Recordando a Sagua La Grande

NATURAL DE CAIBARIÉN

Recordando a Sagua La Grande

  • Y el 13 de marzo de ese mismo año asesinan en las puertas de la Universidad de La Habana a José Antonio Echevarría, y José Antonio era de Cárdenas, y los muchachos del Instituto de Segunda Enseñanza de Cárdenas y nosotros convocamos a una huelga de estudiantes, que desembocó en que debí trasladarme de escuela. Foto tomada de Cubadebate
    Y el 13 de marzo de ese mismo año asesinan en las puertas de la Universidad de La Habana a José Antonio Echevarría, y José Antonio era de Cárdenas, y los muchachos del Instituto de Segunda Enseñanza de Cárdenas y nosotros convocamos a una huelga de estudiantes, que desembocó en que debí trasladarme de escuela. Foto tomada de Cubadebate

En el año de 1957 estaba cursando el primer año de bachillerato en e el Colegio Presbiteriano La Progresiva de Cárdenas. Mi tío y preceptor, el reverendo Rogelio Paret, me había conseguido una suerte de “beca”, gracias a la cual, con un mínimo trabajo en las aéreas verdes de la institución, ayudaba a pagar los altos costos que mi educación significaba para nuestra economía familiar.

Y el 13 de marzo de ese mismo año asesinan en las puertas de la Universidad de La Habana a José Antonio Echevarría, y José Antonio era de Cárdenas, y los muchachos del Instituto de Segunda Enseñanza de Cárdenas y nosotros convocamos a una huelga de estudiantes, y salimos a la calle a insultar a la dictadura batistiana por el asesinato del joven presidente de la FEU. El escándalo fue tan grande que la dirección de La Progresiva decidió suspender el curso, y cuando papá vino a buscarme, de la Dirección le dijeron que era preferible que no siguiera en el colegio, porque me había destacado mucho en la huelga, (quizás por lo gritón que siempre he sido, porque nada más hice con mis pocos trece años), y que podría ser peligroso que permaneciera en Cárdenas.

Entonces mi tío, que dirigía un colegio en Santo Domingo, en la antigua provincia de Las Villas, me instaló en su casa y pasé a terminar mi primer año, y luego hice el segundo y el tercero.

Pero sucedía que el Colegio Bautista en que estudiaba estaba “incorporado” al Instituto de Sagua la Grande, esto quería decir que nosotros recibíamos las clases en Santo Domingo, pero los profesores del Instituto de Sagua nos venían a examinar y a calificar nuestros conocimientos. En esas lides conocí a Gaspar García Galló, que era profesor en Sagua, y que por estas cosas del destino luego fue mi buen amigo.

Y sucede que en el segundo año de bachillerato suspendo la asignatura Matemáticas (siempre fui malo para las matemáticas y aún hoy lo sigo siendo), y entonces debía ir en las vacaciones al Instituto de Sagua a recibir un repaso y examinar de nuevo en “Extraordinarios”.

Y resulta que papá tenía unos parientes que vivían en Sagua, y me llevó a vivir con ellos algo así como un mes. Era una pareja de personas adultas, que vivían modestamente, pero que me trataron muy bien. Ya en ese ambiente conocí a muchos jóvenes como yo, y nos hicimos amigos, y algunos de ellos fueron luego contrincantes míos en los campeonatos de baloncesto, pero esa es otra historia.

El caso es que una tarde en que estábamos en el parque oyendo los cuentos de Juan Babé, que entre otros disparates decía que la tierra no era redonda, porque si lo fuera se botarían los excusados cuando estuvieran de cabeza. Y sobre las cinco o cinco y media se nubló de pronto el cielo, y empezó a caer un gran aguacero de verano. Nosotros corrimos a refugiarnos en los portales de frente al parque, y desde allí vimos todo el espectáculo.

Primero debo comentar que el Doctor Albarrán fue un médico cubano, natural de Sagua, que se hizo muy famoso por sus descubrimientos en medicamentos y otras ramas de la medicina, y por ello se le reconocía su obra con una gran estatua de mármol situada en el centro del parque sagüero.

Y el asunto es que bajo el gran aguacero vimos venir abrazados a dos borrachos como si nada estuviera pasando, y ya frente a la estatua de Albarrán,  uno de ellos se detuvo y empezó a decir un discurso: “El doctor Albarán fue una excelente persona y mejor profesional, muchas vidas se salvaron y se salvan gracias a él, fundamentalmente de los niños, y estoy tan emocionado que le voy a dar un beso”.

Y con la misma empezó a treparse por la estatua hacia la cabeza de la figura. En eso el otro borracho, saliendo de su limbo alcohólico, y que se da cuenta del asunto en cuestión, con voz rajada y alterada le gritó:

“No lo beses Peruchín, que murió tuberculoso”.