Creado en: octubre 10, 2021 a las 09:06 am.

En los 120 de la Biblioteca Nacional

Foto: Claustrofobias Promociones Literarias

Por: Graziella Pogolotti

Era todavía estudiante de bachillerato cuando empecé a frecuentar la Biblioteca Nacional, instalada por aquel entonces en el vetusto Castillo de la Real Fuerza. En el reducido salón escaseaban los usuarios, por lo que tenía a mi disposición, como si me estuviera aguardando, la mesita situada junto a una ventana abierta hacia el paisaje de la Bahía de La Habana.

En los momentos de pausa y meditación podía centrar la mirada en el azul de las aguas, animadas a veces por la entrada de un buque de buen porte, dócil a las indicaciones de la minúscula lancha del práctico. No podía valorar, en tiempos de adolescencia y de iniciación al estudio, la importancia de una institución a la que me vincularían, mucho después, diez años de intenso y feliz laboreo.

La Biblioteca Nacional se fundó en octubre de 1901. Sumido en la miseria, el país cargaba con el peso de la decepción. Había pagado un alto costo en la larga lucha por la independencia que desembocó en los nuevos ligámenes impuestos por la intervención norteamericana. Sin embargo, como sucede con los ríos profundos, la defensa de la soberanía se alimenta de numerosos afluentes. Rescatar y preservar el patrimonio de la nación era también un modo de hacer patria.

El primer director de la institución, Domingo Figarola Caneda, había perdido a su único hijo en la contienda libertaria. Para impulsar el proyecto fundador tuvo que partir de la nada. Se despojó de los libros atesorados durante su vida —algo más de 3 000 títulos— para constituir los fondos iniciales. Carente de respaldo oficial, dedicaría 30 años de entrega a enriquecer el tesoro bibliográfico con el empleo de sus magros recursos y la persistente solicitud de ayuda a amigos y colaboradores.

Nunca designado oficialmente en el cargo de director de la Biblioteca, otro intelectual relevante asumió la responsabilidad de preservar el patrimonio de la nación.  José Antonio Ramos pertenecía a la primera generación republicana. Dramaturgo, narrador y ensayista, se volcó desde edad temprana a la producción de una prolífica obra literaria. Con mirada crítica, observó los males que aquejaban el país. En este sentido, su Manual del perfecto fulanista… merece recordación. Su pensamiento se fue radicalizando en el andar de los años hasta aproximarse a las ideas del marxismo. Supeditó sus ambiciones literarias al empeño por cuidar el legado patrimonial acumulado. A tan encomiable tarea dedicó todo su tiempo disponible, invertido muchas veces en gestiones infructuosas para obtener el indispensable respaldo financiero gubernamental.

En 1959 la Biblioteca Nacional acababa de instalarse en el edificio que hoy ocupa, concreción de un proyecto auspiciado gracias a la acción movilizadora de la Sociedad Económica de Amigos del País. La institución se integraba orgánicamente a la obra de la Revolución triunfante en los campos de la educación y de la cultura, inseparables ambos en el proceso de construcción de un país soberano y orientado a la conquista de la plena dignidad humana.

En función de ese propósito, María Teresa Freyre de Andrade diseñó una estrategia atenida a las realidades concretas del entorno, que arrastraba las consecuencias del coloniaje y el subdesarrollo. Correspondía a la Biblioteca trabajar simultáneamente en dos direcciones complementarias. Unido al rescate de un legado patrimonial conformado por libros, publicaciones periódicas, grabados, mapoteca y registros musicales diversos, había que contribuir al desarrollo de la cultura, con particular énfasis en la formación de hábitos de lectura.

El tesoro documental, adecuadamente organizado y enriquecido con nuevas adquisiciones, se convirtió en fuente vital de creatividad para especialistas altamente calificados que pudieron plasmar obras relevantes en los ámbitos del pensamiento, la cultura, la historia y la literatura.

El acceso al saber tenía que desbordar los límites de un círculo minoritario. La conquista de la plena soberanía exigía convertir la educación en palanca del desarrollo. Había que sembrar creatividad y espíritu de superación en las generaciones emergentes. Para fomentar el interés por la lectura era indispensable estimular la imaginación y la creatividad en todos los órdenes. En la penumbra apacible, la narración oral propiciaba en las primeras edades el despertar de la actividad creativa, casi siempre adormecida por la rutina y, sin embargo, latente en lo más profundo de cada ser humano, incentivada también con el acercamiento participativo a la música y las artes visuales.

Sin renunciar a su función patrimonial, la Biblioteca devino centro animador de la cultura. El modelo así concebido se extendió a todo el país. En cada una de las entonces seis provincias de la Isla reposaban, recubiertos por el olvido, valiosos testimonios del ayer. Había generaciones emergentes llamadas a participar activamente en el hacer de la nación. Venciendo su fragilidad física, movida por su pasión de fundar, María Teresa Freyre de Andrade las recorría con frecuencia para adecuar al contexto específico de los territorios, la realización del proyecto común.

En años de trabajo compartido, me involucré de lleno en las tareas. Mucho aprendí de María Teresa Freyre de Andrade. Conservo en la memoria un rico anecdotario. Evocaré tan solo su modo peculiar de fraguar la unidad de un equipo diverso, con su manera de espolear el espíritu creador. De vez en cuando citaba con urgencia a sus colaboradores. «Estamos en crisis», afirmaba. Sorprendidos por tan dramática declaración, cada cual refería la magnitud de cuanto se había emprendido. Después de escuchar a todos, concluía: «estamos en crisis porque nos amenaza la sombra del conformismo». Desataba así el espíritu crítico y la tempestad de ideas, generadores de nuevos proyectos.

A pesar de la actual revolución tecnológica no ha llegado la hora de la muerte de las bibliotecas. No hace mucho la comunidad internacional celebraba la restauración de la simbólica Biblioteca de Alejandría, en Egipto. Por mucho tiempo todavía la institución seguirá preservando el patrimonio de la humanidad y constituirá un potencial centro de animación de la vida cultural.

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