talentoso que quiere pobrar suerte en las grandes composiciones de tema histórico, a la par de pintores como Pradilla y Rosales. Anteriormente, por esa misma línea de trabajo, él había realizado: Generosidad castellana, vendida a un rico empresario argentino y La despedida del guerrero, ubicada en la Escuela de Medicina de Madrid. El cuadro que nos interesa fue presentado a la Comisión Española para la Exposición Universal de Chicago. Sin embargo, la obra mostraba un asunto a todas luces polémico: En vez de reflejar la clásica imagen de Cristóbal Colón descubriendo a América, pórtico de la futura conquista, plasmaba su salida como prisionero a manos de un apoderado de la corona española, nombrado Francisco de Bobadilla. Es obvio que a los censores hispanos esto no les hizo gracia alguna. El embajador de España en Estados Unidos amenazó a Menocal con no exponer la obra si no quitaba los grilletes de las muñecas y tobillos de Colón. La noticia de este suceso, naturalmente, llegó a Cuba y entusiasmó a los parciales anti-españoles, pero Menocal apenas pudo sostener el pulso con el poder un par de meses. Accede finalmente al requisito de eliminar el detalle de las cadenas y así la obra puede exhibirse junto a las de artistas ibéricos. El estado de opinión a su regreso a Cuba, no fue el más favorable. Según refiere Ramón Loy en su artículo “Menocal: pintor y patriota”:

El hecho de haberse marchado (…) a los campos de la Revolución entre los primeros, al estallar la guerra (…), dio un rotundo mentís a los que le tildaron de pusilánime o de falto de carácter por haberse plegado a las exigencias ridículas (…) pero parece que esas críticas inconsideradas o malévolas lo mortificaron profundamente, pues haciendo un rollo del zarandeado lienzo, lo confinó a perpetuidad en un rincón de su taller. [1]

Por suerte, la magna obra no se abandonó para siempre, ni el malestar que le provocara al artista lo llevó a la destrucción de la misma; extremismo que sí materializó Esteban Valderrama, años después, con su plasmación de la muerte de Martí.

Embarque de Colón por Bobadilla es la obra que en la colección del Museo de Arte Cubano nos permite trasladarnos del siglo XIX al XX. El riesgo que tuvo para exhibirse unos días se trocó al destino de mostrarse perennemente; y el visitante difícilmente la olvida por su acabado técnico y monumentalidad.

José Martí, principal organizador y protagonista del reinicio de la lucha por la independencia, desde su periódico Patria, y en tan solo un párrafo, fue más perpicaz y agudo que los censores españoles o los cubanos que tildaron a Menocal de sumiso. De ahí que su interpratación sea una de las más sintéticas e interesantes que haya recibido el cuadro en más de 120 años. Aunque, es necesario precisar que además de él, intelectuales como Manuel Sanguily o el excelente pintor Guillermo Collazo, también apoyaron a Menocal en el debate generado a partir del permiso o no de exhibición.

Para el poeta de Versos sencillos el motivo de los grilletes, a pesar de ser importante, no era lo que determinaba el espíritu rebelde de la obra, sino que el paisaje y la luz también jugaban un rol fundamental, y explica:

(…) cuando Armando Menocal, libre el genio criollo, pintó, atrevido y feliz, al descubridor de América, buscó por estudio la ceñuda fortaleza del Morro, poblada aún de tanto muerto cubano, copió la mar airada que se rompe contra las breñas, y mostró a Colón, cargado de hierros, entrando en la barca a donde lo manda preso el español Bobadilla; la cabeza grandiosa se destaca, sobre el torvo gentío, en el horizonte azul: el cuadro chispea.[2]

La ingratitud de España con su Almirante es equivalente a la ingratitud de España con su último reducto colonial americano. Martí no mira lo estrictamente histórico, por eso nos sugiere esta interesante transposición de que el realismo asombroso del litoral no es una representación tal cual de La Española (República Dominicana) donde ocurrió el embarque, sino que el pintor ex profeso está reproduciendo la costa que bordea la fortaleza del Morro de La Habana: símbolo de cárcel, ejecuciones y poder colonial en Cuba. La luz, por su parte, ocupa un lugar protagónico, es iridiscente y molesta. Genuina luz del Caribe en plena reverberación del mediodía; para que se vea bien claro a ojos de todos la injusticia de Bobadilla que —siguiendo el camino interpretativo martiano— es equiparable a las injusticias mantenidas por los Capitanes Generales por cuatro siglos en la isla.

Un experimento creativo semejante a este, y Martí lo conocía bien, había sido realizado por José Jacinto Milanés con su obra de teatro El conde Alarcos de 1838. El personaje de Alarcos —después de haber ganado incontables batallas a nombre de su rey— recibe la orden de matar a su esposa, madre de sus hijos, para casarse con la hija del monarca. Terrible alegoría de la ingratitud, la cual, extrapolada a la Cuba del XIX, denuncia al poder colonial insaciable que va a seguir generando corrupción y nunca va a ser capaz de darle descanso y autonomía a la nación que subyuga.

Por tanto, esa “cabeza grandiosa” de Colón que destaca Martí, no entiende lo que hacen con él y por qué lo embarcan preso hacia España. En ese rostro pensativo está reflejado la realidad cubana de aquellos años. Los españoles no dejarán el Morro, y por sobre los cadáveres de tanto muerto cubano habrá que fraguarse la verdadera independencia.

Sin embargo, como expresara al inicio, la actitud política de un creador no debe ser directamente proporcional a su gusto artístico. En ocasiones la obra creativa y los sentimientos personales no tienen que estar estrechamente ligados a una actitud política intransigente. Así mismo, como Heredia accedió entrevistarse con Tacón para poder ver por última vez a su madre y a sus palmas; Menocal, que terminó la guerra con grados de Comandante y la experiencia de haber pertenecido a las escoltas de Gómez y Maceo, concluyó un tanto desalentado la contienda. De sus años madrileños, conocía al último Capitán General que tuvo la isla: Jiménez Castellanos; y no dudó pedirle —al antiguo amigo, conocedor de su obra y gusto por la pintura española— la catédra de Paisaje de la Academia de San Alejandro, vacante desde la muerte del canario Valentín Sanz Carta. Ese nombramiento a su favor fue la última orden que se firmara en Cuba por un mando español, pues, momentos después, se le cedía el puesto a las autoridades norteamericanas, era 1ro de enero de 1899. Gracias a ese puesto institucional y estabilidad económica, cuántas generaciones de pintores no formó el maestro y cuánta obra histórica no pudo hacer con posterioridad. Baste mencionar el fresco del combate de Coliseo, en la quinta de Palatino, donde se ve a Gómez en pleno accionar de estratega. La impactante muerte de Maceo, cuyo cuerpo tratan de subir al caballo como un gigantesco Cristo del Greco, o los retratos pacientes que realizó de Martí, captando esa mirada que lo absorbe todo, la misma que se posara con lucidez extrema frente a su obra enorme de 1893.

[1] Carpeta mecanografiada a nombre de Armando G. Menocal. Biblioteca  especializada del Museo de Arte Cubano.

[2] José Martí. Obras Completas. La Habana: Editorial Ciencias Sociales, 1975, t. 5, p. 207.