Creado en: noviembre 6, 2021 a las 12:21 pm.
Ariel Barreiros, centinela del tiempo
Texto de Miguel Ángel Castiñeira García. Tomado de El Caimán Barbudo

No se acuerdan de él en su natal Cienfuegos pero lo corean en Puerto Padre… Sobre un trovador muy especial versa este perfil que resultó finalista del Premio de Periodismo Musical Bladimir Zamora…
Por Miguel Ángel Castiñeira
Fotos: Alejandro Conde Ravassa
No había condenado maestro que lograra enseñarme la división.
Te estoy hablando de que yo iba a la escuela, me hacían repaso, y después le decía a mi mamá: “no entiendo eso de baja el cero y pon la coma. No lo entiendo y no lo voy a entender”.
Un día, mi mamá, que era maestra, coge el teléfono y llama a una vecina que era la mamá de una compañerita mía del aula.
— Ven acá… ¿Tu niña está disponible?
— Sí, cómo no. Ella está aquí.
— Chica, no hay manera de que Arielito entienda la división. Tú sabes que entre niños se comunican mejor. A ver si ella se la explica.
— Mándalo para acá.
En el fondo de la casa me estaba esperando la niña.
— A ver, mijo, ¿qué te pasa?
— Nada, que no sé dividir.
— Fácil. Esta rayita tú la olvidas y pimpam pum…
No sé qué fue lo que inventó, pero me lo explicó todo a la perfección.
Y fue así cómo, por fin, pude aprender a dividir.
Y estoy llenando todas las libretas
De Cecilines feos, enamorados, tristes y es por ella
Y estoy que no regreso limpio, mira, que no doy merienda
Y bruto, y mal hablao, y es por ella
Que no me va a volver más nunca del recreo
Que me dejó ponerse así marchito y solo el germinal
Que me desvelo, niña
Ayer, ayer, ayer…
“En la ya prolongada historia de la trova cubana abundan los juglares que comenzaron a entenderse con la lira, para cantar sus cuatro cosas sencillas y universales, parapetados en los frágiles y menudos pueblos donde nacieron, y donde comenzaron a estirar sus huesos y sus sueños. Así ha sucedido con Ariel Barreiros, el cienfueguero oriundo de Aguada de Pasajeros (…). En tal atmósfera han nacido y perduran las canciones suyas. Desde las primeras, mientras buscaba la música en las entrañas de los relojes, todavía con la impericia del cantor poco curtido; hasta las más recientes, cuando ya nadie puede dudar que es uno de los más significativos trovadores de la Isla.”
Texto de Bladimir Zamora aparecido en el libro La luz, bróder, la luz, de Joaquín Borges-Triana.
Mi vida no sirvió para estar en un albergue. Yo convulsionaba, pero el problema no era ese. El problema era yo mismo. Nada más que pude, me largué para otra beca que estaba cerca del pueblo. Pero iba y viraba, me buscaba certificados, porque tampoco me gustaba estar ahí.
Un día me pongo a escuchar a Los Beatles, un grupo de Aguada de Pasajeros. No hacían covers: ellos eran Los Beatles de Aguada. Ponían el pie así y todo… En ese entonces buscaban a otro guitarrista acompañante.
Y ahí es cuando llego a casa de Wilfredo Sotolongo, el director del grupo.
— Oye, qué bolá.
— Aquí, nada, compadre, que estoy buscando un guitarrista.
— No, compadre, a mí me encantaría — le digo.
Como en aquel momento yo estudiaba, Wilfredo me responde que no.
A la mañana siguiente voy al Pre a decirle al director que me dé la baja. “¿Cómo que te dé la baja, si tú eres un chamaco que viene de la Vocacional?”, me dice. “Oye, que me des la baja”. “No, eso yo no lo puedo hacer sin la autorización de tus padres”.
Regreso para la casa a hablar con mi mamá:
— Hace falta que vayas al Pre y digas que me den la baja, porque yo no voy más.
— Pero en la calle no te vas a quedar…
Cuando ya pasa todo, mi abuelo se me sienta al lado y me dice: “Tienes que hacerte de un oficio”. Entonces me lleva para la relojería. Estuve como tres años trabajando gratis. A los 17 es que me hacen el contrato.
