Y los sueños, ¿sueños son?

NATURAL DE CAIBARIÉN

Y los sueños, ¿sueños son?

  • ¿No es cierto que faltan muchas, muchísimas cosas por conocer, respecto tanto a la vida como a la muerte? Foto tomada de internet
    ¿No es cierto que faltan muchas, muchísimas cosas por conocer, respecto tanto a la vida como a la muerte? Foto tomada de internet

Aunque tengo un conocimiento limitado de la filosofía, me considero cercano al agnosticismo, y en ese sentido siento que el conocimiento humano tiene aún infinitos canales de investigación que conocer. Por ejemplo, se dice que del cerebro humano solo se conocen el 25% de sus funciones, y entonces hay que preguntarse, ¿qué pasa con el otro 75%? ¿Cuántas posibilidades perdemos por nuestra ignorancia?

Por ello considero el relativismo de todo, y como Ortega y Gasset, creo que el hombre es él y su circunstancia, y eso lo decide todo.

Y escribo estas reflexiones iniciales porque quiero hablar de los sueños, de mis sueños, que como le sucede a todo el mundo a veces son lindísimos, otras pesadillas innombrables, (aunque realmente son las menos), en otras ocasiones sueños eróticos que al despertar me provocan envidia; pero en mi ya larga vida he tenido un par de sueños que nunca los olvido, que fueron y son muy peculiares, y que tienen que ver con la muerte.

Para contarlos tengo que recurrir al contexto, y por supuesto a los recuerdos.

Sucede que hace ya casi treinta años, acompañado de mi amigo Norberto Codina, quien hoy es director de La Gaceta de Cuba, andaba en un expedición marítima, que nos llevó en un barco de pesca cubano (era cuando teníamos la flota cubana de pesca) a la altura de Valbis Bay, esto es, a 300 millas náuticas de la costa sudafricana. Escribía entonces La agonía del pez volador y este viaje me daba la posibilidad de conocer las nuevas y modernas artes de pesca de los enormes superarrastreros por la popa. Ya de regreso a tierra firme desembarcamos en Galicia, donde fuimos muy bien recibidos por los cubanos representantes de la entidad pesquera, quienes nos invitaron a pasarnos varios días en Vigo, y que esperáramos el nuevo año con ellos y las costumbres gallegas para esos menesteres.

El día que llegamos nos ofrecieron una cena, provista de cuantas libaciones fueron posibles, y terminamos la noche en una habitación de un pequeño pero acogedor hotel.

Y sucedió que al otro día, al despertar, le digo a Norberto: “Mira, vuelvo hoy mismo para Cuba, porque en mi casa ha pasado algo muy grande”.

Norberto, con ese pragmatismo que en él es una cualidad me dice: “Oye, lo que pasó ya pasó, y no puedes hacer nada por remediarlo”.

Y le hice caso, olvidé el sueño y nos dimos a las delicias que entonces nos proporcionaba la vida.

Así estuvimos varios días, algo cerca de un mes. Yo me comunicaba con mi esposa vía telefónica y supuestamente todo andaba bien.

A la vuelta a Cuba, el avión iba casi vacío, y solo unas señoras, ya algo mayores —para nosotros entonces—, volvían a la isla después de cumplir una misión en Iraq, y venían con mucho whiskies, y hasta una grabadora con música cubana. Recuerdo que comimos hasta reventar, bebimos como condenados a muerte y hasta bailamos en el aire.

El tiempo pasó y llegó un momento en que el capitán nos dijo por el altavoz que nos pusiéramos los cinturones que íbamos a aterrizar en La Habana, recuerdo que cuando enganché el cinturón, me volvió a la mente el sueño y quedé convencido que en casa había pasado algo grave y no lo sabía.

Cuando bajé del avión encontré en la sala de espera a mi esposa con dos de mis hijos (tengo cuatro). Después de los besos y abrazos le dije a mi compañera: “Ahora dime qué pasó en casa”, y me respondió “Te lo digo cuando lleguemos”.

Al abrir la puerta me esperaban mis íntimos amigos, mi hermano, mis otros hijos y entonces me dijeron que había muerto mi hermana, que me llevaba unos cuantos años, y que a los diez días había muerto mi padre, quizás de tristeza. Que nunca quisieron decirme nada para que disfrutara.

A los pocos días me puse a sacar cuentas, y resultó que en el mismo momento de mi despertar en Galicia, estaba muriendo mi padre.

El otro sueño tiene también su historia.

Era el año 1994, y mi esposa Aurora, aún muy joven, estaba ingresada en el hospital para ser operada de unos quistes en el ovario y en el cólon, que supuestamente eran benignos. Al final resultaron malignos y al terminar la operación un médico muy amigo me dijo que le quedaban seis meses de vida, realmente duró dos —a los sumo—.

La muerte de ella fue otro de los, como decía Vallejo, “golpes en la vida tan fuertes, yo no sé”.

Recuerdo que ante la noticia le dije a mi cuñada que se ocupara ella de vestirla, y que no me consultara nada, que decidiera ella qué era lo más adecuado, y que luego tomara toda la ropa de ella y se la llevara.

Ya en la funeraria nunca la vi cadáver, soy consciente de la frase de Horacio Quiroga que decía: “prefiero el recuerdo de un hombre al de su cadáver”.

Pasó el tiempo y quedé en la más absoluta soledad. Las noches se convirtieron en un martirio, y una de esas noches trágicas tengo un sueño: iba manejando mi automóvil con unos compañeros dentro, y los estaba acercando a sus respectivas casas. En eso veo a mi esposa parada en una acera, tenía puesto un vestido muy bonito que la esposa de un amigo mío asturiano le había traído de regalo, entonces  freno el auto, y la invito a subir. Como la noto muy disgustada le pregunto: ¿Y a ti qué te pasa”, y me responde: “Es que me tengo que morir”.

Al final nos quedamos solos ella y yo en el auto, y me acerco a una playa ya de noche, ella se baja y se adentra en un puente muy largo. Yo trato de alcanzarla pero cada vez se aleja más, y en eso despierto.

Al otro día le pregunto a mi cuñada qué cuál había sido el vestido que le había puesto a la difunta, y por supuesto que era el traído por la amiga asturiana.

Y ahora me permito preguntarles, ¿tienen interés estas dos experiencias fúnebres, o son especulaciones mías? ¿No es cierto que faltan muchas, muchísimas cosas por conocer, respecto tanto a la vida como a la muerte?