Frases que hoy no dicen nada, pero antes si

NATURAL DE CAIBARIÉN

Frases que hoy no dicen nada, pero antes si

  • Ahora recuerdo que Carolina Otero, la “bailarina española” a la que le cantó José Martí y que era gallega, siendo púber un vecino la violó, y fue expulsada de su casa para siempre. Foto tomada de Internet
    Ahora recuerdo que Carolina Otero, la “bailarina española” a la que le cantó José Martí y que era gallega, siendo púber un vecino la violó, y fue expulsada de su casa para siempre. Foto tomada de Internet

No sé si a muchos les pasa, nunca le he preguntado a nadie, pero normalmente me despierto con una melodía dándome vueltas en la cabeza. Y hoy le ha tocado a aquella vieja guaracha que decía así:

“Quisiera linda paloma / subir a tu palomar / estar contigo y gozar / aunque  a mí me parta un rayo / y montarte en el caballo / que está en la puerta / de aquel camino real”.

Observe los cuatro primeros versos, dan a conocer indirectamente modos de vida de entonces, cuando se concibió la canción. Evidentemente que “subir a tu palomar”, “estar contigo”, y “gozar” están dichos en sentido figurado, en lo que se llama “doble sentido”, y “que a mi me parta un rayo” evidencia que el protagonista va a hacer algo que le puede costar muy caro. Y todo ello tiene que ver con la época, con el machismo imperante y la figura del “pater familia”, es decir, el hombre que era el que mantenía la casa, y dice un viejo dicho que “el que tiene el dinero, manda”. Y los padres entonces mandaban, a veces de mala manera. Las madres, constreñidas a los dictados de su marido, debían velar por la estabilidad del hogar, y dentro de este tema constituía un elemento básico el velar por la “pureza” de las muchachas, y con este objetivo a veces le hacían la vida una tragedia a las adolescentes, que ya de alguna manera querían, como ha sucedido siempre, encontrar su pareja, para constituir su propio hogar, y por supuesto, repetir el martirio con sus nuevas hijas adolescentes.

El protagonista de la canción es el macho conquistador, el que podía embelesar a las muchachas y provocarles actos que constituían malas maneras en lo que respecta a la moral de la época. Entonces el que una muchacha perdiera la virginidad sin estar casada, se convertía en un escándalo en el barrio y hasta en toda la geografía de los pueblos pequeños, y la familia respondía de diversa forma, o hacían casar a la muchacha con el “violador” o la expulsaban del seno familiar.

Y aquí vienen los dos últimos versos del fragmento escogido. “Montarte en el caballo” establecía un hecho que se había puesto de moda entonces, muchas muchachas, quizás hasta para zafarse de la represión familiar, se “iban con el novio”, esto es, en la profunda noche abandonaban la cama sigilosamente, salían de la casa y el novio la esperaba en la esquina con un vehículo, que podía ser un auto o hasta una bicicleta, pero si este accionar funcionaba en lo profundo de la campiña, el vehículo transportador de la pareja era un caballo, y que no atravesaba los predios de la finca donde vivía la novia, si no que se dejaba en el camino real.

¿Y qué era el camino real? Bueno, desde la época de  la colonización española, cuando se establecían los límites de las fincas, que entonces eran todas privadas, se dejaba un espacio entre ellas, que sin ser una carretera asfaltada, constituía  un camino por el que se podía transitar a pie, a caballo, o con un vehículo de la época que podía ser un carretón tirado por un mulo o un caballo.

Muchas veces esta aventura terminaba bien para la muchacha, que se casaba con el hombre querido, constituía una familia, luego su propia familia la perdonaba y la volvía a insertar en su seno, y a vivir la vida. Pero también corría el peligro de enamorarse de un pillo, generalmente citadino, que la engatusaba con historias y elogios, la “perjudicaba”, como se decía de igual manera entonces, y luego la llevaba a la ciudad, obligándola a prostituirse. Nunca olvidaré que siendo un adolescente, cuando todavía existían los burdeles en La Habana, era asiduo visitante de uno llamado “Pajarito”, situado detrás del hoy Mercado de Carlos III, donde por supuesto íbamos a mirar, porque ni edad ni dinero teníamos para otra cosa, y allí conocí a una muchacha, linda y triste, con la que hice amistad, y me contó una historia similar a esta que cito. También se podía dar el caso de que en el prostíbulo podía conocer a un hombre que se enamorara de ella y la sacara del “trabajo”, convirtiéndola en su esposa. Recuerdo también que al lado de mi casa en Caibarién existía una situación similar.

En fin, la canción mañanera motivó los recuerdos  y por eso esta crónica.

Hoy los tiempos han cambiado, son otros diferentes, y como pasa en todo, con sus luces y sus sombras, pero por lo menos las muchachas adolescentes se liberaron de aquellos accionares, propios de épocas remotas en el tiempo y lejanas en la geografía. Ahora recuerdo que Carolina Otero, la “bailarina española” a la que le cantó José Martí y que era gallega, siendo púber un vecino la violó, y fue expulsada de su casa para siempre, y terminó trabajando en un burdel de su  región, e incursionando luego en lo que se conoce como el oficio más viejo de la tierra.

Por suerte para todos los tiempos cambian y hoy nos movemos en otras circunstancias.