Pero, bueno, en realidad lo mío era aparecérmele a Wilfredo Sotolongo otra vez.
Y finalmente entro al grupo. Ahora mismo tú me das una guitarra y te canto tres o cuatro canciones de Los Beatles. Me tuve que aprender el repertorio de una punta a la otra.
Y era Lucy, tremenda, pero ese pelo azul,
Y era de mediodía y era abril,
Y era que me dejaban solo
Y no dormí…
“Ariel era poco más que un niño cuando llegué a Aguada como instructor de teatro. Era el año 1988, un momento de transición en muchos órdenes, pero allí el tiempo parecía detenido hasta para el muchacho que se encargaba de animar a los relojes (…). Ariel no faltaba nunca a los procesos y acciones que emprendíamos, como si estudiase los mecanismos de varios relojes, y a la vez los fuera integrando a su diapasón: tic-tac. Pero ya tenía eso que Eliseo Diego definió como la poesía: el arte de atender.”
Freddy Emir Tejera, actor de Teatro La Fortaleza.
Después entro en la Casa de la Cultura por el tema del grupo. Y ahí es cuando llega Freddy Emir Tejera, que venía de la Escuela Nacional de Instructores de Teatro a cumplir servicio social en Aguada.
Ese fue el tipo que me dijo:
— Asere, tú tocas guitarra. Ya veo que te gusta la trova porque te sabes algunas canciones de Silvio. Pero, en realidad, tú no has escuchado trova.
Y empieza a ponerme música.
Un tiempo después, el mismo Freddy y muchos otros me dicen: “Asere, llevas de reproductor de Silvio no sé cuánto tiempo. Intenta hacer algo tuyo”.
En esos años empiezo a hacer canciones. Hago 19 o 20. Incluso, me arman un concierto en Aguada para que las cante.
— De esas, ¿cuáles sigues defendiendo?
— “Parque”. También hay una de aquella época que se llama “Aguada, diciembre del 90”. La que tú conoces es “Aguada, fin de siglo”, pero había un “Aguada, diciembre del 90”, que era para ese concierto.
En fin, que adonde yo quería llegar al principio del cuento era a explicarte por qué mi historia es distinta. Explicarte por qué con treinta años yo estoy haciendo cierto tipo de canciones. Y es porque ahí mismo, cuando terminó ese concierto, no pasó más nada.
O sea, ni yo quería que pasara más nada tampoco.
— ¿Cómo que “no pasó más nada”?
— Nada. Se acabó. Seguí en mi relojería. Y pasaron casi diez años de por medio, en los que yo no hice una canción.
— ¿Y qué hiciste en ese tiempo?
— Arreglar relojes.
— Imagino que escuchar música, leer, enamorarte…
— Eso. Y arreglar relojes.

“¿Fue en la Galería de Arte? No estoy seguro. Lo que sí recuerdo bien es el terror de nuestro tímido intérprete. Aun convenciéndole de que podía cantar con los simples acordes que ya sabía poner en la guitarra, Ariel tenía miedo de quedarse en blanco. Tal vez por eso se le ocurrió que yo lo acompañara cantando, y así fue. Historia de sillas: Arielito en una y Freddy en otra, pasándonos coraje de nota en nota.”
Freddy Emir Tejera, actor de Teatro La Fortaleza.
“Y una de esas tardes donde andaba yo en el parque, desahuciado de la vida, me rescata Marchena y me dice: vamos para mi casa, asere, que yo te voy a dar comida, y para que te bañes, y para que te cambies la ropa. Entonces me fui con él para la casa, y en lo que estaba preparando la jama me puso un disco de Levis, y yo me quedé partí ‘o a la mitad con los temas. Luego me puso uno de Yunior Navarrete y Ariel Barreiros, pero yo estaba tan enamorado de las canciones de Levis, que no le hice mucho caso (…).
Después volví para Santa Clara. En ese viaje fui con Rosario, mi chica.
Entonces, caminando por el boulevard, vi que en una tienda de Artex estaban vendiendo un disco de Ariel (Medio Lento). Y nada, lo compré, y cuando vuelvo para La Habana, que pongo el disco… Ahí se paralizó el mundo. Se paralizó mi mundo. Fue un antes y un después para mi vida, para mis canciones. Me volví un enamorado perdido de los temas de Ariel. De hecho, todavía hoy el disco ese me lo “espanto” dos y tres veces al día. De verdad, me encanta. Yo siempre digo que por un tema de Ariel hago seis temas de los míos.
