Creado en: abril 30, 2021 a las 09:11 am.

El Oscar, los astros y la justicia

Nomadland: Mejor Película, Mejor Dirección y Mejor Actriz Protagónica

Por justo un cuarto de siglo, este autor ha escrito, aquí y allá, un año sí y otro también, sobre las proverbiales injusticias del Premio Oscar, que, históricamente, no ha entendido ni de autores, ni de ciclos autorales, ni de tendencias cinematográficas u otros tantos ni, lo cual enloda el controvertido veredicto de los académicos y ubica en una eterna tesitura de controversia a la distinción.

No huelga recordar aquí que grandes maestros del séptimo arte, norteamericanos ellos, fallecieron sin habérselo concedido jamás; mientras otros lo recibieron de forma honorífica, al final de sus días.

Extraordinarias películas de la historia del cine, vigentes aún como no lo está gran parte de las laureadas, tampoco consiguieron el reconocimiento fílmico más mediático del planeta.

Pero, al parecer, en la noche-madrugada del 25-26 de abril se produjo una alineación de los astros, hubo una invocación mística a las deidades de la justicia y obró la honestidad en la entrega de la edición 93.

Bien poco que objetar a la mayoría de los reconocimientos y nada que reprocharle a los principales: el Oscar a la Mejor Película, Mejor Dirección y Mejor Actriz Protagónica de Nomadland representa el premio más justo e inobjetable de lustros en este evento, en un año en el cual los decisores no se decantaron ni por el artificio ni por la cascarilla. Tampoco, a Dios gracias, por lo políticamente correcto, tan dañino como lo anterior.

El Oscar a Mejor Película Extranjera para la danesa Otra ronda también resulta una recompensa acorde con la calidad de la obra y el resto de los filmes a concurso.

UNA MUJER SIN DESTINO

A Nomadland (Chloé Zhao, 2020), largometraje también vencedor en los Festivales de Venecia y Toronto y además Mejor Filme del Año en consideración de los críticos de EE.UU., debe ponderársele el mérito mayor de constituir, en la historia del cine norteamericano, una de las películas que mejor han sabido seguir (y construir) a un personaje en su camino hacia la búsqueda de la libertad de espíritu. Esa cuando el alma se independiza de casi toda suerte de ataduras y halla la paz en el silencio, el viento, la tierra, el esplendor de un paisaje que supone la expresión tangible de la divinidad, en servir o siquiera acaso escuchar al prójimo, en las aparentes pequeñas cosas entregadas de forma gratuita por la vida cada día, en la atención a los detalles.

Como la encuentra Fern (Frances McDormand), en su existencia nómada de caravanas rodantes por desiertos, pueblos rurales, campamentos y carreteras perdidas de ese Estados Unidos semilunar, en las antípodas de las postales turísticas y el imaginario definido por Hollywood a través de un siglo.

Hay dos momentos, en un filme repleto de grandes instantes de este tipo, que traducen el grado total de libertad encontrado por Fern: al minuto 66, cuando, dueña de una calma mental absoluta, se queda dormida, cabellos mecidos por el aire y la noche de observadora, en un sillón colocado a la intemperie en medio de la nada; y al minuto 91, en ese diálogo mudo con el mar durante su paseo solitario por los acantilados. Son ambas secuencias -al amparo visual favorecedor, lo mismo que otros segmentos del filme, de las cromas azules del habitual director de fotografía de la Zhao: Joshua James Richards- portadoras de la elocuencia mágica entregada por el mejor cine, a pura imagen, sin recurrencia al verbo (algo común a todo el metraje, apúntese); y son ambas, también, profundamente nostálgicas, porque los pasos de esta mujer, por más que quiera alejarse de tal sombra, van seguidos por las siluetas de la tristeza y la soledad.

