Televisual y televisivo: de crítica e investigación a la estética

Televisual y televisivo: de crítica e investigación a la estética

  • Televisual y televisivo: de crítica e investigación a la estética
    Televisual y televisivo: de crítica e investigación a la estética

Dos vocablos de suma importancia para quienes trabajamos en y con la televisión, son -en apariencia, o relativamente- sinónimos: tanto televisual como televisivo se definen como “pertenencia o relativo a la televisión”; sin embargo, televisivo tiene, además, otra definición que no se le atribuye a televisual: “que tiene buenas condiciones para ser televisado”. Hace reflexionar que no todo lo que se trasmite por televisión, es televisivo, y que hay mucho televisivo que lamentablemente, no llega a ser televisual; término que quizás no se use tanto porque a muchos no guste (tema a retomar en la estética, cuando tantas palabras degeneramos), pero debemos considerarlo al ejercitar la crítica.

A propósito, y dada la presente convocatoria al concurso Caracol que incluye Crítica e Investigación, un muy respetable colega publicaba hace apenas unos meses, la diferencia entre la crítica que expresa el gusto (o no) y satisfacción ante la obra, y por otra parte los análisis de las obras. He reiterado en varias tribunas mi parecer de que la crítica (y remito a su concepto martiano como ejercicio del criterio) es juicio inherente a cada persona, al margen de su grado de discernimiento, y que desde las Ciencias Sociales es menester incentivar si queremos desarrollar la necesaria cultura del debate, que tanto define la cultura de un pueblo. Sin embargo, la crítica profesional ha de ser el ejemplo, y para ello, no puede prescindir en lo absoluto del análisis con argumentos convincentes: no basta con dictar sentencias a menudo arbitrarias y/o manidas.Y quien dude que toda buena crítica sea arte, que lea las de Martí, entre otras.

Todo profesional en cada esfera, para mantener su calidad y nivel de actualización, requiere ejercitar sistemáticamente la investigación, aun cuando no sea académica. He apuntado a la urgencia de una antropología del arte, entre otras, pues una actriz para interpretar a una dama del siglo XIX (por solo citar este ejemplo), no basta con el vestuario: debe investigar entre otros muchos aspectos, cómo era usual para una mujer de esa época conducirse con aquellos trajes, muy distinto a como se conduce hoy, acostumbrada a pantalones y faldas mucho más ligeras. Y la crítica profesional solo en la investigación perfecciona sus argumentos, y se sorprende al descubrir otros que ratifiquen o rectifiquen su hipótesis (con frecuencia inconsciente, pero hipótesis al fin) inicial, que siempre tributará a una crítica más profesional y por tanto, de mucho más alcance y trascendencia.

Por muy científica que sea, ninguna investigación carecerá de la subjetividad del autor y otros implicados. Ello conlleva, por una parte, a ejercitar criterios profesionalmente, y por otra, a los gustos de dichos sujetos, que se enriquecen en la medida en que madura el profesional. Los propios estetas han definido al gusto como una categoría protagonista en la estética, al estudiar la belleza; pero también los academicismos han equiparado arte y estética, reduciéndolos (dañándolos) a ambos mutuamente, pues el arte es mucho más que estética, y la estética trasciende mucho al arte. Asimismo han reducido la seudo-cultura o kitsch a yesos y cisnes, ignorando joyas del arte mundial como El lago de los cisnes y muchas en yeso, mientras que en oro, hay tanto kitsch, como también lo hay en política, en religiosidad, juegos, deportes… toda cultura padece su enemigo interno: fealdad, facilismos, falsedades, oportunismos, escaladores.

Hay gustos para preferir entornos naturales, comidas, actos sexuales y mucho más, que cada sujeto muestra, y mucho más genuinamente: los humanos llamamos educación a inducir gustos, para bien y para mal, pues también inducen todos sus prejuicios y malos hábitos: sexismos y homofobia, violencia, vulgaridad, egoísmos, esnobismo, facilismo acrítico, adicciones, lugares comunes (los que rechazan diferenciar televisual de televisivo, los que vacían de significado el término “hábito” y nos impiden trabajar lo inconsciente, y tantísimos más) y múltiples intolerancias de todo tipo. Y no solo la familia: también los medios han inducido esos malos gustos, y se genera un morbo que disfruta la sobre-excitación irracional (anti-analítica), suerte de droga que como tal, envicia y descontrola, pierde todo sentido y enajena, y llega a conformar una seudo-estética por lo kitsch

Teresita Fernández nos invita a ponerle un poco de amor a las cosas que son feas: además de lo relativo al valorar bello o feo, también la estética (que nos potencia al universalizarnos) tiene un componente emotivo e incluso, ético; no en balde, la gran similitud en castellano entre las palabras bonito y bueno.

La envidia y el sistema kitsch intentan subvalorar lo bello (en su acepción más amplia y casuística, incluido lo agradable) y lo bueno. Pero tanto importa la estética, que muchas personas (y de otras especies) frustrando gustos al vivir, mueren; o peor: degeneran en malas y peligrosas personas.