Aquello fue como un rapto de poesía.“
Jorge “Kamankola”, cantautor.
A mediados de los noventa aparece Jacomino. Fernando León Jacomino, quien era el nuevo presidente de la AHS en Cienfuegos. Llega de Sancti Spíritus localizando a poetas, trovadores. Alguien le dice: “¿Trovadores? Los Novo, Lázaro García”. Pero él contesta: “No, esos no. Ya esos están consolidados”. Lo único que logra sacar en claro es que hay un tipo en Aguada de Pasajeros, olvidado de Dios, y otro en Junco Sur.
Entonces, El Jaco nos inventa una descarga a Yunior Navarrete y a mí en una de las peñas que él hacía. No me acuerdo de cómo se llamaba, pero sí de que se realizaba en la salita de adelante de la que era la Casa del Joven Creador. Iban cinco poetas, o algo así.
En realidad lo que quería El Jaco era que yo me encontrara con Yunior. Recuerdo que la primera peña fue una bronca. Yo cantaba, él cantaba, yo cantaba, él cantaba. Era una pelea a ver quién tenía más canciones.
Después, creo que el propio Jacomino habla con Alpidio (Alonso), que cuando aquello estaba de presidente de la AHS en Villa Clara, y le dice: “oye, te voy a mandar a dos jenízaros para allá, para que aprendan”. Y nos manda para el Longina.
La verdad es que ni Yunior ni yo estábamos para ser invitados al Longina, pero nos fuimos como invitados, con credencial y todo, por ser trovadores de Cienfuegos.
Cuando llegamos, que me encuentro con aquella barbaridad, con toda aquella gente que ya estaba curada de espanto: Levis (Aliaga), Roly (Berrío), Raúl (Marchena), Alain, Leo (García)… Imagínate que Leo era cantera de la AHS. Cuando yo era invitado, Leo era cantera. Y me lo ponen a cantar, después de haber tocado yo y haber pasado tremenda pena en El Mejunje. Le dan la guitarra y Leo hace así… Al escuchar aquello, me digo: “Si este hombre es cantera, ¿a mí a qué coño me trajeron aquí?”
“Bueno, ya pasó, ya hice el ridículo”, me digo. Porque yo hice el ridículo. A ver, mis canciones no eran malas, pero no eran las canciones que se estaban haciendo en mi tiempo. De alguna manera tenía que arreglar eso.
Al año siguiente regreso con “Niña” y con “Paula”.

“Conocí a Ariel en mis últimos años de universidad, que en aquel entonces se llamaba Instituto Superior Técnico de Cienfuegos (ISTC). Me gradué en el 90 y allí me hice miembro de la AHS por Literatura (…) Luego volví a Cienfuegos y nos reencontramos. Trabajamos juntos y llegamos a ser grandes amigos.
Sin embargo, no fue el Longina lo que más incidió en su profesionalización, sino el Festival Los Días de la Música, que confería la condición de Proyecto Nacional, una especie de beca por dos años y posteriormente el paso al sector profesional.
Luego me fui a La Habana en enero del 98 y desde allá coordiné el disco trov@nónima.cu, donde Yunior y Ariel tuvieron sus primeras grabaciones profesionales.
Hay un documental del Centro Pablo sobre la presentación del disco, en la cual estuvo Fidel, quien les preguntó si tenían guitarra y les mandó a entregar una a cada uno (…) De hecho, Ariel todavía toca con esa guitarra, veinte años después.
Fernando León Jacomino, Viceministro de Cultura.
— Cuando lo leí dos veces, ya no sabía vivir sin él.
— En la Calzada de Jesús del Monte…
— “Cansa mi principal costumbre de recordar un nombre”.
— ¿Y después de Eliseo Diego?
— Me compré en la librería de Aguada de Pasajeros la poesía completa de Cesar Vallejo, a quien tuve que abandonar en su momento, porque la verdad es que Vallejo tiene la cualidad de engrampar, influir… Cuando vienes a ver estás hablando como Vallejo. Creo que Silvio pasó por eso. Tú revisas la obra de Silvio, y está envallejada hasta las trancas. Hay quien dice que en mis canciones hay influencias de Silvio, pero en realidad son de Vallejo recogidas del mismo Silvio.