Una inmensa soledad que ella reconvierte en fortaleza, elemento este definidor del personaje, sin arredrarse ante las circunstancias amargas que condicionan, de algún modo, su existencia: la pérdida del esposo, la desaparición de su pueblo, el no poder o querer “encajar” dentro del sistema de normas morales de su reducto familiar remanente y el golpe de indiferencia de un sistema que ignora a las personas como ella y no resulta capaz de ofrecerle el empleo fijo requerido para subsistir.

Nomadland, mirada harto desesperanzadora al país norteño de la actualidad que localiza sus fuentes de inspiración en el libro de no ficción Tierra nómada: Sobreviviendo a los Estados Unidos en el siglo XXI (Jessica Bruder, 2017), se ambienta en la nación cercanamente posterior a la debacle económica de 2008, la cual sumió a millones de norteamericanos en la pobreza, al despojarlos de empleo y recursos para pagar sus casas. Escenario que no originó pero sí fomentó las bases objetivas para el incremento sustancial de estos nómadas que recorren regiones del país en sus furgonetas o trailers, viviendo de forma muy precaria, sin respaldo oficial en ningún orden.

Fern es uno de tales rostros sin nombre, desconocidos por los grandes noticiarios, ausentes de la conversación pública de la tan rica como desigual nación, al que la directora/guionista/montajista china radicada en Norteamérica Chloé Zhao (conocida por las alabadas Songs My Brothers Taught Me y The Rider) hace carne por la gracia de la descomunal Frances McDormand.

Esta última resulta pilar esencial de una película totalmente intempestiva dentro del adocenado escenario fílmico estadounidense, tanto más singular en cuanto la puebla un rosario de actores no profesionales -asumen los roles de los nómadas- y la acompaña marcado acento documental.

La actriz de Fargo, Tres anuncios en las afueras y Olive Kitteridge toma el barro de un personaje que añoraría cualquier intérprete de carácter -aunque de cierto no veo en la piel de Fern a una Meryl Streep o a una Glenn Close, puesto que hay papeles que parecen no ser para nadie en este mundo que no sea la McDormand-, y amasa sus formas hasta tornarlo en esta entidad viva que baña la pantalla de humanidad, alimentándose de cuanto la rodea para subsistir emocionalmente, para llenar sentidos.

Fern observa, escucha, ayuda a los seres humanos ubicados en su brújula por el camino, sin otra intención que hacerlo. No hay dobleces en esta mujer y ello deviene otra muestra de la liberación interior, del sosiego espiritual alcanzados en su existencia, despojada ya de los vicios que nos corroen, de los delirios que nos consumen.

Otra ronda: Mejor Película Extranjera

EL ALCOHOL, LA CREACIÓN Y EL ABISMO

El alcohol representa elemento dramático de recurrencia en el cine dirigido por Thomas Vinterberg. Está presente en los relatos aportados por el creador desde su opera prima, La celebración (1998), opus fundacional del Dogma 95, aquel movimiento fílmico que alguien calificara sin justicia como “el fruto de una noche de juerga de cuatro daneses borrachos” aunque de cierto reposara verdadero arte cobijado entre los edredones pioneros del referido autor, Lars von Trier, Kristian Levring y Soren Kragh Jacobsen. Lo seguiría estando mucho después en el drama Submarino (2010) u otros filmes y aflora como leitmotiv de Otra ronda.

El título original de esta cinta danesa –seleccionada además como Mejor Película Europea de 2020-, es Druk, vocablo empleado en su idioma para designar el acto de beber registrado de forma excesiva. Otra ronda comienza con escenas de ingestiones colectivas de bebidas y finaliza con una coda melódico-coreográfica corte Slumdog Millionaire pero ahora con mucho champán ingerido de forma masiva. Subtextos a atender, tanto en la introducción como en el epílogo los gestores de las dos borracheras multitudinarias son representantes de las nuevas generaciones, quienes solo reproducen tradiciones de ese país que vinculan al alcohol con toda suerte de liturgias y celebraciones. En la del cierre están involucrados tres de los cuatro personajes principales del largometraje: profesores de mediana edad que imparten clase en un instituto a esos muchachones de la parranda final y adoptan, de entrada como parte de un experimento y ya luego cual parte de su día a día, la ingestión de alcohol durante el horario de trabajo.

