Evocación y apostilla del amigo y del poeta. A propósito de Obra poética de Alberto Rodríguez Tosca

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Evocación y apostilla del amigo y del poeta. A propósito de Obra poética de Alberto Rodríguez Tosca

  • A Alberto Rodríguez Tosca lo conocí hace cuarenta años, cuando era un muchacho. Cubierta del libro. Foto: Rubén Ricardo Infante
    A Alberto Rodríguez Tosca lo conocí hace cuarenta años, cuando era un muchacho. Cubierta del libro. Foto: Rubén Ricardo Infante

Alberto Rodríguez Tosca es una de las voces más importantes de su generación, un imprescindible de la poesía cubana de las últimas décadas. Pero para mí y para mi familia, de una manera entrañable, es mucho más que eso. Lo conocí hace cuarenta años, cuando era un muchacho —casi un niño— descreído, sarcástico, noble, disperso, afectuoso y querido, hereje por naturaleza, vocación que atraviesa toda su obra. Y así fue hasta el último instante de su vida, cuando tempranamente nos dejó su memoria entremezclada con sus anécdotas, poemas y prosas, para que siempre lo recordemos en todo el esplendor de su talento, su mirada triste y la eterna juventud de su amistad.

A finales de los años setenta del pasado siglo (¡qué horror!, acotaría Albertico) fui testigo de cómo un grupo entusiasta de adolescentes y jóvenes fundaron, en los entonces hospitalarios salones de la biblioteca municipal de Artemisa, lo que sería la juvenilia del taller literario Manuel Isidro Méndez, llamado así en homenaje al emigrante asturiano que, como intelectual y ciudadano, había merecido la distinción de “hijo adoptivo” de esa villa. Fue una aventura perdurable para todos los involucrados.

Me tocó ser responsable de que a la sazón los bisoños escritores León de la Hoz y Luis Carmona, con sus papeles, afanes y sueños, empezaran allí como asesores literarios. Pero para dar fe de ese aprendizaje iniciático, nada mejor que el testimonio de uno de sus principales protagonistas, por eso le pedí hace años para el prólogo que escribí sobre uno de sus contertulios, una breve evocación, a quien entonces casi un niño como otros del grupo, se convertiría tempranamente en uno de los poetas cubanos más auténticos que he conocido. Así me describió Alberto de forma conmovedora aquella “educación sentimental”:

 

“Tendríamos una edad misericordiosa”, cuando un grupo de muchachos, bajo la sombra en flor de Rafael León de la Hoz —quien aún no había ganado el Premio David de Poesía con La cara en la moneda— y de Luis Carmona Ymás —quien aún no había publicado en Letras Cubanas su obra de teatro María y José—, invadimos las salas de la Biblioteca de Artemisa para delinquir en torno a la poesía, la narrativa y la amistad. El Taller Manuel Isidro Méndez —artemiseño él por adopción y uno de los más grandes estudiosos de la vida y la obra de Martí—, congregó durante muchos años a entonces aprendices de poetas que ya creían serlo. Ninguno lo éramos, pero como escribió Martí sobre los pintores impresionistas: “¡Ya es digno del cielo el que intenta escalarlo!” Al Taller —que no al cielo—, algunos llegaron primero, otros se incorporaron después. No los cito por orden de aparición, ni de desaparición, y se me quedarán por fuera muchos nombres, pues la memoria y el tiempo saben hacer su trabajo. Roberto Luis Rodríguez Lastre, Nelson Valdés del Busto, Jorge Nelson García, René Suárez Seva, Pablo Lorenzo, Armando Martínez, Julio Ernesto Cintado, Paco My Friend, José Eduardo Vázquez, más los consecuentes y pacientes León de la Hoz y Carmona Ymás. Los talleres comenzaban en la biblioteca y terminaban en cualquier otro lugar. Sobre todo en la casa de René y Chely —nuestra hermana del alma—, oyendo a Bach, Tchaikovsky, Benny Moré, Silvio Rodríguez, tomando vino de arroz, y hablando hasta la madrugada de poesía, de narrativa, y de todo lo humano y lo divino. De esto hace ya muchos años, cuando teníamos una edad misericordiosa. Ahora que ya no somos jóvenes, nos conformamos con la misericordia de la edad. Y de la amistad.

 

Cada uno de sus libros, y aún antes con aquel cuento “Mi reino por una pregunta” qué tal vez fuera su texto más promocionado, o los primeros versos de aquella experiencia seminal del taller y Todas las jaurías del rey, conforman de manera legítima un todo orgánico, y la presente compilación Obra poética (Ediciones UNIÓN, 2017) no hace más que ratificarlo. En apenas cinco libros, ¡para que más!, se registra una voz ya perdurable en nuestra literatura, que se manifiesta como un discurso único, vital y estremecedor que articula el “diálogo…con las palabras y las emociones, las angustias, la soledad, la muerte…siempre inmerso en un torbellino devastador…devorándolo…como un inconcebible misterio que la vitalidad de sus mejores y más plenos años no pudo esclarecer”. Estas palabras de Enrique Saínz, prologuista y coautor junto al poeta de la selección que comentamos, tratan de apresar esos sentimientos y realidades que percibimos como golpes o ráfagas en la lectura de sus poemas.

La idea de este volumen surgió en el verano de 2015 en una habitación del hospital Hermanos Ameijeiras cuando Alberto, luchando con su enfermedad a la par de trajinar febrilmente en su laptop, aceptó mi propuesta de reunir en un todo su poesía edita y por publicar, y laborar en esto de conjunto con Enrique al que pediríamos el consabido prólogo. Ambos pusieron manos a la obra, mientras yo adelantaba el compromiso de su publicación con la editorial en las personas de Olga Marta y Danielito Díaz Mantilla (quien igual estaba en contacto con el poeta y se brindó como editor). Ellos fueron muy receptivos desde el primer momento, y contribuyeron de manera decisiva a la divulgación de este título, del cual tanto los que estamos implicados como los futuros lectores debemos sentirnos orgullosos.

Para concluir mi breve comentario, y seguir enlazando todo lo que nos sigue uniendo de por siempre, hago mías como paráfrasis estas generosas palabras que me dedicó en “…aquel prólogo del remoto octubre de 2005”: “En ese mismo tono sereno y cordial, regresa Alberto Rodríguez Tosca para legarnos nuevos testimonios de honestidad lírica y humana; sin trascendentalismos ni palabras de más. A su modo regresa, como en su salsa, vomitando ideas que son vísceras, angustias que son úlceras, tripas que son a todas luces corazón”.

                                                                                            El Vedado,  febrero de 2018.