Cuba, 1954: Se encuentran dos mujeres-leyendas

AYER Y HOY: MIRANDO A CUBA

Cuba, 1954: Se encuentran dos mujeres-leyendas

  • Chavela y el poeta asturiano Alfonso Camín crean para ella una pieza musical (que no es el danzón conocidísimo en Cuba). Foto tomada de Internet
    Chavela y el poeta asturiano Alfonso Camín crean para ella una pieza musical (que no es el danzón conocidísimo en Cuba). Foto tomada de Internet

Primer personaje: Chavela

Ella fue respondona, retobada, indócil y hasta insolente. Una desmandada boquidura, como atestiguan estos botones de muestra:

Sobre la libertad: “Si eres libre, ése es el precio que tienes que pagar: la soledad.”.

En cuanto al amor: “Ama sin medida, sin límite, sin complejo, sin permiso, sin coraje, sin consejo, sin duda, sin precio, sin cura, sin nada. No tengas miedo de amar: verterás lágrimas con amor o sin él”. Lo cual no le impide sentenciar que “El amor no existe: es un invento de las noches de borrachera”.

Aunque violenta, siempre enemiga de la guerra: “Hay que llenar el planeta de violines y guitarras en lugar de tanta metralla”. “Si los diplomáticos cantaran, no habría guerras”.

Incapaz de disimular las virtudes del tequila: “Sólo de borracho a borracho nos entendemos”.

Corajuda hasta ante la lúgubre dama que corta el hilo de la vida: “Me encontraré  tú con tú con la muerte. No le tengo miedo; no le tengo miedo; le tengo respeto. Señora, aquí estoy, cuando usted quiera…”.

Irrespetuosa hasta lo inimaginable: “Una vez tocaron a la puerta y le dije a Frida que era un viejo peludo. Era León Trotsky”.

Desprecia tanto a los poderosos del caudal, que llegan a inspirarle lástima: "El ser libre es pobre. Yo no quisiera, por nada del mundo, estar en los zapatos de ese mexicano que dicen es de los más ricos o el más rico del mundo. Seguramente no es un ser libre".

No duda en profetizar sobre su tierra adoptiva: “México está dormido, pero es un giante. Un gigante dormido. No quiero ni pensar qué va a pasar cuando se despierte...cuando el gigante despierte se irá afuera la hipocresía, la farsa, todo aquello que hace de México un país pobre".

Y no vacila al autoentonarse algo así como una despedida de duelo:

 

“Todo lo he hecho a sabiendas y no me arrepiento de nada. Ni de lo bueno, ni de lo malo, ni de los momentos felices, ni de las trsitezas...Al final, tengo el alma llena de paz y tranquilidad".

Un día, en su Costa Rica natal, la adolescente María Isabel Anita Carmen de Jesús Vargas Lizano (1919 – 2012), vende una vaca de la familia. Con ese dinero, sola, escapa en viaje aéreo hacia México. Al hacerlo, no le ha temblado ni un músculo de su cuerpo casi niño. (La temeridad sería su divisa vital. Solía portar pistola, que disparaba contra quien la tratase con insolencia. En las irregulares carreras de autos que organizaba con sus amigos, era el más osado driver. Con ochenta años, no vaciló al lanzarse al vacío en paracaídas).

En tierra mexicana, la muchachita pasó penurias mil.

Hasta que subió a un escenario y el mundo, literalmente, cayó postrado ante su voz, ronca y tan agresiva como ella misma.

Todo lo que tocase se metamorfoseaba en prodigio. Así, una olvidada pieza de la Revolución Mexicana, La llorona, deviene hit universal.

Lo demás es historia sabida. Se desgañitaron, aclamándola, desde Diego Rivera y Frida Kahlo hasta Pablo Neruda y Pedro Almodóvar. Le manifestaron su admiración lo mismo Grace Kelly que Cantinflas.

Lloverían los galardones. Dama Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica, Grammy Latino, Medalla de Oro de la Universidad Complutense, Ciudadana Distinguida de la Ciudad de México...

Alguien le preguntó la razón de su éxito. Y ella dijo que, de haber estudiado música, quizás fuese una brillante ejecutante o compositora. Pero que jamás hubiera llegado a ser Chavela Vargas.

Segundo personaje: La Macorina

Es una historia archiconocida, que se ha repetido hasta el cansancio a lo largo del tiempo: la muchachita campesina que, engatusada por el hombre al cual adora, termina en una gran ciudad ejerciendo lo que algunos —inexactamente—  llaman “el oficio más antiguo del universo”, mientras otros —abusivamente—  lo denominan “la vida fácil”.

Cuando transcurre 1892, en Guanajay, abre por primera vez sus ojos —que serían deslumbradores—  una niñita que nombran María Constancia Caraza Valdés.

Quince años después comienza nuestra historia. Los momentos iniciales los narró, a la prensa, la misma protagonista: “Nací en 1892 en el seno de una familia bien, como se decía entonces... Vivíamos en un pueblo en las afueras de La Habana. La primavera en el campo embriaga. Yo tenía 15 años y la sentía en la piel, en los ojos, en el alma. La primavera me empujó a escapar de casa con un hombre que prometió amarme por siempre. Mis padres intentaron que regresara, pero seguí en La Habana con mi primer y único amor, aquél que recordaré hasta mi muerte. Él apenas podía garantizar nuestra seguridad económica. Un día apareció una mujer que dijo saber la forma en que podíamos vivir lujosamente. Yo accedí y con ese tremendo error comenzó una etapa de mi vida…”.