A través de su primera hora Otra ronda no pone sobre la mesa sus intenciones, antes bien acerca a los personajes (MadsMikkelsen, Thomas Bo Larssen, Lars Ranthe y Magnus Milland, todos habituales en el cine del director de La caza), nos argumenta la decisión de ellos de comenzar a beber e incluso sugeriría acomodarse bien con la idea de aquellos de fomentar los hábitos de consumo dentro del propio centro escolar, de modo pragmático. A lo largo de esta área no hay admonición ni posicionamiento, dado esto sobre todo en el hecho de que los cuatro profesores continúan realizando de forma normal sus tareas docentes cotidianas y en algunos casos hasta aparentemente mejor debido al impulso desinhibidor del trago.

La trama comienza a evidenciar los efectos progresivos de la droga permanente en sus personajes ya para la segunda hora, cuando varios edificios individuales se derrumban como consecuencia de tomar y proseguir tomando más alcohol, eso que Séneca llamó “la demencia voluntaria”, aunque Mikkelsen contraponga los ejemplos de gloriosos bebedores como Hemingway, Churchill…Vinterberg expone, pero no apostrofa ni sermonea.

Con parsimonia y sin acentuaciones, apegado al sosiego narrativo, permite que el espectador constate, desde afuera, cuanto desde adentro los personajes no comprenden: su proceso gradual de degradación y enajenación, el carácter incontrolable de la adicción.

Otra ronda es una de las películas sobre la drogadicción menos grandilocuentes de la historia del cine. En la tragicomedia de Vinterberg no habita gente tan contumazmente viciosa como los personajes centrales de Adiós a Las Vegas (Mike Figgis, 1995) o Miedo y asco en Las Vegas (Terry Gilliam,1998), aquel filme donde nos fugábamos con la pareja de Johnny Deep y Benicio del Toro, transportándonos a un mundo frenético en el cual veíamos al mundo de patas arriba, vomitábamos en su dormitorio, confundíamos al cantinero con una serpiente, caminábamos por las paredes mejor que Gene Kelly, abominábamos nuestro ser con el miedo y el asco de la culpa, tal cual lo haría Ray Milland en su opaca habitación de dipsómano de Días sin huella (The Lost Weekend, Billy Wilder, 1945).

Más que seguir solamente las huellas de cuatro daneses borrachos -estos sí lo son de veras-, Otra ronda parece, no si un poco de megalomanía, intentar cartografiar un mapa social mucho más extendido; no otro que el de la propia Dinamarca, ese país donde todos “beben como maníacos”, cual le espeta la esposa del protagónico Mikkelsen al minuto 79.

El alcohol, rito de colectividad, según el filme aparentaría ser respuesta y motivo para todo allí, bajo el santiguo mismo de una sociedad que ha normalizado el vicio sobre la base de múltiples justificantes. Nuestros cuatro personajes principales tienen problemas existenciales, como todos los seres humanos en este mundo, pero dichas dificultades son infinitamente menores que las de ciudadanos de naciones desfavorecidas. La compulsión a la embriaguez hoy, pues, partiría en la nación nórdica más de inveteradas convenciones sociales o de puro hedonismo endorfínico que de urgencias individuales de seres humanos sumidos en la pena.

A pesar de sus crisis de mediana edad, miedo al fracaso, el agobio de niños pequeños en casa o ciertos contratiempos matrimoniales, ninguno de los cuatro personajes centrales de Otra ronda posee una razón vital vinculada a esa instancia como para desarrollar tamaña compulsión etílica, que les cercene el futuro, y en el caso de uno de los profesores le conduzca a la muerte. En cierto modo lo hacen casi por juego, indica el filme, pero todo jugador lleva su derrota sellada en la frente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *