Creado en: marzo 20, 2022 a las 09:14 am.

Foto tomada de Columna Digital

Por Sergio Félix González Murguía

Cuando se conoció la noticia de que el pianista cubano José María Vitier (La Habana, 1954) sería nuestro Premio Nacional de Música 2021, alguien me comentó que era un reconocimiento a su «persistencia artística». Recordé entonces una frase que había leído en el perfil de Facebook del reconocido músico cubano, donde había escrito que «lo más emocionante del arte es que no cesa. Ninguna adversidad lo detiene».

Esas palabras suponen un retrato justo del ímpetu creativo de José María. Solo hay que echar un vistazo a sus últimos proyectos: acaba de estrenar su más reciente disco, XXI Bienaventuranzas (Abdala, 2021), cuyos temas ha presentado en un reciente concierto en el teatro Martí y luego ha realizado una breve gira de tres recitales en el centro del país; incluso está preparando algunos presentaciones en el extranjero.

Las bienaventuranzas de Vitier, escritas para piano y flauta —la intérprete Niurka González completa el dúo central de este material— son un auténtico viaje lleno de magia y embeleso, que al decir de la compositora cubana Marta Valdés, en unas notas escritas para el disco, son un «milagro a dos, suma de instantes justos, sucesión de verdades que han anidado como islas todavía sin nombre, aunque ya descubiertas».

Cada pieza de este material, como puede sucedernos con otras de la discografía del autor, nos revela un José María Vitier aventurero, capaz de zambullirse en la música, en el piano y hacer el viaje hacia lo nuevo, hacia lo sublime y volver para mostrarnos toda su verdad hecha sonido.

Ese viaje lo ha llevado a una trayectoria cuesta arriba, compuesta por más de 40 fonogramas, donde Fresa y chocolate (1995), Cuba Dentro de un Piano (2006) y Misa Cubana: A la Virgen de la Caridad del Cobre (2016) figuran como testimonios de lo cubano en la música, así como varias de sus creaciones, protagonistas musicales de distintas producciones cubanas de la televisión, el cine y el teatro, forman parte de la banda sonora de toda una nación.

Sergio Vitier y José María Vitier, unidos por la sangre y la música, crearon una obra en común de gran valor para la cultura cubana. Foto: Tomado del perfil de Facebook del entrevistado

El reconocido pianista se pasea con una dulce facilidad entre lo culto y lo popular, imbuido de una espiritualidad enaltecedora que no deja indiferente al oyente. XXI Bienaventuranzas da fe de ello y es algo que seguramente comprobaron los asistentes a sus últimos conciertos, presentaciones que han tenido a Vitier en vilo, al punto de que esa vorágine de trabajo imposibilitara un encuentro para el desarrollo de esta entrevista. El maestro accedió a atender las interrogantes de JR de forma online, a pesar del aluvión de preguntas que poseía el cuestionario y el escaso tiempo del que disponía para atenderlas.

Entonces José María Vitier García-Marruz, el hijo menor de Cintio y Fina, hermano de Sergio, esposo de Silvia, deja el tono de su voz en cada palabra de las respuestas que ahora leo. Me permito escuchar su música mientras me sumerjo en la lectura —suena Fugado y Son nocturno, le sigue Caleidoscopio— y el piano me susurra mientras Vitier me habla.

—Luego de una etapa tan tormentosa y llena de incertidumbres como la pandemia, ¿qué ha representado para usted volver una vez más a los escenarios, luego de su presentación en el teatro Martí, la exposición de sus más recientes proyectos y su concierto en la comunidad barcelonesa de Nous Barris?

—La pandemia puso bruscamente «en pausa» un montón de proyectos. Poco a poco los voy recuperando, como es el caso de estos que mencionas. Pero si hablamos de incertidumbre, creo que no es algo que haya empezado con la pandemia, ni que vaya a desaparecer cuando finalmente la superemos.

«De hecho, no puedo identificar un momento a lo largo de toda mi carrera en que no haya estado marcado por el apremio de circunstancias complejas y adversas. Pero como ya he dicho en otra ocasión, también creo que gran parte de lo mejor que ha sido creado lo debemos a que el artista no esperó por la llegada de un momento mejor».

—Recientemente el público pudo verlo compartiendo escenario con el joven pianista Rodrigo García, invitado a las Confluencias de piano del joven intérprete, como parte de la edición 37ma. del Festival Internacional Jazz Plaza 2022. ¿Cómo valora su interacción con las nuevas generaciones de pianistas cubanos?