Siguiendo una difundida costumbre del mundillo al cual acaba de ingresar, cambió su nombre por el de María Calvo Nodarse. Pero no sería éste el último, como más adelante se verá.

Hembra bellísima, ser que transpira sensualidad e irradia simpatía, es además, sumamente grata en el intercambio conversacional.

Ya casi septuagenaria, le confesó a un periodista: “Más de una docena de hombres permanecían rendidos a mis pies, anegados de dinero, suplicantes de amor”.

Estaba instaurando su primer récord: va convirtiéndose en la más apetecible cortesana de estas tierras.

 Se aficiona al automovilismo, y los transeúntes masculinos enloquecerán cuando recorre La Habana, exhibiendo encantos embriagadores, a bordo de su Hispano-Suiza blanco.

Y aquí viene el segundo récord: fue la primera driver de América Latina, la inaugural fémina en recibir una licencia de conducción.

Con los donativos de sus amigos, redondearía una colección de nueve lujosos autos.

Su clientela era peculiarísima. Sí, a aquella gente la plata le fulguraba hasta en la niña de los ojos.

Ah, pero hubo un muy singular habitué: José Miguel Gómez.

Durante las guerras independentistas, el corajudo Gómez ascendió hasta el grado de mayor general en el Ejército Libertador. Ocupó la presidencia del país entre 1909 y 1913. (Durante ese mandato hubo de ganarse el remoquete de Tiburón, por su insaciable voracidad al engullir el erario).

Todo parece indicar que entre Gómez y nuestra protagonista hubo algo más que un simple negocio carnal. Y enseguida me explico.

En 1917 se produce una asonada de los liberales, contra la reelección de Mario García Menocal. La llamada Guerrita de La Chambelona.çLa insurrección resulta fallida y Gómez —quien la capitaneaba—  va a dar con sus huesos a la prisión del habanero Castillo del Príncipe.

Entonces nuestra amiga se declara en alarma de combate. Con su flotilla de autos auxilia la escapada de los alzados que no han caído en manos del ejército.

Finalmente, ella entra en chirona. La mantienen presa durante una veintena de días. Pero ya es un ídolo de todo el mundo, incluidas las autoridades. De manera que, al salir de la cárcel, aquel ser provocador comenta que nunca en su vida había vivido con tantas comodidades, ni recibido tal veneración.

Nos queda una deuda. Líneas atrás declaramos que María Calvo Nodarse no sería el último apelativo de aquella dama. Y pasamos a cumplir con tal compromiso. Que ella misma nos lo explique: “En La Habana había una popular cupletista a quien llamaban La Fornarina. Una noche me paseaba por una de las calles más populares de la ciudad, cuando un borrachín, confundiéndome con ella y pensando que su nombre era Macorina, comenzó a llamarme a grandes voces. La gente celebró el suceso con risotadas y a partir de ese momento me endilgó ese nombre”.

En efecto. A resultas de que a alguien, quien había trasegado varias líneas de nuestro fragante ron entre pecho y espalda, se le se le trabó la lengua, de forma unánime así la designó la gente. Y de ese modo la sigue llamando después de su adiós, en La Habana, el 15 de junio de 1977. (Ayer, como quien dice).

Pero, según algunos, no hubo tal despedida. Me asegura un colega que “su fantasma curvilíneo anda y desanda la ciudad, y a veces, negligentemente tendida sobre una desgastada piel de armiño, dormita sobre el malecón habanero”.

El encuentro

En 1954 Chavela Vargas viene a cumplir un contrato en Cuba.

Pero no hace más que llegar y ya cae hechizada por la Perla de las Antillas. De manera que lo previsto como una visita de sólo unos días, se transforma en dos años de estancia.

Después vendría acá innumerables veces. Tantas, que ella confesaba haber perdido la cuenta.

En aquella primera presencia, se aloja en un inmueble situado en Prado y Malecón. Y, desde su balcón, Chavela —también apasionada del automovilismo—  cada día ve pasar a una dama de inenarrable belleza, a bordo de un descapotable auto rojo.

Y le pica la curiosidad tan singular personaje.

Contarían con el mejor introductor de embajadores: las presenta nada menos que el poeta Nicolás Guillén.

Chavela describirá a la cubana: “Tenía la piel color tabaco, color canela, era hija de negra y chino.  Estaba cruzada, salió muy linda. Los ojos rasgados y el pelo liso, una extraña belleza, No era una mujer común. Macorina, mi Macorina”.

Chavela y el poeta asturiano Alfonso Camín crean para ella una pieza musical (que no es el danzón conocidísimo en Cuba):

 “…Tus senos, carne de anón

tu boca una bendición

de guanábana madura.

Ponme la mano aquí, Macorina,

pon, pon, pon…”.

Después, a sus dos músicos acompañantes, iba a darles el apodo de Los Macorinos.

No caben dudas. Chavela quedó marcada por Cuba. Y por La Macorina.