— ¿Y Martí?
— Sí, Martí… Pero Martí es más del cariño, de leerlo con amor, y decir: qué suerte que este tipo sea cubano. Con él ocurre lo contrario que con Vallejo: es difícil para un cantautor intentar parecerse a Martí. Incluso puede llegar a lucir ridículo si lo intenta.
Después me di un pegue con T. S. Eliot… Lo leía y lo volvía a leer. Porque cuando un libro de poesía me gusta, lo leo así: de punta a cabo y vuelvo para atrás, de punta a cabo y vuelvo para atrás. A veces me paso dos, tres días leyendo el mismo poema.
— ¿Se puede decir que adquieres el conocimiento de manera autodidacta?
— El problema es que siempre he sido de auto-iniciativas, no de tareas impuestas. Cada vez que he sentido en mi vida que tengo que hacer algo, estoy mal. Tampoco es que le vea nada “sabio” a esa actitud, sino que es parte de una naturaleza que ya no puedo cambiar.
— ¿Y el tema de la relojería?
— A ver… Yo actualmente no arreglo relojes como tal.
— ¿En Aguada te conocen más por relojero o como trovador?
— Ahora más por trovador. Esa tendencia ha cambiado en los últimos años. Ya no me paran en la calle para decirme: “oye, tengo un relojito allá”. Ahora me dicen: “oye, músico”. Todavía hay quien me busca porque no le puede confiar su reloj a otra persona. Esos son los únicos trabajos que estoy haciendo.
— ¿Estuviste arreglando relojes hasta hace cuánto?
— Hasta hace tres o cuatro años, aunque un poco de “afuera afuera”, como dicen los guajiros. Hace como diez años sí estaba de lleno en eso, con patente y todo.
— ¿Trabajando por cuenta propia en la casa?
— Claro. Arielito se crió con los relojes.
“No recuerdo bien si fue que compré o si me regalaron un libro que se llamaba Los Romanos… El día que regresé a mi casa en Nuevitas, se me quedó en Aguada. Como yo solamente pasaba con mi papá las vacaciones, no lo pude recuperar hasta el próximo año. Él lo leyó, y de un pedazo de ese libro que cuenta la historia de un soldado que encontraron prácticamente momificado en las murallas de Pompeya, producto de la erupción del Vesubio, compuso la canción ‘El Centinela de Pompeya.”
Ariel Barreiros Albo, hijo de Ariel Barreiros.
Ahora mismo eres solo el centinela
Tu trabajo es tener una lanza y velar cierta puerta.
Te pagan por reconocer
La tenue diferencia que hay
Entre un puñal y un lirio.
Te pagan nada más que por permanecer ahí,
De pie, sin protestar, mirando hacia el olvido…
— En una de tus peñas dijiste que “Medio Lento” es una canción que te transmite tristeza, aunque últimamente eso ha cambiado un poco.
— Eso me pasa porque “Medio Lento” es una canción que todavía a estas alturas yo no sé de qué habla. Es como una serie de imágenes colocadas a modo de discurso que, en correspondencia con el ser humano que la reciba, puede crear una impresión u otra, una lectura u otra. Y me pasa hasta a mí.
— ¿Cómo la compusiste?
— La compuse en un rato. En aquella época yo escribía bastante rápido.
— En sentido general, ¿cómo experimentas el proceso creativo?
— Para mí, hacer una canción es un sufrimiento. Un sufrimiento no: un malestar. Un malestar continuo. Me paso el día con dolor de cabeza. Me acuesto y es dándole vueltas a una frase. No tengo que tener la guitarra en la mano para que Alina, mi mujer, se dé cuenta de que estoy componiendo. Y me pongo así…
— Hasta que terminas.
— Sobre todo con el texto. Cuando termino con el texto, o por lo menos cuando yo sé que la canción está cerrada, ya me puedo sentir más feliz.
— Muchas de tus canciones han surgido de vivencias en tu paso por Ciego de Ávila. “Paula” y “María”, por ejemplo. ¿Por qué Ciego de Ávila? ¿Por qué ibas tanto a Ciego de Ávila?