—Es sensacional el desarrollo pianístico que puede mostrar nuestro país. El piano siempre ocupó un rol de liderazgo en nuestra historia musical, y sus exponentes fueron y son piezas indispensables para entender, no solo nuestra historia musical, sino, en mi opinión, toda una gran zona del devenir cultural de la nación.

«Pero este es un fenómeno que ha ido en ascenso, y actualmente se mezclan varias generaciones de pianistas formados en nuestras escuelas de arte, con una abundancia y una calidad que ya conforman un panorama realmente impresionante.

«Quizá lo más estimulante es la gran cantidad de figuras jóvenes que están emergiendo, y junto a ellas la variedad de repertorios que aportan, porque la mayoría de estos intérpretes crean su propia música con parejo rigor y virtuosismo. Fue un honor ser invitado a ese encuentro y compartir la escena con su promotor, el joven y talentoso Rodrigo García». 

—Su vasta obra, compuesta por creaciones memorables para cine, teatro y televisión, así como por fonogramas ineludibles de la historia musical nuestra, como Misa Cubana a la Virgen de la Caridad del Cobre o Cuba dentro de un piano, deja ya un legado incuestionable para las nuevas generaciones de artistas de la Mayor de las Antillas y de otras latitudes. ¿Disfruta más de ejecutar la música o de enseñarla a esos jóvenes artistas?

—Son disfrutes diferentes. Interpretar ante el público tiene una vibración especial, que entraña a la vez placer y riesgo. Trabajar con músicos más jóvenes mi propia música es enriquecedor, porque mi música y toda la música está siempre surgiendo como un hecho nuevo y cambiante, gracias precisamente a las aportaciones que cada intérprete despliega. También pienso que, con independencia de la edad, un buen músico siempre debe ser y sentir como un músico joven.

—Cuando escucha obras como Fresa y chocolate o En la aldea, que forman parte desde hace décadas del imaginario colectivo de la nación cubana, ¿qué emociones afloran en usted, tantos años después de compuestas?

Fresa y chocolate fue una gran oportunidad. Me he referido muchas veces a la importancia que tuvo y tiene en mi trayectoria musical, y creo que ello se debe en gran medida a que el filme fue un suceso trascendente de la cultura nacional. Es un gran honor haber sido parte de aquella aventura artística que enfrentaba retos novedosos en su tiempo, como el derecho a la diferencia y el manejo de los disensos, que desdichadamente no han perdido actualidad. 

«En la aldea fue apenas un fragmento de música incidental, compuesto originalmente para una serie de TV (La frontera del deber, 1987) que alguien tuvo la feliz idea de situar como logo musical del Festival de Nuevo Cine Latinoamericano, y el hecho de que después de varias décadas lo siga siendo, es algo que me sorprende positivamente y, sin dudas, también me halaga».

—¿Compone pensando en lo que usted prefiere como creador, o en cómo lo recibirán los oyentes?

—En realidad no experimento esa dicotomía. La creación es ciertamente un proceso individual y solitario en el que uno busca plasmar determinadas emociones personales, y con suerte trasmitirlas a una eventual audiencia. Pero sucede que uno también es parte de esa «audiencia».

«De hecho, uno es el “primer oyente” de todo lo que va creando. Así que el objetivo de complacerse inicialmente a uno mismo y agradar después a más personas es un objetivo que me parece razonable y deseable. Pero siempre es el mismo objetivo: la emoción solitaria y solidaria». 

—¿Cuál ha sido la producción discográfica donde ha contado todo cuanto quería y necesitaba?

—Todos mis discos son autobiográficos. Pero cada uno es solamente una parte de un todo, y ninguno por sí solo expresa todo cuanto «quería y necesitaba». Creo que así es como único se pueden considerar y es esa precisamente la principal motivación para continuar creando.

—El Premio Nacional de Música es un reconocimiento por la obra de toda una vida dedicada a ese noble arte de acariciar el instrumento y moldear el sonido ¿Qué sensación experimentó al recibir la llamada que le notificaba este premio?

—Una sensación gratificante, pero al mismo tiempo una apremiante sensación de que me falta mucho por crear y que el tiempo para hacerlo no es eterno.  

—En 2014 su hermano Sergio Vitier, otra figura ineludible de la historia de la música cubana, recibió este alto reconocimiento por su significativa obra, con quien compartió muchos caminos dentro de la creación musical. ¿Cómo era para usted transitar esas rutas de la mano de su hermano?