— Porque me invitaban, asere… Aquí no me invitaban. Hubo un momento en el que en Cienfuegos se olvidaron de mi pa´l carajo. Pero qué pasa: en Ciego se acordaron. Siempre he sido un desconocido aquí. Creo que está mal, o no… Pero hubo coyunturas específicas. Aunque Cienfuegos ahora mismo está como…
— ¿Reivindicándose?
— No. No creo que esa sea la palabra… Tampoco es que haya que pagarme ninguna deuda.
Yo venía de mi año feliz
No tenía canciones
Con qué defenderme de nada
Cada vez que me invitan a invierno
Yo sé que me van a estafar
La ventana…
“A fuerza de ser sincero, tengo que decir que por eficiente que resulte el entramado sonoro de acompañamiento al quehacer de Ariel, yo lo prefiero cuando él actúa solo con la guitarra, desde la condición de juglar que le canta en sus versos tanto a lo local como a lo universal, sin hacer distingo entre lo uno y lo otro, en singular demostración de lo más auténtico de la trova cubana.”
Fragmento del texto De Aguada a Sevilla, de Joaquín Borges-Triana (Juventud Rebelde, 2010).
“Cuando escuchas ‘Un hombre’, la única pista donde solo están Ariel, su voz y su guitarra, no puedes dejar de pensar en qué hubiera sido del álbum sin o con menos orquesta. Porque al autor de ‘Quinto regimiento’, sinceramente, no le hace falta. Lo único que necesitas es una producción medianamente eficaz, que le cuide la afinación y el tiempo, y a llorar, a reservar mesa en La Casa de la Bombilla Verde cada vez que se le antoje venir a La Habana (…).
Ariel Barreiros — nadie lo duda, pero igual lo voy a decir — está en otra liga. Pocos están a su nivel, y todo el mundo sabe quiénes son; pero nadie, absolutamente nadie, es más bueno ni más tierno.”
Fragmentos de El disco rayado: Medio lento, de Carlos M. Mérida (AM:PM Magazine, 2020).

Un día me invitan a hacer un concierto en Puerto Padre, Las Tunas.
Llego a Puerto Padre después de mil avatares, me tomo unos tragos, como algo, y le digo a Liliana, la responsable del concierto:
— Liliana, ¿dónde es la cosa?
— Vamos, que te voy a enseñar.
Salimos caminando Puerto Padre arriba, hasta llegar a un anfiteatro en el que por lo menos cabían tres mil personas.
— El concierto es en esta salita — me dice Liliana.
— ¿Salita? ¡Pero si esto es un anfiteatro! ¿De qué estamos hablando, Liliana?
— Tranquilo. Tú relájate… Lo único que te puedo garantizar es que cuando tú cantes, esto se va a llenar. Mira, vamos a poner un grupo de telonero…
— ¿De telonero? ¿Cómo que me vas a poner un grupo de telonero, Liliana? Si me pones un grupo de telonero, me quemas.
— Tranquilo. Yo sé lo que hago.
Un grupo bueno, además. La gente los escuchaba en Puerto Padre. Mientras tocaban, yo me hacía así en la cabeza… Entonces me voy para afuera y llamo a mi mujer, que no había podido ir conmigo a Las Tunas:
— Amor, me van a quemar. Me van a achicharrar. No te puedo explicar lo que va a suceder conmigo esta noche.
— Imagínate, mi amor, ¡¿qué vas a hacer?!
— Sí, yo voy a tocar ahí. Vamos a ver qué pasa, pero creo que esto va a ser el fracaso total.
Para hacerte el cuento corto… Cuando rompí, bróder, aquello estaba de bote en bote. Y la gente cantando mis canciones. Eché un concierto como de quince o veinte temas. Cuando salgo, que ya estoy en el privado, aparece Liliana y me dice:
— Niño, tú no sabes nada. El problema es que tú no tienes claro nada en esta vida. A ti te ponen cinco veces en la radio todos los días aquí en Puerto Padre, para empezar… Y cuando no te ponen, hay un trovador en un acto cantándote. Y cuando no, hay un borracho cantándote en el parque. Pero la verdad es que yo sabía que esto se llenaba hoy. Yo lo sabía.