—Mi hermano, que era seis años mayor, empezó lógicamente antes que yo: en la música y en todo lo demás. Eso hizo que su imagen se proyectara para mí como una referencia artística permanente, y un influjo sostenido, que yo casi llamaría una especie de liderazgo.

«Hay que tener en cuenta que, al margen de la diferencia de edad, la personalidad de Sergio era magnética para cualquiera que lo conociera. Era un gran artista, pero también un líder natural. Sus profundos saberes musicales y sobre infinidad de temas de alta cultura nunca desmintieron al hombre llano, conocedor de los ritos urbanos “de la calle” y de una indomable vocación aventurera.

«Con el tiempo aquella diferencia originaria de edades se fue borrando. Y nuestra relación se hizo cada vez más estrecha. En Sergio siempre hallé una mirada y una escucha atenta, exigente e incluso a veces crítica, pero siempre amorosa hacia mis decisiones artísticas. Quizá no supo realmente cuánto le debía mi música a su ejemplo».  

—¿Qué papel ocupa la familia para José María Vitier?

—La familia es el eje fundamental de mi vida. Desde la familia en que nací, a la que debo la herencia de raíces y valores, a la familia que creamos Silvia y yo, que no ha cesado de ser mi refugio y mi inspiración y de impulsarnos a seguir adelante y a vencer cada etapa de la vida con incesante energía e ilusión. El concepto de familia ha sido determinante, como centro de gravedad y brújula de decisiones esenciales.

—Echando la vista atrás, ¿cómo diría que ha sido su relación con el piano durante más de cuatro décadas de carrera?

—Mi relación con el piano está cumpliendo en realidad seis décadas, si contamos desde que comencé a estudiarlo a los ocho años. Esa relación no siempre fue fácil. Es un instrumento muy demandante y muy posesivo, pero creo que con el tiempo esa relación se ha ido afinando. Se ha vuelto más equilibrada. Consensual.

«Creo que he aprendido a escucharlo y cuando calla, a comprender su silencio. A veces he sentido también que él me comprende. Es una profunda relación de amistad. Todo lo apasionada que puede ser una amistad».

—¿En qué medida usted ha podido elegir todos los caminos creativos que ha querido transitar con el piano? ¿Qué otras rutas desearía recorrer y aún no le ha sido posible?

—El piano ha sido siempre mi punto de partida y un aliado para recorrer los caminos de la creación. Juntos desde la infancia, a lo largo de más de 50 años, ha sido como un amigo fiel que me acompaña en cada aventura musical.

«Mediante el piano me he adentrado en un mundo de cubanísimas tradiciones y posibilidades expresivas. Él también me ayuda a comprender y asumir mis propios límites y el reto de superarlos. Mi relación con el piano es de perenne aprendizaje, y los caminos que aún no hemos transitado juntos son el estímulo más tentador de mi carrera».

—¿Cultiva algún hobby, alguna actividad que le ayude a distraerse, más allá de la música?

—Cuando no estoy sumergido en algún proyecto musical, o simplemente necesito poner la cabeza en otra cosa, generalmente me refugio en la lectura. Soy un lector insaciable. No creo tener de eso que suele denominarse como un hobby. Tengo, sí, una curiosidad incurable hacia infinidad de cosas y no reducida a mi condición de músico, sino extendida al resto de las artes y, en general, al conocimiento y la comprensión del mundo.

—Para alguien que por tantos años se ha dedicado al piano y a la música, entendidas como un trabajo de creación, ¿cuáles son esas zonas donde la música deja de ser un trabajo de necesaria concentración y se convierte en puro goce y divertimento?

—Aunque resulta paradójico, es precisamente cuando el trabajo me exige mayor concentración que me produce el máximo placer. Quizá por aquello que decía Lezama: «Solo lo difícil es estimulante».

—¿Se sigue poniendo nervioso cada vez que sube al escenario?

—Sí. Y con el tiempo, cada vez un poquito más.

—Ha vuelto a los escenarios recientemente con un programa-concierto titulado Tentaciones. ¿Cuáles son esas tentaciones que lo motivan a crear?

—Mis tentaciones siguen siendo las mismas que cuando comencé mi camino en la vida y en el arte: la búsqueda de alguna forma de belleza que pueda descubrir y compartir. La tentación de tratar de comprender y ser comprendido.La tentación de hacer de la propia vida un hecho artístico, de ver la felicidad en el rostro de los seres queridos. La tentación de no perder la esperanza y la confianza en un país mejor.

Tomado de: https://www.juventudrebelde.cu/cultura/2022-03-19/jose-maria-vitier-y-la-busqueda-de-la-belleza

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